jueves, 1 de enero de 2026

Prudentia Carnis Mors Est - Style +18


Al joven señor Stanley Marsh

19 de septiembre de 1878

Señor Marsh, puedo deducir que mi repentina curiosidad hacia usted y sus asuntos resulta sorprendente y fuera de lugar. Si ha de serle de consuelo, comparto su desconcierto; tampoco pensaba en escribirle pronto. Pero hay un asunto de suma delicadeza que me empuja a colarme en su correo, rogando ser leída y comprendida como la madre afligida que soy.

Primero que nada, y para que no piense que no me interesó por usted, me gustaría felicitarle por su reciente compromiso. Su madre, una fiel amiga mía como ya bien sabe, me contó sobre una taza de té que estaría casándose con la jovencita Wendy Testaburger en un año. Está de lo más contenta. Ni siquiera mi preocupación sobre la larga espera para la ceremonia podía perforar a través de su inmaculado estado de humor. No deja de sonreír. Estoy segura que ese mismo júbilo tan característico de nosotras las mujeres también se encuentra reflejado en su futura esposa. Incluso, con descarado atrevimiento, intuyo que comparte el sentimiento. Puedo imaginarmelo vividamente. Espero sean muy felices juntos, y que puedan compartir la fortuna del futuro con los miembros que se vayan sumando a su humilde familia.

La razón del porqué decidí escribirle, joven Marsh, es por una preocupación que no me deja dormir. Cómo bien sabrá, mi hijo, y buen amigo suyo desde que ambos tenían un beso de ángel en la espalda, Kyle Broflovski, se fue a estudiar medicina a la costa oeste hace tres años, y no ha vuelto desde entonces. Al principio solía escribirnos casi todos los días, lo cuál nos llenaba de alegría a mi esposo, a su hermano y a mí. Pero no hemos escuchado nada de él hace tres meses, y eso me llena de angustia. Sólo de pensar en las circunstancias en las que habría de estar para no ser capaz de siquiera escribir una carta anunciando su existencia se me pone la cara pálida. ¡Oh, Dios santo, sólo de pensarlo! Gerard cree que estoy exagerando. ¿Te parece que lo estoy, Stanley? ¿Te parece que estoy loca? No contestes a eso. No quiero tu correspondencia. Ven a la casa y sólo confirmarme que irás a verlo será suficiente. Por favor, Stanley. Necesito saber qué ha sido de mi muchacho.

Una o dos gotas han humedecido el papel. ¡Qué desastre! Espero puedas perdonar mi humillante espectáculo y empatizar con mi agonizante aflicción.

Esperaré tu respuesta.

Atentamente, S. Broflovski.

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A la señora Sheila Broflovski.

21 de Septiembre de 1878

Primero que nada, me gustaría disculparme por no ser capaz de visitarla en su casa. Entre mi madre y Wendy con los asuntos de la boda... Y mi padre con los negocios del señor Testaburger... Han sido días ocupados para mí. Pero, finalmente, puedo sentarme a escribirle una carta, como mínimo, para informarle que aceptaré su petición. Kyle siempre ha sido un buen amigo mío, y desde su ida no he hecho más que preocuparme por su bienestar. Si así estamos los amigos, ¡Sólo puedo imaginarme cómo ha de sentirse usted, su madre! Oh, ni siquiera puedo imaginarlo. No creo ser capaz de inducirme voluntariamente ese nivel de aflicción.

Discutí las cosas con la familia de Wendy y la mía, y todos hemos estado de acuerdo en encontrar a Kyle y regresarlo a casa. Darle un descanso. ¡El pobre seguramente tiene la cabeza tan metida en sus estudios que ni siquiera recuerda quiénes somos, ni lo que significamos para él! ¿Se imagina? Oh, ¿pero no sería eso una tragedia? El olvido... la duda... la desconfianza. Verdaderamente desesperante viniendo de un ser tan querido por todos los que lo rodeamos.

He empacado mis cosas y saldré hoy mismo hacia Nueva York. Tendré a su familia en mis pensamientos.

Atentamente, S. Marsh

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Al joven señor Stanley Marsh

30 de septiembre de 1878

¡Oh, joven Stan, no sabe cuánto me alegra! Ni siquiera encuentro la voluntad para escribir algo que no sea mi expresión de júbilo.

Cuídese mucho, joven, y recuerde llevar sólo lo necesario. Espero que estén sanos y salvos y listos para corresponde nuestros abrazos aquí en casa. Esta familia estará nombrándote en sus oraciones diarias. Confíamos en qué tú podrás traer a mi hijo seguro.

Atentamente, S. Broflovski

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Ya no sabía a dónde ir. Hacia dónde caminar o alternar la mirada. Parecía como si aquello fuera lo único que existiera en el mundo. Como si los límites de la tierra descansaran en el bosque y en la playa.

No encontró a Kyle en la universidad.

Interrogó a centenares de personas. A sus compañeros de la facultad, a sus maestros, a la gente de la ciudad, hasta llegar a una pequeña islas a las orillas de Nueva Jersey. Al borde del mundo. Donde sólo parecía haber un muelle, una casa, y un faro al otro lado de la playa. Stanley le había pagado a un barquero, y le pidió con prisa que lo dejara en aquella isla tan pronto como vio a Kyle, desde su lugar en el barco, caer de rostro en la arena tras tropezarse por la playa.

El barquero lo dejó a las orillas y Stanley corrió a confirmar su corazonada. Kyle tenía el cabello destilado, las mejillas ahuecadas y bolsas negras debajo de los ojos. Olía a vómito, a borbón y al mar. El primer impulso de Stan fue llevarlo al barco para volver a casa, pero el barquero se había ido. No debió haberle pagado tan pronto.

Ver su rostro fue... una experiencia de otro mundo. Sus ojos se mantenían cerrados, y su respiración salía de sus labios y sus fosas nasales en pequeños resoplidos, pero tenerlo en sus brazos hizo que a Stan le cosquilleara toda la piel. No había visto a su amigo hacía tres años, y había perdido las últimas señales de la adolescencia. Estaba más alto, más serio y una pequeña barba descuidada le perfilaba la barbilla. Ese primer día lo arrastró por la arena hacia su casa, e intentó despertarlo con agua en un tazón. Preparó un poco de comida para él usando los pescados que conservaba en la salazón y una taza de té de Romero. Esperó todo el día a qué despertara. Apenas y descansó. Pero Kyle no abría los ojos.

Seguía respirando, así que no podía estar muerto. Quizá era un efecto del cansancio. Poco sabía Stan por lo que su querido amigo estaba pasando.

Amigo... Una manera poco apropiada de definir su relación. Conocidos, tal vez. Gente que alguna vez fue algo.

Y es que Stan había pasado los últimos dos días desde su llegada explorando sus alrededores con delicado escrutinio. Primero, el interior de la casa. Parecía haber sido construida como unos cien años antes y la madera estaba gravemente dañada por el tiempo y la humedad. Tenía una capa de pintura verde en el porche que se deshacía en deprimentes y desagradables tonos marrones del cobre por sobre la madera desgastada. El interior no estaba pintado. Había una pequeña cocina, un cuarto y varios armarios. Uno tenía un estante con diarios humedecidos—cortesía de su amigo, así supuso—, algunas prendas de ropa, y artilugios que debió de haberse llevado consigo desde la universidad: Un bisturí oxidado, una aguja gruesa para cirugía y un rollo de gasa manchado de sangre y tierra. El interior de la casa olía fuerte a moho. A humedad, como el resto de todas las cosas, a encierro, a ropa sucia y a descomposición. Y alcohol. Mucho alcohol. Había visto una cantidad inigualable de botellas de borbón en uno de los armarios. Demasiado alcohol.

Stan había sido un vívido bebedor en el pasado. Kyle no era el mayor fan de este hábito. Al parecer, con el tiempo, había cambiado de opinión. Y Stan tenía miedo de volver a caer en lo mismo.

