viernes, 3 de abril de 2026

El Diablo En Massachussets



 



1850.

—Paremos aquí. Mañana podemos seguir. Por ahora, necesitamos descansar.

—No hablas en serio, ¿verdad, Levi? ¡El camino está despejado y tenemos lámparas que sobran! Por favor, hay que seguir. Estamos a nada de llegar.

—Tendríamos que atravesar el bosque para llegar al pueblo, lo cual es bastante riesgoso de hacer de noche, Eli. Además, hemos estado cabalgando todo el día. Lo inteligente sería parar y esperar el alba.

Elias hizo un mohín, mas no protestó. Los cuatro muchachos bajaron de los dos caballos y empezaron a hacer su pequeño campamento a las orillas de una arboleda. La luz de la luna fue inmediatamente opacada por las llamas de la fogata, la cuál dibujaba las siluetas de los pinos en el verde pasto mientras el viento las empujaba a danzar. Isaac se sentó en un tronco frente al fuego con el resto de sus amigos, si es que acaso podía llamarles así. Los conoce desde la infancia. Sus familias han vivido en Plymouth por casi dos siglos enteros. El padre de Levi era amigo del padre de Elias quien era amigo del padre de Joseph quienes eran todos amigos del padre de Isaac, y lo mismo con el resto de chicos del pueblo que frecuentaban la iglesia calvinista de Boston. Todos conocidos desde la cuna. Fueron a la misma escuela, asistían a la misma iglesia, y estaban destinados a casarse con una mujer del mismo pueblo en Boston. A no ser que su suerte cambiase en Salem.

Los cuatro tuvieron su bautizo el mismo día, el año en el que cumplieron dieciséis, y desde entonces se han convertido en algo parecido a "amigos", aunque a Isaac le costaba verlos como tal. Su madre decía que le tomaba tiempo abrir su corazón a nuevas personas, pero que eventualmente lo haría. Siendo que se estaban mudando para salir adelante en la costa comercial, y que ellos serían las únicas personas que conocería en Salem, tal vez sería el momento de "abrir su corazón" a ellos, aunque Isaac no tenía idea de cómo hacer eso.

Podía empezar a aprender. De su bolso de cuero sacó una lata con sopa de lentejas y una bolsa con carne seca. Después de atar a los caballos y hacer sus camas en la grama, los muchachos reposaron alrededor del fuego y celebraron la comida frente a sus narices después de largas horas de ayuno. Levi sacó de su bolsa una hogaza de masa madre y la fueron rompiendo en pedazos para mojar en la sopa.

—Que Dios me perdone la gula, pero lo primero que quiero hacer en Salem es probar una buena sopa de langosta. —Comentó Joe con la boca llena de pan y sopa.

Eso le sacó a Isaac una sonrisa. A su lado, Elias se carcajeó.

—Querido amigo, lo primero que haré yo, tan pronto como pise suelo costero, será encontrarme con mi futura esposa. —Dijo con una sonrisa humedecida en grasa y migas de pan.

Isaac se abstuvo de la necesidad de rodar los ojos y continuó con su comida. Habían contemplado la posibilidad de empezar a trabajar en Salem gracias a que el padre de Elias hacía recados allá cada tanto a lo largo del año y se llevaba muy bien con su empleador. En su último viaje se llevó a su hijo consigo para negociar la posibilidad de que trabajara junto a él en el centro de comercio de la costa, y el hombre le ofreció un puesto permanente bajo su cuidado. En ese viaje, sin embargo, Elias conoció a la hija de su empleador y se enamoró de ella, "inmediatamente". Isaac estaba cansado de escucharlo hablar de lo mismo, y estaba seguro de que el resto también.

—Siquiera muestra una pizca de vergüenza por tu promiscuidad. —Chistó Levi.

—¿Promiscuidad? ¡Esto no es promiscuidad! ¡Es natural y santo! No hay nada más santo que la unión entre un hombre y una mujer.

—Presumirlo tan orgullosamente no tiene nada de santo. Y, ¿siquiera sabes si ella es cristiana?

—Basta, Levi, Elias. Cenen tranquilos. —Irrumpió Isaac.

Los dos acataron la orden sin rechistar. Hubo unos minutos de silencio mientras terminaban de cenar. Era una noche inusualmente fría para la época del año en la que se encontraban, pero el viento era un agradable alivio después de tanto calor, y un recordatorio constante de lo cerca que estaban de la costa.

Isaac levantó la mirada, como por inercia, y descubrió que Joseph lo estaba observando. Su cuenca vacía descansaba en su regazo y estaba masticando los últimos restos de su masa madre.

¿Tal vez era lo que tenía detrás de él? Isaac miró por sobre su hombro. A sus espaldas se encontraba un arbusto grande de flores azules.

Joe dejó sus cosas de lado y se enderezó en su asiento.

—Esas flores me recuerdan a una historia. —Empezó mientras se relamía los labios—. Algo que pasó por estos lares hace casi cien años.

—Va, ya va a empezar con sus tonterías. —Farfulló Levi.

—Yo quiero oírla. —Dijo Eli, dejando sus utensilios de lado.

—Yo también. —Concordó Isaac, ganándose una sonrisa de parte de Joseph.

Una historia es lo que les haría falta para mejorar el humor en el grupo. Una chiquillada que les recordara a sus infancias antes de dar inicio a sus vidas de hombres.

De su bolsa de cuero sacó varios papeles organizados en una modesta carpeta de cartón.

—Toda esta información. —Dijo él—. La traje del archivo de mi padre. De enterarse, si no se ha enterado ya, estaría enojadísimo.

El padre de Joseph era historiador. A Isaac le caía bien por eso. Lo conocía mejor a él que al mismo Joseph, por sus variadas conversaciones. El hombre mantenía un registro de toda la historia de la bahía de Massachusetts. Desde su comienzo hasta el presente. Especialmente, le gustaba enfocarse en el folklore paranormal que giraba en torno a ella. Brujas, demonios, cultos, magia negra y blanca... era lo que más le gustaba investigar. Tenía, bajo su posesión y la del museo del estado, copias de las transcripciones de todos los juicios por brujería que tomaron lugar en Salem en 1692 y 93. Eso y varios documentos reportando brujería que habían traído los colonos desde Inglaterra.

—Esto de aquí. —Continuó Joe—. Es un archivo extenso sobre un mismo personaje. Transcripciones de juicios, reportes policíacos, testimonios, oraciones y entradas de diario dedicadas al mismo muchacho. El niño que nunca envejece.

Joe se aclaró la garganta y dio inicio a su cuento.

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[Entrada de diario de un colono de Massachusetts Bay que llegó en el Mayflower.]

[Abril 1608]

Abril del año de nuestro señor 1608

La mañana del viernes, mientras hacíamos negocios con uno de los Caciques de la tribu Wampanoag que yace a las afueras del enclave, éste nos contó una historia a Peter y a mí. Peter prorrumpió en risas tan pronto como escuchó el testimonio del indio—y, he de admitir, yo compartí parte del sentimiento entonces. Pero es imposible para mí sentir una pizca de humor ante los eventos que siguieron tras terminar de escuchar tan peculiar relato.

El relato del Indio fue el siguiente, e intentaré replicar la cadencia con la que traducía el intérprete:

"Hace un mes, durante la jornada de la mañana, , hijo de Sonkanuchoo, se alejó de Sakonnet y fue corriendo hasta el valle. Sonkanuchoo y su esposa rogaron por la ayuda del resto para encontrarlo, así que algunos dejaron de lado sus labores e iniciaron una pequeña búsqueda. Lo encontraron jugando con un niño blanco. Era rubio y de ojos azules, y cargaba en sus manos a la cría de una liebre. Para prevenir molestias, Sonkanuchoo y su esposa pensaron en llevarlo al enclave, pero el niño hablaba perfecto nuestra lengua, y no parecía saber inglés.

Sonkanuchoo y su esposa lo trajeron a Sakonnet. Me lo presentaron. Le pregunté su nombre, y dijo que no sabía. Le pregunté por sus padres, y dijo que no tenía. Le dimos comida, ropa y lecho para dormir por las noches. El niño hacía lo que le viniera en gana. Se despertaba más temprano que todos y se adentraba en el bosque a hacer cosas que no sé. La primera sorpresa que nos dio fue cuando los hombres se lo llevaron para enseñarle a cazar a él y al resto de nuestros niños. Acecharon una pradera llena de bisontes. Los hombres los mataban con flechas. Esto parecía entretenerlo, o algo así reporta uno de los hombres. Pero lo que le siguió fue de lo más extraordinario. El niño persiguió a una de las bestias con la velocidad de un halcón y la alzó sobre su cabeza como si pesara lo mismo que una piedrita de río. Los hombres se trajeron de vuelta lo que cazaron y reportaron lo que vieron ante mí. El niño me miraba con ojos grandes, curiosos y temerosos, como los de un conejo a la orilla de una flecha. Eso me hizo tenerle pena, así que no temí por el peso de sus acciones. Si cabían en tan pequeño cuerpo, dentro de un corazón que conocía del temor, ¿cómo podía yo juzgarle de la misma manera en la que lo haría con un hombre adulto?

Al día de hoy, no sé si termino de entender el error en mi indulgencia. Pero su peso sigue cayendo sobre mis hombros.

Una mañana, el niño blanco se llevó a mi hijo a las orillas del bosque. Yo no sabía que eran cercanos, pero aquel niño nos había sido de tanta ayuda que no lo cuestioné. De repente, escuché unos gritos, y en mis brazos cayó mi hijo con una fiebre irregular. La última vez que vi a aquel muchachito, me miró con miedo y se echó a correr. Los sanadores de Sokannet rodearon a mi hijo de la noche a la mañana mientras éste gemía y lloraba. Al día siguiente, se despertó vomitando un cipayo entero y murió. Al abrir su cadáver para inspeccionar, los doctores vieron que sus órganos habían sido reemplazados por frutas y verduras podridas.

Desde entonces no he visto más a ese niño, pero sin duda hay algo extraño sobre él, y sin duda tuvo que haber tenido algo qué ver con ustedes. No entiendo cómo o por qué sabía nuestra lengua, pero lo último que me gustaría sería causar conflicto entre nuestros dos pueblos. Sean más prudentes y tengan cuidado con sus crías. Yo, por el momento, seguiré de luto por la mía."

Y así cesó su anécdota.

A mí y a Peter nos pareció de lo más absurdo, sin embargo no esperamos a reírnos sino hasta salir de ahí. ¿Un niño blanco que sabía la lengua de los indios? ¿fuerza sobrenatural? ¡Qué ridículo, sin duda!

Sin embargo, la semana pasada, Peter se encontró a un niño a las orillas del bosque, detrás de la iglesia. El niño vestía un camisón blanco y tenía una expresión temerosa en el rostro. Le preguntó por sus padres, y el niño le dijo que los estaba buscando. Yo me despedí de Peter, ya que me tocaba trabajar después del servicio, y me despedí del niño, quien me miró con grandes y azules ojos inquietos.

La próxima vez que vi a Peter, aquella tarde, temblaba y se retorcía enfebrecido. Hannah y yo lo dejamos quedarse en nuestra casa en lo que se recuperaba—Peter es soltero y huérfano, así que viene a nosotros con frecuencia. Lloraba, balbuceaba y gritaba. Hannah le hizo una sangría y ambos rezamos por él hasta que se calmó. Los siguientes días la pasó en coma, alternando entre la inconsciencia absoluta y el pánico. Balbuceando cosas como "¡La creatura del bosque!, "¡Ese monstruo horrible!", "¡Mátalo! ¡Mátalo!" y demás. Hannah y yo nos encontrábamos de lo más preocupados.

Esta misma mañana, sin embargo, su dolor terminó. Nos despertó temprano con sus gritos y aullidos desagradables mientras se retorcía en la cama, sudando a mares. Luego, murió.

El médico no supo dar nombre a su causa de muerte. Hannah no ha dejado de llorar. Yo no puedo darle nombre a lo que había sucedido, pero lo que le pasó a Peter fue bastante similar a lo que le había pasado al hijo del Cacique.

¡CUIDADO CON EL NIÑO DE ORÍGENES INORTODOXOS!
¡ES LA OBRA DE SATANÁS PERVIRTIENDO LA INOCENCIA!

¡PELIGRO! ¡PELIGRO!

J. W. 1608

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(Orden de Aprehensión de Elizabeth Wells v. Robert Good)

[Febrero, 1636]

Salem, 17 de Febrero de 1635/6

Considerando que los señores [maestros] Robert Good, Edward Preston y Henry Alwright, de Salem Village, en el Condado de Essex, comparecieron personalmente ante Nos y presentaron una queja en nombre de Sus Majestades contra Elizabeth Wells, viuda de Jonathan Wells, de Salem Village, sirvienta del Sr. Robert Good; por sospecha de brujería, cometida por ella y con ello infligida graves daños a Martha Good, Faith Preston, y Katherine Allwright, todas de Salem Village, antes mencionadas, en diversas ocasiones durante estos dos meses y recientemente también en Salem Village. Contrariamente a la paz y las Leyes de nuestros Soberanos Lord y Lady Charles I y Henrietta de Inglaterra, y el Rey y la Reina,

Por consiguiente, se les exige, en nombre de sus Majestades, que detengan y traigan ante Nosotros, de inmediato o tan pronto como sea posible, a la mencionada Elizabeth Wells en la casa de William Hathorne en dicho lugar. Y, si es posible, mañana alrededor de las diez de la mañana, para ser interrogados allí en relación con las instalaciones antes mencionadas. Asimismo, se les exige que traigan al mismo tiempo a Martha Good, Faith Preston, y Katherine Allwright, o a cualquier otra persona o personas que puedan aportar pruebas en el caso antes mencionado. Y aquí, no deben fallar.

Fechado en Salem, 17 de febrero de 1635/6 *Roger Wilson] Asistente

*Jeremiah Herrick] Asistente

Al agente Elijah Lawrence, agente en Salem (Reverso)

(Reverso) De acuerdo con esta orden, he detenido a las personas mencionadas y las he traído como corresponde, y he realizado una búsqueda diligente de imágenes y similares, pero no he podido encontrarlas.

Salem, este 19 de Febrero de 1635/36

Por mí *Elijah Lawrence agente

(Resumen de la examinación de Elizabeth Wells, según lo registrado por Roger Wilson)

[19 de Febrero de 1636]

Salem Village, 19 de Febrero de 1635/6

Elizabeth Wells, viuda de Jonathan Wells, fue presentada ante nosotros por el concejal Elijah Lawrence de Salem bajo sospecha de brujería, cometida según la denuncia de Rob. Good y Ed. Preston, etc., de Salem Village, según consta en la Orden de arresto otorgada en Salem el 17 de febrero de 1635/6. Tras ser interrogada, Elizabeth Wells negó los hechos. Sin embargo, según su interrogatorio, se presentará con más detalle. Acusó a un joven con el nombre de Alfred de todos los cargos dirigidos hacia su persona.