No importaba cuántas veces diera vueltas por la casa. Cuántas cartas había escrito a su madre o a su prometida para, siquiera, mantener su cordura intacta. Cuántas caminatas recorrió por la playa. Cuántas veces miraba el faro cuya luz, por las noches, parecía evitar la casa casi intencionalmente. Stanley caminó hacia la colina en la que éste se erigía, preguntándose si el farero podría ayudarle. No había nadie más que algas, percebes y cangrejos de arena. Y no entendía quién operaba la luz por las noches ni por qué evitaba su casa en particular.

No importaba cuántas veces daba vueltas por el cobertizo rodeado por moscas y bichos debido al olor nauseabundo que lo rodeaba y que no podía abrir...

No tenía razón para estar ahí. Él era la última persona que debía estar velando por Kyle Broflovski.

Entonces, con los dedos enterrados en la arena, dejando que el agua pase por encima de ellos y que la fuerte brisa de la costa moviera su cabello, Stanley se sentó a reflexionar en su relación con Kyle.

Habían sido buenos amigos en el pasado, eso era evidente para cualquiera que los conociese. Inseparables, vaya. Una extensión del otro. Donde Stan estuviera, Kyle estaría junto a él. Y si Kyle no estaba, al primero al que interrogarían sería a él. Como en ese caso.

Se alejaron cuando Kyle se mudó a Nueva York para iniciar su carrera en la facultad de medicina. Hubo una pelea antes de que partiera. Una pelea fea que dio por acabada su relación. Tres años después, Stan se dio cuenta de que era verdaderamente estúpido. Fue su culpa, después de todo. Era un impulso infantil. Pero se sentía herido por la ida de su amigo. Y había algo de envidia dentro de él, ya que no tenía las mismas oportunidades.

Tanto Kyle como él nacieron en familias de clase trabajadora. Kyle se esforzó mucho para entrar a la universidad con la ayuda de un profesor que ansiaba por ver su cerebro trabajar más allá de los límites de la preparatoria. Stan se veía trabajando en la granja de su padre en unos años, de no ser por la oportunidad que surgió de casarse con Wendy Testaburger y su familia de mercaderes. Fue algo repentino, la verdad, y se dió más por la voluntad de Wendy que la suya, por poco ortodoxo que fuese. De todas formas, Stanley no se veía a sí mismo casándose con otra mujer que no fuera ella. Y su familia estaba feliz, así que él también lo estaría. Todos estaban felices por ellos dos y por ver a las personas en las que se convertirían.

Pero eso no evitaba que Stanley soñara. Que dejara su mente fluir y se perdiera en el pecado de anhelar. Avaricia controlada y reprimida. Su corazón estaba lleno de cosas que él ansiaba con muchas ganas, pero nunca se daría el lujo de intentar alcanzar. Tal vez en un tiempo contaba con la ferocidad para intentar siquiera, pero con los años ese fuego ardiente de la ambición se fue apagando, y llegó a la conclusión de que no le quedaba más remedio que contentarse con su vida, ya que sólo tenía una y era esa; una esposa y un bebé y una granja de lavandas.

El carácter de Kyle fue más vehemente con sus ambiciones. Él sabía de lo que era capaz y decidió hacer un cambio; no conformarse como Stan había hecho. Por eso fue a la universidad al otro lado del país. Por eso los dejó a todos en Colorado y carecía de la decencia de siquiera preguntar por Stan en las cartas que le escribía a sus padres exclusivamente. Por eso Stan lo odiaba. Por eso él odiaba a Stan. Por eso nunca debieron volver a encontrarse.

Se le había formado un nudo en la garganta en medio de la arena y el agua salada de la orilla. Una gaviota se paró a su lado, graznando estrepitosamente. Stan suspiró y se echó de espaldas junto a ella, viéndola volar ante la torpeza de sus movimientos.

Hubo un tiempo en el que ambos estaban siempre en la misma página. Por supuesto, Stan lo recordaba bien. En una playa parecida, aunque más cálida y abrasadora; con altas palmeras y arquitectura española. El trigésimo primero estado del país, aceptado poco antes del nacimiento de ambos. Cosas así decía el viejo Randy en el tren desde el condado Park a Los Ángeles. Fue un año después de la guerra civil y ambas familias estaban contentas por el bienestar de tanto Randy como Gerald luego de servir en el ejército de La Unión, quienes habían llegado a casa en Abril del '65 en una sola pieza. Kyle y Stan pensaron en cosas grandes durante ese viaje. En guerras y soldados y generales y territorios. Jugaron a ser conquistadores llegando a América en las orillas del Pacífico y—por un breve momento, durante su semana de alegría sin fin—juraron que serían grandes, importantes y poderosos generales al crecer. Después, les emocionó la idea de convertirse en piratas; conquistando los siete mares juntos sobre imponentes navíos. Y, después de eso, surgió la posibilidad de convertirse en los vaqueros más temidos del viejo oeste. El fuego de la emoción se les apagó después de ese viaje. Pero todo parecía tan probable en esos tiempos. Donde sólo eran ellos dos y sus sueños contra el mundo.

Stan lo recordaba todo muy bien. El sol ardiente sobre su piel. Las hojas de palma moviéndose. El acento de los mexicanos que les rentaron dos habitaciones para esa semana. El olor del mar. La arena de la playa cubriendo las pecas de Kyle cuando jugaban en la arena. El sol era tan brillante que lo único que podían ver era al otro. Kyle a Stan y Stan a Kyle. Cuando los límites de la tierra yacían en la punta de sus pequeños dedos.

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Kyle se despertó una mañana repentina. Y cuando escuchó la voz de Stan, no lo podía creer.

Stanley se esperaba su incredulidad, gracias a los años que tenían sin verse, siendo que lo encontró en medio de la nada, en una isla desolada. Cualquiera lo encontraría sorprendente, por decir poco. Pero la reacción de su viejo amigo rozaba lo grotesco. Pegó un grito de lo más extraño y se negaba a hablarle en ocasiones. Stan estaba confundido y, ciertamente, herido ante su reacción. Lo tomó a la ofensiva al principio.

—Sé que no nos hemos visto en años pero, hombre, tampoco estoy tan mal. —Se quejó con el ceño fruncido. En sus manos había una bandeja con té y pescado frito a la salazón—. Toma. Tienes que comer algo.

—Estás...

La voz de Kyle salía de su garganta en jadeos sin aliento. Carraspeó sin apartar los ojos de Stan; penetrantes y bien abiertos desde la orilla de la cama, pegado a la pared. Stan ladeó la cabeza e intentó acercarse.

—¡No! —Chilló Kyle—. ¡No, no! ¡No, no, no, no, no!

Se envolvió a sí mismo con todas las sábanas en su cama, haciendo la madera croar debajo de su peso. Stan se enojó y dejó la comida y el té en la mesita de noche. Lo habían dejado con un completo lunático. Años apartados lo habían vuelto completamente loco.

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A la señorita Wendy Testaburger

9 de Octubre de 1878

Voy a encontrar la forma de enviarte todas estas cartas algún día durante mi estadía aquí.

Lo cierto es, querida mía, que mi compañero aquí es de lo más extraño. Ya no huye de mí ni grita ante mi presencia, pero tiende a exaltarse y a mirarme con duda. Nunca busca conversación, sólo me mira de lejos con ojos llenos de cientos de cosas indescifrables. Como quisiera saber qué pasa por su mente cuando me mira. Desglosar su comportamiento de raíz.

Lo bueno es que ha estado comiendo y bebiendo del té que le hago. Las especias que hay aquí son pocas, por suerte yo traía algunas conmigo en mi viaje. Hierbabuena y camomila. Ha recuperado el color y eso es bueno. Es un avance de algo. Tal vez algún día pueda hablarle, y así empezaremos a planear una forma de salir de aquí.

Te amo, querida. Pienso en ti todos los días. Añoro por que aparezcas entre las olas como una hermosa sirena.

Tuyo,

S. Marsh.

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—¿Quién te envió aquí?