(Reverso) Salem Village

19 de Febrero de 1635/6

Elizabeth Wells de Salem Village, fue presentada ante nosotros este día bajo sospecha de brujería, etc., y su veredicto queda en duda. Wells continúa negando sus delitos; Por lo que más juicios serán conducidos. Y para continuar el interrogatorio, se enviaron todas las actas de acusación a los jueces del condado de Essex.

Salem, 20 de Febrero: Elizabeth Wells fue interrogada nuevamente como consta en sus interrogatorios presentados en...

Wells negó los hechos nuevamente y acusó al joven Alfred.

Salem, 21 de Febrero: Elizabeth Wells fue interrogada nuevamente. El interrogatorio presentado ahora en...

Wells dijo lo mismo nuevamente. Negándose a confesar y acusando al joven de nombre Alfred.

Según nosotros *Roger Wilson Asist.

*Jeremiah Herrick

Salem, 25 de Febrero de 1635/6

Elizabeth Wells, viuda de Jonathan Wells y sirvienta de Robert Good, fue enviada al portero de Boston, según sus respectivos emisarios. A continuación, fue enviada al portero de Su Majestad.

(Interrogatorio de Elizabeth Wells, según lo registrado por Abraham Howland)

[21 de Febrero de 1636]

El interrogatorio de Elizabeth Wells.

[W] ¿Con qué mal se fraterniza?

[E] Con ninguno

[W] ¿Por qué le hiciste daño a esas niñas?

[E] Yo no les he hecho ningún daño.

[W] ¿Y quién, pues?

[E] El diablo, hasta donde sé

[W] ¿Ha visto usted al diablo]

[E] Sí, varias veces. Toma varias formas. A veces la de un cerdo, a veces la de un búfalo, a veces la de una liebre, y muy seguido la de un niñito. Corre y anda por ahí, atemorizando a la niña de [mi amo] el amo Good y [el resto de señores].

[W] ¿Cómo se ve cuando toma la forma de un cerdo?

[E] Un jabalí gordo y negro que persigue a las puerquitas de la granja [del señor Rob. Good]

[W] ¿Sí? ¿Y cuando se ve como un búfalo]

[E] uno alto y peludo que atemoriza a los caballos [del señor Rob. Good]

[W] ¿Y cuando es una liebre?

[E] escurridiza y pequeña que acosa a las niñas.

[W] ¿Y cuando es un niño?

[E] Como de ocho años, vestido con camisa y pantalón y saco. Cabello rubio y despeinado. Ojos azules. Escurridizo. Inquieto, tímido y persuasivo. Se aprovecha del espíritu maternal de las mujeres e intenta pervertir nuestra santidad a través de la imagen más santa e inocente.

[W] ¿Cuando lo vio por primera vez?

[E] Hace una semana. Me pidió pan. Me dijo que se llamaba Alfred y que no tenía ni padre ni madre y que estaba muy hambriento. Yo le di pan y carne y dejé que las niñas jugaran con él bajo mi supervisión.

[W] ¿Y entonces?

[E] Las perdí de vista. Las busqué por todos lados y no pude encontrarlas. Me adentré en el bosque, escuché un canto extraño, y cuando volví a la casa estaban vomitando plumas de gallina por todo el patio. Sus padres regresaron y me señalaron a mí. Por eso estoy aquí entonces.

[W] Pero, ¿asegura que no es usted?

[E] Lo afirmo rotundamente.

[W] ¿Y sabe del paradero de este diablo?

[E] No, en absoluto. Se perdió en el bosque, que parece ser su hogar.

(Acusación No. 1 de Elizabeth Wells por afligir a Martha Good)

[17 de Febrero de 1636]

Año: Regis et Reginae Charles. et Henrietta nunc Angliae &c: Undecimus

Essex ss.

Los jurados de nuestro Soberano Señor y Señora el Rey y la Reina: presentan que Elizabeth Wells viuda de Jonathan Wells de la aldea de Salem en el condado de Essex el décimo séptimo día de febrero del onceavo año del reinado de nuestro Soberano Señor y Señora Charles I y Henrietta por la Gracia de Dios de Inglaterra, Escocia, Francia e Irlanda, Rey y Reina Defensores de la fe, etc.: y diversos otros días y tiempos, tanto antes como después, ciertas artes detestables llamadas brujerías y hechicerías, perversamente y vilmente, han usado, practicado y ejercido en y dentro del municipio de Salem en el condado de Essex antes mencionado en y contra una tal Martha Good hija de Robert Good de Salem, por las cuales dichas artes perversas: ella la dicha Martha Good, el dicho décimo séptimo día de febrero del onceavo año antes mencionado es Torturada Afligida Deteriorada Consumida Desechada y Atormentada, y también por diversos otros actos de brujería cometidos por la susodicha Elizabeth Wells, presumiblemente antes y después de esa fecha, contra la Paz de nuestro Soberano Señor y Señora el Rey y la Reina, su Corona y Dignidad, y contra la forma del Estatuto establecido en ese caso.

Testigos

Martha Good Jurada

Faith Preston Jurada

Katherine Allrwright Jurada

Rob. Good -- Jurado

(Reverso) N.° 1. Ind. de Elizabeth Wells

La joven Good no pudo continuar con sus testimonios debido a que murió de causas extrañas—presumiblemente satánicas—la mañana del veintidós de febrero del onceavo año del reinado de nuestros soberanos señores Rey Charles I y Henrietta Maria. Las demás víctimas y acusadoras murieron de la misma forma antes de testificar.

(Orden de ejecución de Elizabeth Wells)

[10 de Abril de 1636]

A Georg: Corwine, caballero, alto sheriff del condado de Essex. Saludos.

Considerando que Elizabeth Wells, viuda de Jonathan Wells, de Salem Village; del condado de Essex en su provincia de la Bahía de Massachusetts, Nueva Inglaterra. En un tribunal de primera instancia celebrado por aplazamiento para nuestros soberanos señores, el rey Charles I y la reina Henrietta Maria, del mencionado condado de Essex en Salem, en el condado de Essex, el 22 de marzo [pasado], fue procesada por diversos cargos por el horrible delito de brujería, practicado y cometido contra diversas personas, y al declararse inocente, se sometieron a la justicia de Dios y de su país. Fue declarada culpable por el jurado, que dictó sentencia según sus respectivas acusaciones, y se le impuso la pena de muerte según lo dispuesto por la ley, cuya ejecución aún está pendiente.

Por lo tanto, en nombre de sus Majestades, Charles I y Henrietta Maria, ahora Rey y Reina de Inglaterra y Canadá, les ordeno que el martes próximo, 10 de Abril del presente año, entre las ocho y la mañana del mismo día, conduzca sana y salva a [Elizabeth Wells] desde el lugar de su Majestad en Salem, antes mencionado, hasta el lugar de ejecución, y que allí la ahorquen hasta su muerte. Devuelvanlo aquí expuesto al Secretario del Tribunal, y no incumplan este precepto bajo su propio riesgo, y esta será su orden suficiente, dada bajo mi firma y sello en Boston. 7 de abril del onceavo año del Reinado de nuestros Soberanos Señores Charles I y Henrietta Maria, Rey y Reina, etc.: Annoq Dom. 1636 --

*Wm Stoughton

(Reverso) Salem, 10 de Abril de 1636

Ordené la ejecución de Elizabeth Wells, según el tenor de la orden judicial.

*Alexander Endicott Sherif.

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[Entradas del diario de un hombre de Plymouth registros de un culto dedicado al "Santo Niño"]

[Mes(es) desconocidos. 1657]

Este año de nuestro Señor, 1657.

El Mesías ha regresado a esta Tierra, y en la semejanza de un pequeño Niño, tierno y hermoso.

Gloria a Aquel que levanta al gran Bisonte sobre Su cabeza como si fuera un cordero. Sí, lo vi con mis propios ojos.

Gloria a Aquel que siega de la tierra árida, convirtiendo el polvo en trigo y maíz para el Pueblo de Dios. El campo que estaba muerto ahora vivifica a Su mandato.

Bienaventurados los que disciernen Su Divinidad.

Bienaventurados los que se bañan en Su luz y gracia, que brilla más que cualquier otro Sol.

Gloria al Santo Niño.

1657.

A Aquel que dispersa a nuestros enemigos como paja ante el viento.

A Aquel que llena nuestros almacenes con las riquezas de la Tierra, aunque nuestras manos sean débiles.

A Aquel que abre el Cielo como una puerta sin pestillo.

Gloria al Santo Niño, que ahora camina entre nosotros con sus pequeños pies.

1657.

El Santo Niño nos mostró el Cielo mismo. Señaló hacia arriba y nombró a las estrellas como si fueran ovejas de su prado. Los planetas obedecen a sus dedos.

Los agarra por las puntas, con solo dos dedos, y los levanta sobre su cabeza sin esfuerzo. Luego los lanza como pelotas de juego por el claro más allá del bosque.

La gente lloró desconsoladamente.

Lloraron de alegría indescriptible.

Ascenderemos.

Contemplaremos a Dios en Su Trono.

Seremos los primeros en ver el Paraíso, y nuestros ojos no se derretirán ni se consumirán.

Gloria a ti, Santo Niño.

1657.

Ha regresado en la más inocente y pura forma de Hombre, siendo solo un Niño de pocos años.

Sin embargo, es alegre y juguetón, retozando como un conejito en la hierba. Corre y ríe, y sus dientes brillan blancos.

Come mucho, como quien crece rápidamente.

Todos los víveres están reservados para Él, pues nadie debe negar su hambre.

Gloria, gloria a ti, Santo Niño.

1657.

El Santo Niño habló hoy que nos mostraría su verdadera Forma, que ningún hombre ha soportado ver aún.

Debemos adentrarnos en el bosque, donde los árboles se yerguen frondosos y antiguos.

Estamos listos.

Estamos listos para abrazar a Dios con la punta de nuestros dedos, aunque sean pecaminosos.

Listos para despojarnos de estas mundanas vestiduras de barro.

Listos.

Listos para Él.

*Aquí termina el diario.

*Este documento está conectado a otra serie de testimonios escritos dedicados a este niño. Aparentemente separatistas que renunciaron a la doctrina puritana y buscaban algo mucho más claro que se les apareció en el bosque demandando comida. Ninguno de los documentos menciona el nombre, pero se le puede relacionar fácilmente con Alfred Kirkland al comparar la descripción puesta en un poema dedicado al "santo niño" escrito por una mujer anónima que pertenecía al culto: «Oh Madre otra vez—/maíz es su cabello/azotado por el viento/y brillantemente amarillento/

y en sus ojos yace el Cielo/el firmamento allí reflejado claro/como el Edén cristalizado/a la vista mortal.». Se ve al culto como una extensión de la fé cristiana con una nueva doctrina neo-protestante ahora extinta debido a que todos sus miembros se suicidaron tras la última entrada, como reporta un tal Samuel Carter ante el sheriff William Abbott del condado de Plymouth el 16 de Agosto del año de nuestro señor 1657. Lamentablemente, no pude obtener una copia de este documento, y queda resguardado el archivo histórico del condado de Plymouth en Brockton.

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(Orden de aprehensión de Alfred Franklin Kirkland, y declaración del oficial)

[20 de Mayo de 1692]

A: El Sheriff del Condado de Essex o los departamentos de policía en Andover

Se les requiere, en nombre de Sus Majestades, detener y traer inmediatamente ante nosotros a Alfred Kirkland, de origen desconocido, quien se encuentra acusado, en nombre de Sus Majestades, de haber cometido diversos actos de brujería contra Caleb Packett, de Andover, para su gran perjuicio, y para su interrogatorio en relación con las instalaciones antes mencionadas, no se ha podido obtener la fecha indicada en Salem, 20 de Mayo de 1692.

*Bartho. Gedney

Asimismo, se les requiere *John Hathorne

que registren diligentemente la casa de *Jonathan. Corwin

& about it for popetts &c *John Higginson

Justs Peace

En obediencia a esta orden, he registrado el cuerpo de la persona mencionada anteriormente, lo he llevado al lugar indicado y lo he entregado. Fue difícil. Lo encontré en una casa hecha de piedra al fondo del bosque rodeado por varios animales y algunos huesos humanos este 21 de Mayo de 1692. Por *Ephriam Foster

Condestable de Andover

[Examinación de Alfred Franklin Kirkland por el juez John Hathorne (Copia)]

[21 de Mayo de 1692]

[H]: ¿Cuál es tu nombre completo, jovencito?

[A]: Alfred Franklin Kirkland, señor.

[H]: ¿Y qué edad tienes?

[A]: No lo sé bien. Muchos años, creo.

[H]: ¿Quiénes son tus padres?

[A]: No tengo ninguno. Vivo con mi hermano mayor.

[H]: ¿Cómo se llama este hermano mayor?

[A]: Arthur Kirkland.

[H]: ¿Y dónde reside?

[Aquí el chico hace una larga pausa, recorriendo la habitación con la mirada, como si temiera]

[A]: No puedo decirlo con certeza. Sin embargo, se encuentra en Londres en este momento.

[H]: ¿Sabes por qué estás en esta corte, pequeño Alfred?

[A]: No, señor. ¿Es por ese señor?

[H]: Ese señor, Caleb Packett de Andover, hombre muy estimado entre la gente de Essex, fue encontrado con graves ataques, convulsionando violentamente y desgarrándose la carne. Y cuando recobró el sentido, inmediatamente te señaló, diciendo que lo habías hechizado.

[A]: ¿Hechizado, señor?

[H]: Sí, hechizado por la Magia Negra. Sin embargo, pareces un niño. Demasiado joven para ser un brujo.

[A]: No sé cómo un cuerpo puede hechizar a alguien.

[H]: ¿Entonces dices que no lo has hechizado?

[A]: Digo que no sé cómo se hace tal cosa.

[H]: ¿Pero lo has hecho, sí o no?

[A]: No lo sé. ¿Cómo se hechiza a un hombre?

[Ante esto, el Magistrado miró a su alrededor con cierta inquietud, acariciándose la barba, y luego fijó su rostro severo una vez más en el Niño]

[H]: Primero debes poner tu mano en el Libro del Diablo y jurarle lealtad a él, el Príncipe de las Tinieblas. ¿Has puesto así tu mano?

[A]: No recuerdo haber hecho tal cosa. Así que no.