Estaban en la playa, bañándose, cuando Kyle hizo esa pregunta. Fue la primera vez que le dijo algo en días. Buscaba la compañía de Stan, pero en silencio; sentarse junto a él mientras escribía, o comía, o bebía, o miraba al horizonte en silencio. Los rastros de duda y temor se habían esfumado de su mirada. Sólo quedaba algo más. Algo que Stanley no podía descifrar.

Había estado escribiendo en un pequeño diario su día a día en esa isla extraña. Una bitácora personal. Ese había sido su día de baño. Lamentablemente no tenía jabón. Tal vez podía idearselas y hacer uno si descubría cómo.

Miró a Kyle mientras se quitaba la piel muerta y la arena de los brazos.

—Tu madre me envió una carta preocupada por ti. —Explicó—. No les has escrito a tus padres en tres meses... Y, bueno, lo entiendo. ¿No hay correspondencia en este lugar?

—No. —Dijo Kyle—. No hay nadie.

—¿Qué hay del faro? ¿Quién lo opera?

Kyle tensó ante la pregunta y desvió la mirada. Detuvo su baño y se fue dando zancos a la casa.

Stan frunció el ceño y soltó un bufido. Si así se iba a poner, qué así fuera. ¿Quién se creía?

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—Te vas a casar. —Dijo Kyle. No era una pregunta ni una acusación, simplemente una simple observación. Aquél tipo de cosas que acababan con el silencio entre los dos.

Stan dejó su bolígrafo sobre su diario y miró a su compañero. Con lo del día anterior en la playa y aquella pregunta, se harían dos días de Kyle hablándole. Aquello era bueno. Podían aclarar su situación y salir de aquella isla lo más pronto posible.

—Así es. —Afirmó—. ¿Cómo sabes?

De repente, la timidez pareció adueñarse de Kyle. Bajó la mirada hacia sus pies y Stan entendió de inmediato a qué se debía, por lo que soltó un jadeo indignado.

—¿Leíste mi diario?

Tartamudeó. —Lo suficiente...

—¡Ah, vete al carajo Kyle? ¡¿Hablas en serio?!

—¡Tenía curiosidad! ¡¿Sí?! —Vociferó—. ¡Ojalá me perdone Dios por el pecado de tener curiosidad!

—¿Y no se te ocurrió preguntarme? ¿Intentar conversar conmigo? ¡Has estado en silencio todo el tiempo desde que llegué!

Kyle negó con la cabeza varias veces, mirando a todos lados menos a Stan. ¿Cómo pudo hacerle eso? Ahora tendría que encontrar una forma de esconder su diario y sus cartas. Y, ¿cómo demonios haría eso? ¡Esa maldita casa era diminuta! No había lugar para esconder nada, ni un grano de sal detrás de una migaja.

—Claro, tú y Wendy... —Dijo de repente—. Hace sentido. Siempre se... se miraban. Ya sabes. Maldita sea.

Stanley inhaló profundamente. —¿Cómo terminaste aquí?

La pregunta no le sentó de lo mejor a Kyle, quien se removió nervioso en su sitio. Stan consideró la posibilidad de no tener una respuesta a la pregunta en absoluto y que tendría que esperar otra semana para escuchar su voz.

Pero no fue así, no esa vez. Kyle dijo: —Hay un proyecto que me es menester realizar, y tenía que alejarme de toda civilización humana para terminarlo. —Explicó. Como si fuese tan simple.

Stan soltó un bufido sin gracia. —¿Y ya? ¿Así nada más? Por Dios, Kyle. ¿Te volviste loco?

—Tal vez, no lo sé. —Tartamudeó—. Con un demonio, Stan, ¿tú cómo llegaste aquí? ¿Cómo diste conmigo?

—Le pregunté a todo el mundo en los alrededores de Nueva York si sabían de ti. Mis preguntas me llevaron a Nueva Jersey, por lo que hasta allá paré. Di con... alguien... que te había vendido algunas cosas y que dijo que estarías en una isla a las orillas del estado. Le pagué a un barquero para que me llevara a Long Beach Island, pero no estabas ahí. Entonces, le pagué un poco más para llevarme a las islas más alejadas, y para mi fortuna te encontré en esta, la más pequeña.

Kyle negó con la cabeza. —Maldito Cartman y su lengua suelta. Maldición. Maldita sea.

No dejaba de mascullar maldiciones por lo bajo. Stan sólo podía mirarlo; los movimientos que hacía con las manos y las caras que ponía. Cómo miraba a todos lados y movía los pies de un lado a otro. Parecía estar nervioso y maniaco todo el tiempo. Como ido. Era extraño. A Stan le resultaba fascinante y le llenaba de intriga. A Stan siempre le resultó fascinante Kyle.

Cuando eran más jóvenes, en la adolescencia, Kyle descuidó su pasión por la actividad física por su devoción al estudio y su deseo vehemente de iniciar una carrera. Su padre era abogado público, por lo que apoyó la idea. Todo el mundo creía que Kyle seguiría los mismos pasos en el mundo de las leyes, y los sorprendió a todos cuando decidió meterse en la facultad de medicina. Stan no se sorprendió. Él conocía a Kyle. Sabía bastante de su pasión por estudiar a las personas de dentro hacia afuera. Stan era su mejor paciente, después de todo. Siempre estaba enfermo; si no era fiebre, eran la mente y el corazón. Y Kyle parecía querer entenderlos. Lo miraba como si quisiera abrirlo de pies a cabeza e inspeccionar cada órgano. Cada nervio. Cada tendón y cada hueso y cada vaso sanguíneo y arteria y cartílago y piel.

Canalizó dicha fascinación a algo que le llevaría más prosperidad a su familia. Una oportunidad grande con la que pocos de su clase contaban.

¿Por qué dejarlo tan abruptamente?

—¿De qué es ese proyecto, Ky? —Interrogó en un hilo de voz.

Kyle cesó sus movimientos y levantó la mirada, clavando sus ojos bien abiertos en Stan, como si lo hubiese acusado en voz alta un crimen del que era culpable al cien por cien. Duró unos segundos así, mirando atónito a Stan. Sin embargo, se fue otra vez con pasos apresurados.

Stanley suspiró. Debía buscar una forma pronta y práctica de esconder sus cuadernos.

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Fue de madrugada cuando escuchó el sonido. Una canción, tarareada por una voz melódica y dulce que provenía desde afuera. El sonido lo despertó. La casa estaba oscura y sola. La única luz que había era la del faro, dando vueltas por toda la isla y las aguas de la costa—evitando, casi intencionalmente, la casa. Esa vieja casa que parecía caerse a pedazos.

No vio a Kyle en la playa, pero la luz que provenía del cobertizo debía pertenecerle a él. Consideró la posibilidad de acercarse—sin embargo, la melodía se hacía cada vez más fuerte. Cada vez más errática. Cada vez más bizarra.

Provenía de las aguas. Del oscuro e inmortal océano Atlántico. Imponente, aterrador, mortífero. Stanley, no obstante, se acercaba; atraído por aquella melodía que parecía distorsionarse cada vez más. El reflejo de la luna y la luz del faro se posaban por sobre las aguas, haciendo de estas un cielo estrellado que tintineaba en destellos blancos a lo largo del oscuro firmamento del océano. Un paralelo del cielo. Como otro mundo. Como otra realidad.

Así se sentía vivir en aquella isla. Otra realidad. Otro planeta tierra.

¿Qué era lo que sucedía? ¿Por qué él no podía darle explicación? ¿Por qué tenía qué?

Hubiese sido más sencillo haber dicho que no.

Pero Kyle era... él era su mejor amigo. Y por más que le doliese su abandono, no podía dejarlo solo así cómo así...

Se agachó contra la arena. Inhaló profundo y sumergió su rostro al agua lo más profundo que pudo, sintiendo las rodillas de su pantalón humedecerse.

La melodía cesó. Hubo un corto silencio sepulcral, seguido de un sonido. Un sonido agudo y animalístico—casi como el de un delfín. Provenía de lejos. Más profundo. Era un sonido que él nunca había escuchado antes.

Sumergió más la cabeza, corriendo el riesgo de mojar el cuello de su camisa. Apenas podía respirar, pero necesitaba descubrir el origen de aquel ruido que se repetía constantemente.

Era una sombra a lo lejos. Una figura femenina que se sacudía con una cola larga y elegante por el océano. Stan no pudo ver su rostro—apenas y pudo reconocer la figura por las sombras que generaba la luz del faro sobre el agua. Pero era indisputable. Aquello, fuera lo que fuera, tenía que ser una sirena.

Stan sacó la cabeza del agua apresuradamente y dejó que las gotas frías corrieran por su rostro mientras sentía que la realidad se le iba de las manos.

Aquel ruido cesó.

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Llevaba un rato adentro, secándose, atónito. Kyle entró poco después. Tenía en su rostro una expresión de cansancio y ausencia de aliento; toda su ropa estaba manchada de tierra oscura. Apenas y se percató de la presencia de Stan hasta que vio la vela en el centro de la mesa.

Lo miró fijamente con el ceño fruncido.

—¿Qué haces despierto?

—¿Tú dónde estabas?

Kyle carraspeó. —No puedes contestar una pregunta con otra.

—Mira cómo lo hago.

Había una mueca en su rostro que parecía querer emular una sonrisa. Aquello, junto a su caminar tambaleante, le indicaron a Stan que estaba borracho de nuevo.

—Es mi proyecto. Te dije que... estoy haciendo un proyecto. De la universidad. Y por eso estoy aquí. Lleno de tierra y sangre animal. Inspeccionando y... eso. Y eso...

Stan asintió. —Yo vi una sirena.

Todo rastro de diversión en el rostro de Kyle se esfumó casi inmediatamente. En su lugar, un ceño fruncido lo reemplazaba.

—¿Dónde?

—En la playa. —Tartamudeó.

—¿Y qué viste? ¿Le viste la cara?

Las preguntas eran hostigadoras. El pulso de la ansiedad latía fuerte dentro de Stan, quien había considerado la posibilidad de haberse imaginado aquella interacción con la sirena. Pero si Kyle interrogaba con tanta determinación... ¿Acaso él había visto lo mismo?

—No vi mucho. Sólo su silueta debajo de la luz. —Contestó.

Stan creyó que Kyle haría más preguntas, pero parecía demasiado cansado como para hacer cualquier cosa. Sólo se quedó ahí, parado, mirando con los ojos perdidos.

—Buenas noches.

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A la señorita Wendy Testaburger

10 de Noviembre de 1878

Querida mía, amada mía. No sé cómo siquiera podría empezar esta carta.

He buscado en cada esquina, en cada rincón, en cada grano de arena... una forma, una manera... de volver a casa... Pero no la hay. No hay barcos aquí. Ni siquiera pasan barcos por acá. Ese barquero tenía razón. Maldito sea el día en el que lo dejé salirse con la suya.

Me he mantenido cuerdo con las labores alrededor del hogar. Encontré unas latas de pintura en los alrededores del faro, y decidí usarlas para pintar la casa. También he experimentado con la comida y la preparación del té. Uso varias especias que hay en los alrededores de la cocina, o algunas que encuentro afuera. Lo qué sea para mantenerme ocupado.

Kyle está ebrio la mitad del tiempo y en resaca la otra mitad. Tiene una infinidad de borbón en un clóset que parece nunca acabarse. La mayoría del tiempo la pasa o dormido o trabajando en ese proyecto suyo del que no me quiere contar. Casi no hablamos. No sé para qué vine a este lugar. No sé por qué acepté esto...

Ah, Wendy. Espero que para cuando leas esta carta mi mente se haya librado de toda angustia y mi corazón esté tan limpio como la nieve recién caída del cielo. Sólo con leer lo que escribo me deprimo a mí mismo. Pero no puedo evitarlo. El aislamiento me está volviendo loco. ¿Te he dicho que he visto sirenas? ¡Sirenas! Y si no las veo, las escucho... Nadan por la noche... iluminadas por las estrellas, la luna y el faro que nunca parece querer darnos luz.

Espero con ansias poder darte todo lo que aquí escribo. Espero estar ahí para sostener tu mano cuando el dolor te abrume.

Tuyo,

S. Marsh

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Los diarios en el clóset olían a humedad y a moho. Años de olvido y descuido. Stan abrió uno. La primera página rezaba lo siguiente:

Este diario pertenece a:

Ibrahim Ainsworth

Bitácora de un farero. 1840–

Entonces, aquella casa le pertenecía a los trabajadores del faro. No era difícil de adivinar. Stan abrió el primer día.

No entiendo por qué es necesario un faro en una isla tan pequeña y desolada, ni mucho menos comprendo por qué, de todas las personas, me enviaron a mí a este lugar. A Donaldson lo enviaron a supervisar el faro de Long Beach Island. Al menos, la costa está rodeada por muchas más personas que su odioso compañero.

Muchas gaviotas y suciedad. ¿Cuándo fue la última vez que se limpió esta casa? Mi compañero, un hombre de la tercera edad llamado Roger Falkner que está sordo de una oreja y cojea al andar, dice que no sabe. Que el faro ha estado en esta isla desde que tiene memoria, y que si tanto me molesta la suciedad, sería mi responsabilidad mantener la casa limpia.

Mis labores son claras. No haré más de lo que se me ordena en el manual.

Los siguientes días eran básicos. Reportes de su día a día. Las labores qué hacía. Los pájaros que veía. Los animales que se asomaban. El odioso de su compañero. Lo molesto que es tener que recoger heces.

Stanley lo encontraba todo sumamente aburrido y demasiado monótono para satisfacer su curiosidad por tan peculiar lugar. Por ende, decidió abrir una de las últimas páginas.

Para aquella entrada, descuidó la cursiva y, en su lugar, decidió escribir imprenta... con letras temblorosas y manchones de tinta.

La vi de nuevo esta noche. Juro que la vi. Estaba sentada en la orilla y tenía el cabello más largo y rojo que he visto alguna vez. Su piel era pálida pero oh. Oh. Oh. ¡¡¡¡¡¡¡¡¡OOOOHHhhHhHhh!!!!!!!!!!

¡Esos ojos! ¡Esos labios! ¡Esa nariz! Me masturbo todo el tiempo fantaseando con tocarla. Con apretar sus tetas y escuchar los chirridos que salen de su boca. Con meterle la verga hasta la laringe y sentir como se rompen todos sus huesos debajo del peso de mis embestidas. Hacerle un hueco en la cola y atravesarlo. Volverla mía. Mi juguete. Mía. Hacer un hueco con la forma de mi pene en ella para que no pueda cogersela nadie más que yo. Abrirla y abrirla todos los días hasta que no quede nada que pueda ser tocado por nadie excepto por mí. Mi montón de carne húmedo y caliente lleno de mi sudor y mi semen y mi orina. Mío. Mío. Mío y de nadie más.

¿Quién dijo que las sirenas son incogibles porque no tienen coño? ¡Hazte uno! ¡Sácale los ojos y follate sus cuencas! ¡Oh como sueño! No puedo evitar tocarme. Sólo con pensarlo ya me podría venir.

Ese viejo asqueroso se la está cogiendo, seguro, y por eso no me deja tocarla. Pero es tan fácil como agarrarla y forzarla a chuparme la verga.

¿Quién se cree qué es? Para eso es que sirve.

Stanley cerró el diario y juró nunca volverlo a abrir.

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Mientras Kyle dormía, boca abajo sobre el sofá, Stan se sentaba en el suelo y lo miraba dormir.