[H]: ¿Pero eres responsable de los ataques del señor Packett?

[A]: No lo sé. Estábamos hablando y empezó a convulsionar.

[H]: ¿Disculpa?

[El niño se levanta de su silla y mira a todos los presentes]

[A]: No pretendo hacerles daño. No respondo a ningún Mal, a ningún diablo ni a ningún Dios. No soy humano y no soy animal. No sé qué soy y ustedes tampoco. Mi sangre es roja, ando y respiro. No quiero matar. No quiero hacer daño. Quiero descubrir mi lugar en esta tierra y no tengo control de mis acciones ni mis movimientos. Perdón. Perdón. No sabía que los humanos eran tan vulnerables. No sabía que eran propensos a morir.

[A estas el niño estaba llorando y Hathorne decidió dar el juicio por acabado]

[Orden de ejecución de Alfred Franklin Kirkland]

[1 de julio de 1692]

A George Corwin, caballero alto sheriff del condado de Essex. Saludos.

Considerando que Alfred Kirkland, hermano de Arthur Kirkland, Sawyer, en un tribunal especial de primera instancia celebrado en Salem el segundo día de este mismo mes de junio para los condados de Essex, Middlesex y Suffolk, ante William Stoughton, Esq., y sus jueces asociados de dicho tribunal, fue acusado y procesado por practicar y ejercer brujería el veinte de Mayo en el cuerpo de Caleb Packett de Andover, por lo que su cuerpo fue lastimado, afligido, consumido y atormentado en contra de la forma del Estatuto en ese caso [hecho y] provisto. El señor Packett explotó en un millón de pedacitos en su cama el último veinticinco de Mayo, por lo que también se le acusa al susodicho Alfred Kirkland del asesinato del hombre por causas paranormales. A cuyas acusaciones, el susodicho Alfred Kirkland reconoció su culpabilidad y confirmó las sospechas, por lo que fue encontrado culpable de los delitos graves y brujerías de los que fue acusado y se le dictó sentencia de muerte en consecuencia según lo ordena la ley, cuya ejecución aún está por hacerse. Por lo tanto, en nombre de sus Majestades Guillermo y María, ahora Rey y Reina [sobre] Inglaterra, etc., le ordeno y le exijo que el viernes próximo, siendo el tercer día de este mismo mes de junio, entre las ocho y las doce de la tarde del mismo día, conduzca sana y salva al supuesto Alfred Kirkland, desde la cárcel de sus Majestades en Salem antes mencionado hasta el lugar de Ejecución y que sea colgado del cuello hasta su muerte. Devuelvan sus acciones al Secretario del Tribunal Supremo y preséntenlas. No incumplan lo dispuesto bajo su propio riesgo.

Esta será su Orden Suficiente, dada bajo mi firma y sello en Boston, el 1 de mayo del cuarto año del reinado de nuestro Soberano Señor y Señora Guillermo y María, ahora Rey y Reina de Inglaterra, y Annoq'e D[omi]ni: 1692. *Wm Stoughton

1 de Mayo de 1692

De acuerdo con el precepto escrito, tomé el cuerpo del difunto Alfred Kirkland, de la corte de Su Majestad en Salem, lo conduje sin contratiempos al lugar designado para su ejecución y lo ahorqué hasta su muerte [y lo enterré en el lugar], todo lo cual se realizó según el plazo requerido, y por lo tanto, la devuelvo por mi cuenta.

George Corwin Sheriff

(Reverso) Alfred Kirkland

Sentencia de muerte

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Isaac sentía un cosquilleo agudo debajo de su piel. Sus piernas y brazos inquietos. Era incluso más difícil estar tranquilo cuando tenía la mirada penetrante de Joe encima de él.

Habían pasado las últimas dos horas y media escuchando a Joseph narrar cada documento que tenía consigo sobre aquel niño.

La voz de Elias irrumpió el silencio.

—Lo bueno es que ya está muerto, ¿no?

—Debía ser un demonio de algún tipo, —comentó Levi—. Suerte que la iglesia acabó con él.

—No es tan sencillo. —Explicó Joseph, y volvió a mirar a Isaac— ¿Verdad que sí, Isaac?

La quemazón del cólera subió por todo el cuerpo de Isaac como el calor de unas brazas. Se levantó y abofeteó a Joe, sacando dos jadeos sorpresa de sus otros compañeros.

No importaba. Ya nada importaba. ¿Por qué intentaba hacer el esfuerzo por caerles bien si así era como le devolvían el gesto?

Al menos Joseph. Porque claro que Joseph le haría eso. Porque Joseph era un hijo de perra sin consideración por nadie que amaba el sufrimiento ajeno. Como en ese momento, mirando a Isaac con ojos sonrientes y la mejilla roja.

Levi se levantó para intentar sostenerlo y calmar su furia. Ni él ni Elias tenían la culpa, pero Isaac no podía evitar sentirse enojado con los dos. Por lo que se zafó de su agarre y se mantuvo firme frente a Joe, quien entonces lo miraba con onda aireada. Isaac quería abofetearlo de nuevo.

—¡Para eso trajiste contigo todos esos documentos! ¡¿No es así?! ¡Por eso me mirabas así! ¡Por eso te ríes de mí, como si supieras un chiste que no podías contarme! ¡Este era el chiste! ¡¿Te parece gracioso?! ¡¿Te parece gracioso, Joseph?!

—Amigos, no estoy entendiendo nada, ¿está todo bien...? —Tartamudeó Elias.

Isaac cerró los ojos con fuerza y suspiró, temblorosamente, intentando encontrar las palabras correctas en su cabeza.

—Hay una maldición que ha perseguido a mi familia por generaciones. —Confesó Isaac.

Levi y Elias fruncían el ceño con desconcierto. Isaac tomó otra bocanada de aire y continuó.

—Joseph sabía. Y sabía que estaba conectado a ese maldito niño. ¡Y aún así decidió traer consigo esos papeles! ¡Porque sabía lo humillante que sería!

—Pero, espera, no entiendo... —Dijo Elias con voz trémula— ¿Cómo...? ¿Cómo hizo eso? ¿Cómo pudo...? ¿No murió?

Isaac chasqueó la lengua. Tuvo que haber supuesto que aquella iba a ser la respuesta que obtendría. Antes de poder decir cualquier cosa, Joseph le tendió un cuaderno. Era pequeño, marrón, deshecho y se veía añejo y hecho a mano.

Desconcertado, Isaac subió la mirada, y no había rastro de diversión ni descaro en el rostro de Joseph. Su boca no se torcía. Sólo lo miraba con ojos que casi parecían pedir disculpas.

—¿Qué es esto?

—Es el diario de un hombre de tu familia. Josiah Jones. El último documento que pude encontrar al respecto. —Explicó—. Lo encontré yo. Era posesión de tu abuelo, quien lo mantuvo durante todos estos años, así como tus parientes antes de él. Buscaba una explicación a su destino y una manera de evitarlo. No la encontró, o tal vez era demasiado tarde.

Isaac frunció el ceño mientras veía el cuaderno presentado ante él.

La furia se había esfumado de su cuerpo, y un cosquilleo que no podía explicar lo recorría hasta la punta de los dedos. El corazón le latía con fuerza. Miraba a Joseph con ojos incrédulos. ¿Podía ser...?

Isaac tomó el libro con manos temblorosas y lo abrió.