Tenía pecas decorando el puente de su nariz y un par de anteojos que cayeron de sus orejas al suelo con la urgencia de sus acciones. Un cabello rojo, unas pestañas largas y unos ojos verdes cubiertos por sus somnolientos párpados. Sus miembros eran largos. Sus brazos y sus piernas... casi tan largos como los de Stan. Se veía tan relajado mientras dormía. Cómo una persona diferente. Un espejismo de la versión de Kyle que Stan recordaba.

¿Cuál era la versión de Kyle que Stan recordaba?

Stan cerró los ojos y se dejó evocar...

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—¿Te vas a ir?

Kyle estaba en su habitación haciendo su maleta cuando Stan entró de repente. La expresión en su rostro indicaba que él esperaba haberle dado esa noticia, pero que ya era muy tarde.

Por ende, suspiró. —Sí, estaba planeando decírtelo.

—Me lo dijo tu madre tan pronto como llegué.

—Lo supuse.

—¿Y por qué te vas? —Preguntó, intentando mantener la estabilidad en su voz.

Pero era difícil. Era difícil mantener cualquier tipo de estabilidad cuando Kyle estaba haciendo sus maletas, yéndose a quién-sabe-dónde a hacer quién-sabe-qué. A olvidarse de Colorado. De South Park. De Stan.

¿Se olvidaría de Stan?

—Bueno, tarde o temprano me tocaba ir a la universidad, ¿no crees?

—No necesariamente. Creo que tu padre tiene el dinero y los contactos suficientes como para mantenerte...

Kyle hizo una cara de incredulidad. Stan chasqueó la lengua.

—Está bien, tal vez no eso, pero... podría encontrarte un lugar dónde estudiar que esté en Colorado. ¿Por qué te vas tan lejos?

—Las mejores instituciones del país están en Nueva York. Lo sabes perfectamente.

—¿Y por qué te vas sin mí?

Aquello último lo dijo en un hilo de voz. Era inevitable. De verdad que sí.

Kyle y él eran los mejores amigos del mundo. Donde Stan estuviera, ahí estaría Kyle. Si uno iba a las orillas del mundo, donde no había nada más que lava debajo de sus pies e infinito sufrimiento, el otro se lanzaría a la alcantarilla por él. Había un entendimiento entre los dos que rebasaba las líneas de cualquier conexión humana.

Sus corazones latían en una sincronía que muchos matrimonios de décadas envidiarían.

Sus almas estaban hechas de un material que no podía sobrevivir sin la otra.

Stan lo veía claramente. Kyle también. Ambos lo sabían.

Y les daba mucho, mucho miedo.

Kyle soltó una risa. —¿Vienes a estudiar medicina quirúrgica conmigo? Adelante.

Stan frunció el ceño. —¿Crees que eres el único lo suficientemente inteligente o apasionado como para querer ejercer una carrera en algo?

Kyle lo miraba con ojos entreabiertos.

—¿Qué te apasiona, Stan? Nunca has mostrado interés en algo que valga la pena.

—Claro que sí. La música.

Dijo lo primero que le vino a la cabeza. Lo segundo era el deporte, pero aquello le habría hecho burlarse de una forma más desagradable que como lo había hecho después de su respuesta.

—¿Música? Irás a una de las mejores universidades del continente... ¿Por música?

Stan chasqueó la lengua. Se estaba hartando. La expresión presumida en el rostro de su amigo mientras seguía doblando ropa como si nada no ayudaba en lo más mínimo.

—Al menos es una razón más honesta que irse al otro lado del país para escapar de las obligaciones en casa.

Eso sí que sacó una reacción de Kyle. Paró en seco mientras ordenaba la maleta, y miró a Stan con ojos penetrantes.

Stan se relamió los labios. Ahí.

—¿O me dirás que no? ¿Me dirás que todo esto no es sólo una manera de huir de preguntas sobre matrimonios, novias, nietos y sobrinos? ¿Dices que no estás escapando de la necesidad de casarte con una muchacha rica y preñarla con los herederos de su padre?

Kyle cerró los ojos, pero todavía no decía nada. Sostuvo la orilla de la maleta con fuerza. Cómo si quisiera romperla. O como si estuviese buscando algo de estabilidad.

Stan podía ver el enojo burbujeando a fuego lento dentro de él. Sabía que era peligroso. Pero si Kyle gritaba, él gritaba más fuerte. Si Kyle golpeaba, él golpeaba más fuerte. Y así sucesivamente hasta que no quedara nada de los dos.

—Estás huyendo... —Empezó—... De la necesidad de casarte con una...

—¡Stanley, cállate la maldita boca! —Vociferó.

—¡Entonces niégalo! —Escupió él de vuelta— ¡Di que no es verdad, maldita sea!

—¡No pienso indulgir tu sarta de sinsentidos!

—¡Ah, no puedes negarlo! ¡Porque es verdad! ¡Porque no quieres!

—¡Cállate, te dije! —Kyle lo miraba con ojos enloquecidos y un par de medias en una mano— ¡Cállate!

Stan soltó una carcajada aireosa.

—Es tan propio de ti ignorar lo que sientes y escapar de todo cuando se pone complicado. Lo qué sea antes de confrontar tus problemas.

—¿Y tú? —Cuestionó Kyle con voz mordaz—. Es tan propio de ti que creas que todos son como tú y que todos sienten lo que tú sientes.

—¿Yo?

—¡Sí, tú! ¡Te inventaste un cuento en la cabeza y quieres que yo forme parte! Pues déjame decirte que no, Stan. ¡Yo seré el adulto razonable entre los dos y acabaré esto de una vez por todas!

Stan echaba humo por la nariz. Tenía muchas ganas de acabar con todo en esa habitación y después consigo mismo. Dar por terminado a toda esa locura de raíz y dejarlos a ambos en cenizas.

—¡Tu solución a todo siempre ha sido evadir los problemas! —Continuó con una determinación imparable—. Cuando las cosas empiezan a tornarse reales y aterradoras. ¡Ahí ya no quieres tener nada qué ver con nadie!

—Tienes razón, Stan, ¡no quiero tener nada qué ver contigo!

Stanley soltó una carcajada entrecortada, un reflejo de su subconsciente para deshacer el nudo que se le había formado en el pecho y en la garganta. El fuego se estaba disipando y sus manos temblaban. Todo temblaba. Aquello no se sentía real.

—No hablas en serio. Tienes miedo.

Kyle negó con la cabeza. —¿A qué hay que tenerle miedo?

Hubo una pausa silenciosa en la cuál lo único que se intercambiaban eran miradas. Azul y verde y verde y azul. No era la primera vez que sus ojos se encontraban con una intensidad similar. No era la primera vez que sus pieles cosquilleaban ante el otro.

Nunca hubo una primera vez entre ellos. Se conocían con tal intimidad que simplemente respondían al otro con naturaleza. Siempre fue así. Ese era el orden de las cosas.

Pero sólo se podía tener una cantidad suficiente de comprensión y cariño antes de que las cosas empezaran a tornarse complicadas.

Y ambos lo sabían perfectamente.

Stan inhaló.

—Dime tú, Kyle, —dijo—, ¿a qué hay que tenerle miedo?

Pero Kyle no contestó. Le dio una última mirada a Stan antes de volver a su labor y darle la espalda.

—Vete. —Le pidió—. Vete, por favor. Y no vuelvas a pasar por aquí. No quiero volver a verte nunca.

Stan miraba a Kyle atónito, incapaz de moverse. Tal vez, si se mantenía quieto, podría fingir que nada de lo que acababa de suceder era verdad. Podría fingir que era un sueño. Un momento eternamente sostenido en el tiempo antes de que el mundo como lo conocía cambiara por completo.

Hacía menos de una semana estaban ambos riendo y conversando. Haciendo tonterías por los campos alrededor de la granja de Stan como jugar a las escondidas en el campo de maíz o tumbar las vacas de los vecinos. El Kyle de ese entonces era ligero y risueño. Sonreía y su rostro se enrojecía y sus pecas se chamuscaban y los renglones de cabello que envolvían su rostro parecían lengüetas de fuego debajo de los arreboles que iluminaban todo a su alrededor como sólo Kyle podía hacerlo. En cambio, el Kyle que lo miraba entonces se veía frío y apagado. Como la noche. La única cosa que ardía era la ira dentro de su pecho.

—¡¿No me oíste?! —Gritó, y le arrojó un par de medias envueltas— ¡Vete! —Gritaba mientras seguía arrojando cosas de su maleta. Camisetas, lápices, ropa interior...— ¡Te dije que te fueras, maldita sea! ¡Vete, grandísimo hijo de puta! ¡Vete!

Y Stan salió corriendo de aquel lugar mientras la irreconocible voz de Kyle llenaba el silencio de la casa sola.

Había pensado en aquella conversación en la noche, antes de dormir. Y en los siguientes días. Y en los siguientes meses. La intensidad. La cólera que palpitaba debajo de sus músculos. Lo cerca que estaban de cruzar la línea borrosa entre la amistad y el deseo.

Él también tenía miedo. Él tampoco quería confrontarlo. A veces, agradecía que Kyle se fuera. Así, las cosas serían más sencillas. Pero le dolía profundamente no poder contar con él nunca más. Y cambiaría cincuenta años junto a Wendy por una hora de conversación con Kyle. Por su risa y sus comentarios sarcásticos y una comprensión tan profunda e íntima que podrían crear universos con la energía que se formaba entre los dos.

Pero nada de aquello era apropiado. Nada del fuego que encendían era benigno.

Entonces, lo apagaron. Uno con un pisotón y el otro con un resoplido.

_____

Después de haberse quejado de la resaca en la mañana, Kyle se sirvió un poco de borbón en la tarde. El sol estaba bajando al horizonte, lo que indicaba que oscurecería pronto y que el faro se encendería una vez más para iluminar las aguas en la noche. Stan había estado limpiando los últimos días. Re-pintando las paredes y barriendo el interior de la casa. Pescando, cocinando y ordenando. Todo para mantener su mente distraída de las cosas que sucedían a su alrededor y las cuales no podía entender. Como los cantos de sirena que escuchaba por las noches y los cuáles se rehusaba a atender. O que el faro seguía sin dar luz sobre la pequeña casa.

O que Kyle salía, se iba y volvía a horarios irregulares e impredecibles, pero siempre borracho o con resaca. Stan se abstenía de preguntar exactamente qué hacía en el cobertizo, ni con todos los sonidos o el mal olor que provenían de aquél diminuto lugar. Lo que sí empezaba a preocuparle es su relación con la bebida. Temía que cayera en un coma de nuevo.

—¿Desde cuándo bebes? —Preguntó Stan con una escoba en la mano en lo que acababa de barrer.

Kyle le dio un largo trago a su vaso de borbón y lo puso en la mesa arrugando la nariz.

—No podría terminar este proyecto si no lo hiciera.

—Creí que odiabas cuando yo lo hacía.

Kyle se encogió de hombros. —Supongo que necesitaba encontrarme en una situación que me enseñara a agarrarle el gusto.

Stan carraspeó. —Me gustaría que dejaras ese desagradable hábito.

Sintió inmediatamente un caluroso rubor de vergüenza en sus mejillas ante tal uso de palabras. Lo hacía sonar infantil y tonto. Y la risa de Kyle confirmaba aquello.

—¿Quién eres, mi madre? —Terminó de beberse su vaso de borbón y sacudió la cabeza para después decir con voz ronca—: Tarde o temprano tú también beberás. Ya verás.

—Lo dudo.

—Haz lo que quieras, entonces.

—¿Y si me dejas ayudarte con tu proyecto? —Sugirió—. Así no tendrías que recurrir a la bebida para disipar tu estrés.

—No. —Vociferó Kyle con voz firme.

Había una rareza en sus ojos. Como miedo y ansiedad. Stan deseaba saber qué sucedía detrás de ellos. ¿Qué pasaba por su cabeza como para hacerle reaccionar así?

¿Qué era lo que hacía en el cobertizo? ¿Por qué olía mal y hacía tanto ruido? ¿Por qué la luz del faro iluminaba todos los alrededores de la isla excepto la casa? ¿Por qué las sirenas? ¿Por qué no había forma de comunicarse con nadie del mundo exterior?

Stan quería saber. Quería poder hablar con Kyle, tener conversaciones verdaderas y no las pocas palabras que intercambiaban de vez en cuando. Antes, conversaban tanto que buscaban cualquier minúscula cosa para mantener la viveza de su intercambio. Cualquier cosa. El clima, la gente, el cielo, las nubes, el campo... Todo. Era tan natural que Stan no tenía que pensarlo dos veces cuando ya estaba abriendo la boca para dejar salir lo que sea que estuviera pasando por su mente en el momento. Cuando estaba borracho era aún más intenso. Stan decía cosas que no recordaba haber dicho y Kyle no lo juzgaba por ello. No lo humillaba ni se burlaba de él. Era un protector silente.

Entonces, en esa isla desierta que amenazaba con volverlo loco cada segundo, no podían ni verse sin pensarlo dos veces. Y a Stan le dolía. ¿Cuándo se habían alejado tanto?

____

La vio en la mañana.

Era una sirena. Su rostro era pálido y su cabello era largo y negro y tenía escamas en los costados de su cuello y debajo de sus costillas. Sus ojos estaban cerrados y su pulso había cesado. Estaba muerta.

Una sensación tierna, como la empatía, se adueñó de él. Limpió la arena de su rostro con el agua del mar y peinó su cabello con los dedos, asegurándose de que estuviera limpio de todo nudo para proceder a trenzarlo. Le daba tristeza que estuviera tan sola. Que hubiese muerto una muerte tan trágica. Se merecía una digna sepultura. Por eso, Stan fue a buscar flores en los alrededores del bosque.

Se topó con Kyle a las orillas. Tenía una aguja de suturas en la mano y la ropa manchada de sangre. Stan no preguntó qué hacía. Seguramente tenía que ver con su proyecto. Algo de experimentación con animales, o lo qué sea.

Pero Kyle frunció el ceño cuando lo vio recoger algunos dientes de león y milenrama.

—¿Qué haces? ¿Vas a decorar la casa ahora?

Stan ignoró la burla en su voz. Estaba borracho, eso era seguro. —Encontré... algo...

Después de un minuto de silencio en lo que Stan formaba su humilde ramo, Kyle preguntó con hastío. —¿Y qué es ese algo?

¿Debería decirle? Stan inhaló profundamente.

—Un cadáver. Encontré el cadáver de una sirena.

Kyle tenía una expresión de determinación y seriedad en el rostro que casi lo hacía ver lúcido.

—¿Dónde? —Interpeló.

—Cerca del faro. A la orilla.

Bajó la mirada hacía sus pies. Daba vueltas de un lado a otro.

—Dios... ¡Dios! ¿Y cómo se veía? ¡Dime!

—Tenía... eh... el cabello negro y largo y... era pálida.

—¿Pálida? ¿Tenía la piel cómo?

—... ¿Blanca?

—¡La textura! ¡Textura!

—Ah, no lo sé. ¿Cómo la de una mujer? Suave. Sí suave. Sin granos y eso. —Tartamudeó.

—¿Suave?

—Sí. Tiene los ojos cerrados y...

—¡Ojos! ¡Ojos! ¡Dios! ¡¿Todavía se encuentra ahí?!

—Sí, pensaba en...

Pero antes de que Stan pudiera terminar su oración, Kyle estaba corriendo hacia la orilla de la playa. Stan corría tras él con las flores en las manos, atónito.

Los eventos que le siguieron a aquello aparecían en su mente como un borrón.

Kyle cargó al cadáver y se lo llevó al cobertizo. Stan le siguió. Abierto de par en par y llenando todo oxígeno a sus alrededores con un olor putrefacto, el cobertizo estaba lleno de tierra y sangre. Partes humanas y animales regadas en cada esquina. Kyle expresaba su júbilo en lo que estudiaba el cuerpo de la sirena.