___________________________________________

En la sacra Memoria del señor David Jones. Padre de Josiah Jones y la fallecida Hope Jones. Buen cristiano y ciudadano del condado de Essex en Salem Village. Hombre piadoso y temeroso de Dios, quien ahora lo guarda en su santa gloria.

...

Mayo, 1720

Chastity me dice todo el tiempo que tengo la cara muy metida en mis escritos, y tal vez sea verdad, pero para mí es imposible no escribir mis pensamientos cuando retumban con tanta fuerza dentro de mi cabeza. Entonces, decidí encuadernar un nuevo diario y mantener registro del nuevo niño que estamos cuidando Chastity y yo.

El otro día, durante el funeral de mi padre, encontramos a un niño parado junto a Sam, observando absorto el rostro tranquilo de mi padre. Tenía, en sus manos, un puñado de nomeolvides. Le preguntamos su nombre y nos miró con miedo, pero no habló. Cuando le preguntamos a Sam si era su amigo, él nos contó que lo acababa de conocer, preguntaba por su abuelo, y le dio algunas flores que él usó para decorar el centro del inerte pecho. De lo más confundido, intenté hacerle más preguntas, pero el niño sólo me miraba con esos ojos grandes y azules y tan... llenos. Habitados. Jamás había visto tales ojos decorar un rostro tan pequeño.

Pasamos el resto del día preguntándole a los hermanos y hermanas de la iglesia si reconocían al niño. Ninguno tenía la más remota idea, ni siquiera el pastor. Por lo que quedó a nuestro cuidado.

Pude ver qué Chastity no terminaba de estar convencida de que aquello era una buena idea. Y la entiendo. Pero creo que nos ayudará a manejar nuestro duelo. Espero que ella pueda verlo así eventualmente.

...

Junio 1720

Llevamos un mes con el niño. Es callado. Tímido. Apenas nos dijo su nombre, Alfred. No habla ni siquiera con Sam, pero ¡Cómo come!

Se nos queda viendo cuando rezamos antes de comer. Cuando hacemos nuestro devocional por la mañana y por la noche. Incluso, durante los Domingos de descanso. Parece que quiere comprenderlo, ¿fue acaso criado en otra religión que no sea la cristiana? Pues en esta casa todos somos cristianos, así que espero que esas miradas sean de curiosidad y no desdén.

Junio 1720

Como digo, este niño tiene un apetito insaciable. Así que lo que más hace es comer, incluso cuando ya ha pasado la hora del almuerzo. De resto, se la pasa en el bosque, adentrándose a éste. No sabemos qué hace ahí. Le pedimos que nos ayude con las labores, pero se niega. No dice nada en voz alta. Sólo come, corretea al perro y va al bosque.

Chastity está ligeramente enojada conmigo, y tiene la gentileza de hacérmelo saber de forma silenciosa. Con esas miradas llenas de juicio, negando con la cabeza.

Es un niño, a este punto, no parece tener a nadie. ¿Qué puedo hacer yo?

...

Julio 1720

Tenemos progreso, y muchas preguntas.

Alfred se me acercó silenciosamente mientras hacía mi devocional matutino, aún cuando Chastity y Sam estaban durmiendo, y me escuchó rezar después de mis estudios.

—¿qué pasa, muchacho? ¿quieres leer conmigo? —Le pregunté.

Tenía los ojos bien abiertos, y creí que no obtendría respuesta luego de que negara con la cabeza, pero dijo:

—No. No sé leer.

—Oh, nunca es muy tarde. Ven, —señalé el espacio junto a mí—, siéntate. Leamos un poco de la palabra.

Leí un capítulo del libro que estudiaba esa mañana. Job, capítulo veintitrés. Alfred prestaba atención en silencio. Esperó a que terminara para hacer su pregunta.

—¿Usted cree que yo sea hijo de Dios?

Ah, la pregunta me conmovió. Era común que los niños dudaran de aquella forma, llenos de inocencia.

—Por supuesto que sí, Alfie. Todos somos hijos de Dios. Tú, yo, Chastity y Sam.

Hubo una pausa antes de que hiciera la siguiente pregunta. —¿Cree que él me escucha cuando le rezo? ¿Cuando le hago preguntas?

No me imaginaba a tal niño haciéndole preguntas a nadie. Me sorprendió que estuviera hablando tanto, para empezar.

—Por supuesto, sólo que actúa en silencio, y de formas que no podemos entender.

Pausó por un período de tiempo más largo. Creí que esta vez se callaría de verdad y volvería a hacer lo que quisiera en el patio, con el perro o perdido en el bosque. Sin embargo, para mí sorpresa, volvió a hablar.

—¿Job murió?

—Sí, —afirmé—, de viejo.

—¿De viejo?

—En efecto. Verás, las personas tendemos a morir a cierta edad de nuestras vidas. Nos pasará a todos, incluso a ti.

—¿Y cuánto tiene que pasar?

—¿Huh?

—Para morir, es decir.

—Bueno, para cada hombre es diferente, pero puede ser desde ochenta a cien años.

Tenía una expresión en su rostro que no podía ni describir ni explicar. Había desconcierto mezclado con algo parecido al dolor, mas, ¿qué dolor podría padecer un niño tan pequeño?

—¿Cuántos años tenía Davie?

La pregunta me sorprendió. —¿Disculpa?

—Davie... —Tartamudeó, jugando con sus manos en su regazo—. Davie es tu papá, ¿verdad?

—¿Cómo sabes quién era mi padre...?

Apretó los labios, con la mirada en el suelo, y, sin decir nada, salió corriendo.

¿Cómo podía él saber sobre mi padre? ¿Cómo podía él saber su nombre?

...

Agosto 1720

En mi tiempo libre, me he puesto a hurgar entre las cosas de mi padre. Sus libros, sus diarios, su ropa, sus herramientas. Quiero ver si encuentro algo que lo conecte con este niño, pero no tengo éxito.

Alfred empezó a ayudar a Chastity con las tareas. Haciendo la comida, lavando los platos, haciendo velas con sebo y barriendo, todo en silencio. Mi esposa está complacida con la ayuda, yo lo encuentro sospechoso. He intentado hablarle a Alfred, pero todo el progreso que se había hecho con él se perdió. Me hundo en un mar de frustración.

Si Hope estuviera aquí, ella tal vez tendría la respuesta. Yo no fui muy cercano al viejo Davie, no como ella. Pero se nos fue incluso antes de que él muriera.

Recuerdo algo, sin embargo, una tarde muchos años atrás. Estábamos compartiendo en familia, y ella le preguntó a nuestro padre si recordaba al niño que los visitó cuando ella era pequeña. Llegó corriendo al porche de su casa, llamando a su nombre con entusiasmo.

—Yo estaba asustada, —había dicho Hope—, y él no dejaba de hablar sobre unas flores. Tú le preguntaste por sus padres, y él se frustró y se fue. Era bajito, de cabello rubio, y un mechón travieso en la cabeza. ¿En serio no te acuerdas, Pa?

El viejo Davie negó con la cabeza. —No, Hija. No recuerdo muy bien. Mi mente me traiciona últimamente, verás.

... No puede ser el mismo niño, ¿verdad? ¡No hay manera!

...

Agosto 1720

No le quito el ojo de encima a este «Alfred», si siquiera puedo llamarlo así. No tengo ninguna forma de probar que es el mismo niño del que hablaba Hope.

Estuvo todo el día hablando con Sam, murmurando cosas. Intenté preguntarle a Sam qué le decía y él dijo que se había olvidado. No sé si está tramando algo con ese niño...