Stan no lo podía creer. ¿Era aquello a lo que se estaba dedicando su viejo amigo? Antes de que pudiera siquiera comentar algo, Kyle le cortó la cabeza a la sirena con un hacha y Stanley se desmayó.

_____

Cuando abrió los ojos había una princesa. Una sirvienta. Un niño. Un muchacho. Un hombre. Kyle. Kyle. Kyle.

Tenía un par de tiernos ojos verdes y brillaba como el fuego. Brillaba porque él era fuego. Y las llamas que lo consumían bailaban en felices lengüetas rojizas y naranjas y amarillas. En una luz eterna y efímera. En el todo y el nada. Y él se sonreía. Él se sonreía.

Stan extendió la mano para tocarle, y tan pronto se acercó a él, el fuego cesó. Cesó y su cuerpo cayó en piezas de carbón frío. Frío, frío, frío. Hacía tanto frío. Todo estaba tan oscuro.

El olor de la putrefacción llenaba sus sentidos. Y de repente se vio rodeado por órganos de peces muertos. Colas de peces y de focas y de delfines y de sirenas. Piernas y brazos y cabezas y tetas de mujer esparcidas por el suelo en un baño de sangre. Sus manos estaban cubiertas de ella. Y no había nada que él pudiera hacer. ¿Qué podría hacer?

Podría tomar toda esta carne y hacerme una casa.

Podría comérmela.

Podría cogérmela.

_____

Cuando Stan despertó, lo primero que hizo fue vomitar junto a la cama.

Kyle corrió en seguida a la cocina y le llevó un vaso de agua purificada que Stan había hervido unos días atrás. Stan inhalaba y exhalaba con fuerza, sus pulmones contrayéndose dentro de su pecho como si hubiese pasado horas bajo agua. Sus miembros temblaban. Todo su cuerpo temblaba. Se sentía ligero y le dolía la cabeza.

Bebió del agua mientras Kyle sobaba su espalda. Kyle se veía más limpio y sobrio que horas atrás. Era de noche. Una vela a medio derretir descansaba en el chifonier, dejando ver, con claridad, la expresión preocupada en el rostro de su amigo. Stan odiaba eso. Días atrás, apenas se volvía para verle. ¿Y se pondría así justo cuando su sucio secreto sale a la luz?

Stan podía verlo. La carne cruda cortada y putrefacta esparcida por el cobertizo. Las herramientas quirúrgicas. Los ojos. Las extremidades por todos lados. La sangre. La suciedad. Los huesos...

Creyó que vomitaría otra vez. Pero no lo hizo.

—Hice la cena. —Susurró Kyle—. Sopa de langosta. Encontré unos vegetales por ahí.

Stan levantó su rostro para verle, estupefacto.

—¿Cena? —Espetó—. Kyle, ¿qué mierda fue eso que vi?

Kyle inhaló profundamente.

—Hace unos año, —empezó—, hice algo. Estaba... no lo sé. No sé qué esperaba de la facultad de medicina, pero no lo encontré. Yo quería... algo. Quería algo más de lo que me ofrecían. No quería ser cualquier médico, quería ser el médico. Quería volarles la cabeza a todos esos estúpidos profesores que no creían ni en mí ni en las palabras de filósofos, físicos, químicos y médicos que nos precedían. Cornelio Agrippa... Alberto Magno... hombres cuyo desempeño nacía del mismo origen que el mío: la insatisfacción. Estar insatisfechos con los límites de la vida y buscar siempre algo más.

—¿Cómo qué? ¿Algo como qué?

—Quería... curar la muerte.

Eso último lo dijo como en un graznido. Estaba nervioso. ¡Todavía tenía el descaro de estar nervioso!

—La muerte no puede ser curada, Kyle. No es ninguna enfermedad, para empezar. Todo lo que ilumina el sol ha de perecer algún día. Así funciona la naturaleza.

Kyle negó con la cabeza. —No, Stan. No lo entiendes. Encontré la forma. Por meses, reuní diferentes partes para hacer mi gran experimento. Mi Magnus Opus. Me metí en cementerios y osarios. Escarbé carnicerías. Coseché órganos de animales. Todo para crearlo.

Stan tragó seco. —¿Crear qué?

Había un brillo enloquecido en los ojos de Kyle. Se veía casi irreconocible para él.

—A mi Adán. —Dijo—. Esculpí un hombre con restos muertos y le di vida a través de electricidad. Y funcionó. Stan, funcionó. Está vivo.

—Dios santo, Ky...

Era demasiado lo que estaba escuchando. Sentía que, tal vez, vomitaría de nuevo. Apenas podía creer lo que escuchaba.

Kyle notó su cambio de expresión y se levantó. Stan apenas y tuvo tiempo para procesar el sonido de sus pasos caminando hacia la cocina cuando regresó con una botella de borbón y un vaso.

Stan miró la botella. Luego a Kyle.

Lo vio encogerse de hombros.

—No es bueno tomar píldoras al seco.

Stan rodó los ojos y se sirvió un vaso.

El líquido era fuerte y dulce y le provocaba un cosquilleo placentero debajo de la piel. Hacía tanto que no bebía. Y sí que le haría falta si quería escuchar a Kyle continuar su historia.

Cuando se hubo terminado su vaso, se sirvió un poco más.

—A ver, prosigue.

Kyle asintió. —Me espanté por su apariencia y el... monstruo salió corriendo. Creí que me había deshecho de él por completo. Cambié de facultad por la de psicología y aquello me agradó más. No tenía que discutir con mis profesores, y me gustaba más lo que aprendía. Le escribía a mis padres con constancia, a pesar de nunca tener dinero para organizar un viaje y verlos en persona. Habían cosas que me afligían, pero siempre mantenía mi mente distraída. Pensé en...

Hizo una pausa. Carraspeó. Stan lo miraba atentamente.

—... Pensé en escribirte... —Admitió—. Múltiples veces. Pero la vergüenza y la culpa me consumía. La pelea que tuvimos... Las cosas que dije... Todo era imperdonable. Y pensé que sería lo mejor. Que nos... separaramos.

El corazón empezó a latirle con fuerza en el pecho. Él también consideró lo mismo. Y también llegó a la misma conclusión. Lo mejor sería mantenerse alejados.

Sin embargo, ¿cuántas veces no había esperado una carta de Kyle? ¿Cuántas noches pasó en vela pensando en él? ¿En cuántas ocasiones pensaba una y otra vez en su última conversación y lo mucho que deseaba poder viajar en el tiempo y enmendar su relación?

Pensó en ir a Nueva York y confrontarlo. Pero siempre había obligaciones en casa que él debía atender.

—Y me estaba volviendo loco. —Confesó de repente—. El aislamiento. La soledad. Me estaban volviendo loco. Ahora lo sé, Stan. Toda esa insatisfacción nacía de no poder estar contigo. No poder conversar contigo. No poder dormir a tu lado. El límite de la vida que realmente deseaba sobrepasar era aquel que me privaba de estar a tu lado.

—Ky...

Kyle apretó los ojos con fuerza y se aclaró el nudo de la garganta.

—Hace unos meses, esa cosa volvió. —Continuó—. Para hacer la historia corta, me pidió que le hiciera una... compañera... Dios...

Se dio una pausa para procesar sus palabras. Con el rostro contraído en una expresión de repulsión.

Stan bebió su segundo vaso de borbón.

—Así que... ¿estás haciendo lo mismo... otra vez?

Kyle asintió lentamente.

—Dios, Ky...

—Me estoy volviendo loco. —Dijo con la voz perturbada—. Vine hasta acá para estar lo más lejos posible. Para poder realizar este sucio proyecto sin interrupciones. Estuve buscando... partes... durante todo mi viaje. Encontré una cadera y una pierna. Escuché que habían sirenas a las orillas de esta playa. Los diarios de los fareros que trabajaron aquí antes decían lo mismo. Sirenas. Especímenes hermosos y etéreos que cautivan a los hombres con su bello canto. Yo las buscaba obsesivamente. Sabía que serían perfectas para mi proyecto, pero...