...

Agosto 1720

Encontré el antiguo diario botánico de mi padre. Tiene una colección de flores tanto del nuevo mundo como del viejo. Descripciones e ilustraciones de éstas.

Era un diario que mantuvo en su niñez, eso sí recuerdo. No recuerda mucho los detalles de cómo obtuvo la información de la mayoría de las flores. Había varias páginas vacías, sin terminar. Era un desastre que vislumbraba la infantilidad de todo el libro.

En el diario, encontré una ilustración junto a una página vacía. Una imagen de pequeñas flores azules formando ramos pintada con acuarelas. En una caligrafía bastante pulcra para un niño rezaba: «No-me-olvides».

Es el nombre de esas flores, sí. No me olvides. Un nombre apropiado para unas criaturas tan pequeñas e indefensas. Sin embargo, recordé de inmediato...

¿Acaso no eran esas las mismas flores que dejó Alfred encima del cuerpo del viejo Davie...?

... Es una coincidencia, ¿o no...?

...

Agosto 1720

Bueno, todos mis planes de avanzar en mi investigación se desvanecieron en un segundo.

Esta mañana, Alfred se llevó a Sam al bosque, y no han regresado.

Chastity no ha dejado de llorar.

Estoy sosteniendo lo que me queda de cordura en este bolígrafo.

No sé si es mi culpa por dejar que pasara esto. No sé si había forma de evitarlo, siquiera. Pero no quiero irme de las ramas y decir que todo está perdido así como así. Debe de haber algo. Sólo tengo que seguir buscándolo.

Sólo tengo que soltar este cuaderno y buscarlo...

...

Es de noche y no puedo dormir. Samuel todavía no aparece. Chastity está furiosa conmigo y no puedo culparla. Fue mi culpa dejarlo entrar en nuestra casa, comer de nuestra comida, acechar a las orillas de nuestro jardín y hacer lo qué sea que hacía en los adentros de aquel lugar donde toda civilización y orden divino se esfuman.

Me hubiese gustado hacer un estudio más extenso sobre esta criatura, pero me temo que no sé de su paradero. Y, de saberlo, no dejaría que se me acercara ni a mí ni a ningún miembro de mi familia.

¿Qué hiciste, Davie? ¿En qué te metiste? ¿Con qué?

...

Padre que reinas sobre los cielos, tú que todo lo puedes y que todo lo ves, acuérdate de mi hijo Samuel, quien siempre te ha servido, y protégelo con tu mano para que vuelva a casa sano y salvo con sus padres que tanto lo aman y lo extrañan.

Amén.

...

Hijo, hijo, hijo mío. Si hubiese sabido que esto sucedería, jamás te hubiese desamparado. Te hubiese protegido con todas mis fuerzas.

...

Septiembre 1720

... Samuel está aquí, unos días después.

Se desmayó a las orillas del bosque, devuelta a casa, pero se recuperó pronto. Chastity y yo estamos de lo más agradecidos. Nuestras oraciones funcionaron. Pudimos librarnos de ese mal.

No volvimos a ver a ese niño. Ese... engendro. Creatura. Demonio. Lo qué fuera. Sólo sé que no era divino, y por ende era maligno. ¡Y pensar que lo invité a comer de mi comida!

Dejaré que descanse mi mente. No escribiré más. Me despido de este diario, y pasaré el resto de mis días junto a mi familia, agradeciendo sus vidas cada que despierte.

...

1770

En la sacra Memoria de Samuel Jones. Padre de Jeremiah Jones y Margarite 'Peggy' Jones. Padre de familia, erudito y escritor, hombre piadoso y temeroso de Dios, quien lo aguarda en su santa gloria.

...

El señor Jones murió de causas muy extrañas. A lo largo de los años su cuerpo se fue deteriorando a niveles incalculables. A mediados de sus cuarenta años, empezó a toser flores azules, y al final de su vida, se halló envuelto en éstas. Al hacer la autopsia, no encontramos sus órganos, ni sangre, ni arterias; sólo estas pequeñas flores azules, creciendo desde su putrefacto cuerpo. Un macabro espectáculo que grita «no me olvides.»

___________________________________________

Isaac cerró el libro e inhaló profundamente.

—Mi padre empezó a mostrar esos síntomas, —explicó Isaac en un hilo de voz, aferrándose al cuaderno debajo de sus manos—. Tose... pétalos. Se ahoga con raíces y hojas. Le damos hasta los cincuenta o los setenta para que se hayan apoderado de todo su cuerpo y deje de respirar... Que salgan de su boca y las cuencas de sus ojos. «No me olvides»

Los demás se quedaron callados por unos segundos, asimilando todo. Isaac también necesitaba asimilar toda la información. La descripción de la muerte de su ancestro le había hecho reflexionar en su destino y en cómo podría arreglarlo.

Elías habló primero.

—Entonces... eso significa que tú...

—Sí, —contestó—, sólo es cuestión de tiempo.

Decir eso en voz alta era difícil. Tener sus días contados de esa manera era deprimente, y hacer las paces con su inminente y cruel muerte aún más. Pero no había nada más qué él pudiera hacer. Era su destino. Estaba escrito en la tierra. Tal vez eso era lo que tenía que descubrir. Que tenía un destino, y no podía hacer mucho para cambiarlo.

Pero podría hacer algo para arreglarlo todo.

Su mirada se encontró con la de Joseph. Ya no había espacio para el enojo ni el resentimiento entre ninguno de los dos. Isaac se sentía visto y comprendido por él. Ya lo entendía todo.

Haberse ido a dormir con tanta información que asimilar fue difícil para todos ellos, pero lo agradecerían una vez tuvieran que volver a caminar en la mañana.

___________________________________________

—¿Dónde creen que esté ahora?

—Eli, deja el tema.

—O sea, —continuó Elias—, si es inmortal, debe seguir rondando por ahí, ¿no? ¿Creen que todavía sea un niño, o que ya creció?

Llegar a Salem fue menos arduo de lo que creyeron que sería, pero necesitaban una forma de despejar su mente, y andar a caballo era una muy efectiva. Isaac siempre creyó que la verdad sobre su familia sería la herramienta perfecta para humillarlo y alejarlo de los chicos de su edad; evitar que tuviera una oportunidad de hacer amigos. Pero aquellos chicos, sorprendentemente, lo trataban igual. Incluso con mucha más familiaridad que antes. Aquella madrugada los había unido cómo nunca, e Isaac estaba complacido de tener gente que, aún sabiendo su secreto más profundo, querían ser sus amigos inseparables.

Salem era ruidosa por las mañanas. Ajetreo de aquí para allá con los barcos de comercio y el centro comercial. Pescadores, viajeros y comerciantes hacían sus negocios y establecían sus pequeñas ventas a los alrededores de la costa. Varios edificios se erigían y la gente pasaba de un lado para otro haciendo sus deberes.

Tenía la vista al frente con una mano en su alazán.

Levi frunció el ceño. —¿Cómo podría haber crecido si es inmortal?

—¿Acaso tú sabes cómo funcionan los inmortales?

—No, ¿y tú?

—No.

Isaac no pudo evitar soltar una risita airada ante la conversación de sus dos amigos. Joe tuvo la misma reacción.

—Espero que haya muerto, de alguna forma, —comentó Isaac, observando a la gente a su alrededor. Hombres trabajadores y jóvenes traviesos.

—Pase lo que haya pasado, —dijo Joe. De repente, la mirada de Isaac encontró una figura detrás de él—, espero que se encuentre bien. —La figura era alta, llevaba un traje y conversaba con algún comerciante—. Ya no han habido más reportes de cosas así de extrañas pasando gracias a él en Massachusetts. —Cabello rubio, lentes cuadrados. Isaac se sentía extraño. Lo observaba con los ojos muy abiertos, y un cosquilleo desagradable se apoderó de él—. Entonces, espero que esté bien, dónde sea que esté, y que haya aprendido a vivir con su inmortalidad. —Tenía un mechón travieso en la cabeza. ¡Un mechón!

La mirada del muchacho—del hombre, ya crecido, se cruzó con la de Isaac en lo que se alejaba. Su corazón latía con fuerza, casi sentía ganas de vomitar. Tenía una sonrisa en el rostro, y le sacudió la mano en el aire como si lo conociera.

—Debió de haber sido difícil lidiar con todo aquello, ¿no? Era sólo un niño.

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1770

La imagen del pobre Samuel, ya viejo, se hallaba grabada en su cabeza como una horrorosa señal. Un cuerpo tan lleno de vida convertido en una cáscara de lo que alguna vez fue para darle espacio a las ramas, la tierra, las flores y los insectos. ¿Por qué nunca resultaban ninguno de sus intentos?

Levantó la mirada de su regazo. Al otro lado de la habitación, Arthur—Inglaterra removía su chaleco y su pañuelo para estar más cómodo. Soltó un suspiro pesado y habló:

—Tienes que parar con esos intentos, —dijo—, eso de... intentar hacerlos inmortales. No va a funcionar nunca, ¿lo sabes?

—Ya lo sé. No lo he vuelto a intentar en cuarenta años.

—Ah, pero mira a dónde han llevado tus intentos, —le regañó—. ¿Cuántas vidas no se han perdido? ¿Entiendes la gravedad del asunto? Los humanos no son, y nunca van a ser, como nosotros. Métetelo en la cabeza.

Alfred chasqueó la lengua. —Ya lo sé, ya lo sé. Me quedó bastante claro.

—No, no me parece que te haya quedado claro, porque sigues cometiendo errores idiotas. —Arthur tomó asiento frente a él—. Tienes que ser discreto, América¹, ¿sabes lo qué sucedería si descubren lo que eres?

No respondió. Apretó los labios con fuerza. Un escalofrío recorrió su espina dorsal al recordar las veces que aquello había pasado. El hijo del cacique... la gente de aquél culto...

Él notó aquello, y sonrió.

—Ah, pero sí lo sabes, ¿verdad?

—¿Con qué derecho me regañas así cuando todo esto es tu culpa?

Inglaterra tuvo la osadía de verse molesto.

—¿Ahora resulta?

—¡Por supuesto que sí! ¿Tú crees que yo pedí existir?

—Por el amor de Dios, América, no seas un niño...

—¡Pero sí fui un niño! —Graznó con las manos cerrándose con fuerza en su regazo—. ¡Era un bebé! ¡No entendía nada de lo que pasaba conmigo! ¡¿Y querías que actuara normal?

—Fuiste bastante inteligente cuando te encontré. Incluso ya sabías que eras un territorio.

—Sí, eso lo sabía, —reconoció—, pero ¿todo lo demás? ¿La inmortalidad? ¿La sobrenaturaleza? ¿Las consecuencias del contacto con humanos? ¿Cómo podría haber sabido yo todo eso? ¡Y tú te ibas por meses! ¡Estaba solo! ¡No tenía a nadie que me explicara qué estaba pasando conmigo! Escuché a mi gente. Busqué a Dios múltiples veces, pero el cielo está vacío. Nadie responde a mis plegarias. Y, ¿cómo? ¿Cómo explica Dios una abominación como yo?

Inglaterra no contestó ahí. Desvió la mirada, como con vergüenza. Alfred se complacía, al menos reconocía el error en sus acciones pasadas, siquiera un poco.

—Entonces ahora vienes y me demandas sumisión y control. ¿Qué soy, Inglaterra? ¿De qué estoy hecho? ¿Cómo puedo arreglarlo?

Arthur se aclaró la garganta. —Dándole tu sangre de beber a un grupo de humanos no arreglará nada, si quieres mi opinión.

Alfred desvió la mirada, apenado. Ni sangre, ni cabello, ni un pedazo de sus huesos, ni darles de comer su corazón, ni intentar intercambiar su sangre, ni nada de aquello. Terminarían convulsionando, gritando, vomitando cosas extrañas y demás. Nadie estaba preparado para asimilar por completo su naturaleza.

Pero Alfred siguió intentando. Porque, cuando no era un territorio, era un niño solitario.

—Sólo quería hacer amigos como yo... —Explicó—. Estaba tan sólo en esa casa, y tú te ibas por meses, y yo no sabía qué hacías, y necesitaba a alguien que estuviera ahí para siempre...

Sonaba ridículamente infantil en ese momento, pero todavía tenía ese sentimiento. Cuando no era la colonia de Inglaterra, era Alfred F. Jones. Era un muchacho que añoraba compañía. Envidiaba la mortalidad de los demás. ¿Por qué estaba él condenado a vivir una vida de eterna desdicha?

Arthur suspiró.

—Si tuviera la respuesta del cómo existimos; de qué estamos hechos y el por qué, Alfred, ya te la habría dado, —confesó en un tono suave y tranquilo. Mucho más que el anterior, al menos—. Si yo pudiera... es que, Dios, Al, no sabes lo mucho que también he intentado. Puedes preguntarle a Francis las veces le he pedido que me mate. Que me corte la cabeza, que me haga pedazos. La vida semi-eterna es una agonía; nunca sé si desapareceré tan pronto como aparecí, y por cuánto tiempo. Pero lo único que sé es que, mientras estoy aquí, no me queda más que vivir, y saber controlar mis impulsos y capacidades. ¿Bien? ¿Te parece esa respuesta?

Alfred entrecerró los ojos mientras miraba a Arthur. —¿Tú también pasaste por lo mismo?

—Claro, —afirmó—, desde muy pequeño. Magia, monstruos, hadas, duendes y trolls. La iglesia católica estaba encima de mi cuello. Intentaron matarme muchas veces, pero no lo lograron, y decidieron cuidarme y controlarme en su lugar. Es por eso que soy tan protector contigo. Porque aquí los humanos todavía mandan, y no quiero que aprendan a odiarte o a resentirte.

Alfred miraba fijamente a un punto ciego en la pared, absorto en recuerdos de búfalos, alces, linces y liebres. De los tantos compañeros que tuvo durante esos años de soledad. Los únicos que le brindaban calor, compañía y cariño. Sentía tanto miedo, confusión y desdén latir en su interior que le aterraba. Le aterraban esas emociones y el no saber de dónde salían.

Inglaterra lo notaba.

—Puedes sentirlo, ¿verdad? —Preguntó—, lo que ellos sienten. Lo que ellos piensan. Es por eso que...

América lo miró con el ceño fruncido. Inglaterra tenía una expresión confusa en el rostro. Como de miedo y desconcierto. Como si frente a sus ojos hubiesen pasado los siguientes diez o veinte años.

—Es por eso que ahora me odias, ¿no?

...

¹En este tiempo todavía no se llamaba Estados Unidos, y los ingleses todavía se referían al territorio como América


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