—¿Pero...?

Kyle cerró los ojos. —... No eran nada como se les describía. Tenían el cabello hecho de algas y la cara cubierta de cirrípedos. Percebes, balanus y anatifas. Parásitos y corales. Todos estos meses he intentado destapar sus rostros, brazos y sus pechos de todos esos animales, pero no tienen rostro. No tienen nada. Son extrañas... —Explicó—. ¡Pero tú encontraste una normal! ¡Un rostro y unos brazos y un abdomen! ¡Ah, Stan, por fin seré libre!

—¿Libre? ¿Acaso no eras libre de negarte a hacer tal cosa?

Kyle negó con la cabeza. —Nunca.

—¿Por qué?

—Porque esa cosa amenazó con matarnos a todos. A mis padres, a mi hermano, a ti, a tu familia...

Stan sintió un hueco desagradable en el estómago repentinamente. Se sirvió otro vaso de licor y bebió.

—¿Por qué no probamos esa sopa que hiciste?

____

Una hora y media después, los dos estaban más borrachos que una cuba. Después de haberse llenado de sopa de langosta, empezaron a hablar y a reír. Había una cierta comodidad parecida a lo que tenían antes, o algo así sintió Stan. Ya que Kyle se había abierto hacia él emocionalmente, la división sentimental entre ellos era inexistente. Volvieron a ser los de antes. Stan y Kyle. Kyle y Stan. Juntos contra el mundo entero.

Empezaron a reír y a reír y a reír. A hablar de tonterías. A gritar y a aullar. Empezaron a jugar con las sillas y con las sábanas en una locura divina inducida por el alcohol. Nada tenía sentido entonces. Nada importaba.

Stan reflexionó en las semanas de su estadía y las comparó con ese momento. ¿Acaso no era eso lo que estaba buscando? Tal vez sí. Tal vez eso quería. Que el mundo a su alrededor y sus obligaciones se deshicieran en una nube alegre de éxtasis y frenesí.

Se hallaban sudados y sin aliento, echados en el sofá, agitando su segunda botella de borbón compartida por los aires, cuando Kyle empezó a enseñarle a Stan una canción marinera.

When I was just a little lad or so me mammy told me —Balbuceaba Kyle—... Away, haul away! We'll haul away, Joe!

Stan intentó repetirle entre risas y melodías arrastradas.

That if I did not kiss the girls, me lips would grow all moldy. Away, haul away! We'll haul away, Joe!

Stan repitió aquel verso y ambos estallaron en risas.

_____

Farewell and adieu to you, Spanish ladies!

Farewell and adieu to you, ladies of Spain!

For we have received orders

For sail to Old England

And never to see you fair ladies again

Cantaban y cantaban y bebían y bebían y bailaban y bailaban. Sus voces se volvían inteligibles en la maraña de balbuceos que salían de sus bocas. Saltaban, daban pisotones, y corrían por la casa con las manos y los brazos entrelazados.

Stan bebió y bebió y bebió. Se había bañado en alcohol y saliva.

Se sentía vivo por primera vez en mucho tiempo. Eufórico. Desenfrenado.

_____

Cuando hubo bajado la adrenalina y la emoción, Kyle descansaba en su hombro, entrelazando sus brazos alrededor de su espalda. Stan hacía lo mismo, con un brazo por sobre los hombros de su amigo y el otro acariciando la mano que descansaba por sobre su abdomen. Lo hacían de forma inconsciente. Como segunda naturaleza. Instinto. Como si siempre hubieran estado destinados a terminar así.

Y así era, ¿no? ¿Quién era Stan sin Kyle? ¿Quién era Kyle sin Stan? Si habían pasado unos pocos años separados el uno del otro y ya se encontraban perdidos. Desorientados. Kyle obsesionándose con proyectos mórbidos y Stan sacrificando su libertad para los negocios de su padre. El señor Testaburger era un hombre de dinero, y su negocio como comerciante le llevaría ilimitada prosperidad a la granja de los Marsh, la cual orillaba la quiebra. Stan amaba a Wendy, pero no estaba enamorado de ella. Y le tomó un mes de deterioro mental para darse cuenta de eso.

Swing low, sweet chariot... Coming for to carry me home... —Cantaba Kyle en voz baja y tierna, acurrucándose junto a Stan—. Swing low, sweet chariot... Coming for to carry me home...

Stan cerró los ojos y se dejó arrullar por la voz de Kyle. Se sentía ligero. Cómo si tuviera la mente llena de algodón.

—Agradezco que hayas hecho la comida hoy. —Admitió repentinamente. Dejando su boca formar las palabras antes que su mente.

—De nada.

—¿De dónde sacaste las langostas?

—Las pesqué yo.

—¿Ah sí? Porque todo lo que pesco yo es pescado y cangrejos pequeños.

Kyle dejó salir una risita. —Tienes que... pescar bien... profundo.

—Ya veo.

—Sí.

—Lo tendré en cuenta.

—Ojalá. Al menos para que dejemos de comer ese maldito pescado de mierda.

Stan frunció el ceño y miró a Kyle, quien tenía una sonrisa poco lúcida en el rostro.

—¿No te gusta mi pescado?

Kyle soltó un bufido.

—¿A quién le podría gustar tu maldito pescado salado?

La sorpresa y el dolor dentro de Stan eran tan agudos que sintió la lucidez volver a él por un momento antes de alejarse un poco de Kyle y que el mundo empezara a dar vueltas.

—No hablas en serio, ¡estás borracho!

—¿Qué? —Vociferó Kyle.

—¿Qué?

—¡¿Qué?!

—¡¿Qué?!

—¡Qué!

—¡¡¡Qué!!!

Stan sentía como una llama dentro de él se incendiaba. Echando chispas con el alcohol que corría en sus venas. Se levantó abruptamente del sofá y señaló a Kyle con un dedo.

—¡A ti nunca te gusta una mierda!

Kyle se levantó y le miró frente a frente.

—¡Ha de ser que tú tienes mucho qué ofrecerme!

—¡Nunca estás contento con nada! ¡Todo te disgusta! ¡Por eso terminaste aquí, solo! ¡Pero ni la soledad te gusta!

—¡Vete a la putísima mierda, Stan!

—¡¿Y qué vas a hacerme, eh?! ¡Te estoy diciendo la verdad!

—¡¿Y tú?! ¡No tienes agallas! ¡¿Por qué te vas a casar con Wendy, eh?! ¡Dime!

El alcohol que nublaba su mente hizo que aquello se sintiera físico. Como un bofetón en el rostro.

—Kyle. —Escupió.

—¡No! —Chilló su amigo con ojos enloquecidos—. ¡Dime!

Stan no respondió de inmediato. Las palabras se hacían difíciles de procesar en aquel momento. Le cosquilleaba la piel. Le picaban las rodillas.

Su silencio no hizo más que enfurecer a Kyle, quien lo empujó de un golpe en el pecho.

—¡Dime!

Stan se aclaró la garganta, intentando deshacer el nudo que se había formado ahí sin nada de éxito.

—Porque la amo. —Tartamudeó.

Kyle dejó salir una carcajada estruendosa y desagradable.

—No, Stan. Tú no amas a Wendy. —Acusó Kyle—. Amas que te guíen, por qué no sabes hacer una mierda por tu cuenta. Siempre siguiendo las sugerencias de mami y papi porque no sabes qué carajo hacer con tu vida y quieres que yo sea igual que tú.

Kyle se acercaba peligrosamente a su rostro con aires acusatorios. Stan podía verlo todo con un nudo en la garganta. Cada peca y vello cobrizo.

—¿Acaso no estás aquí por eso mismo? ¿Porque te dieron órdenes y tú las acudiste como el perro que eres?

Stan parpadeó las pequeñas lágrimas que amenazaban salir de sus ojos.

—Estás siendo cruel.

—No mereces mi generosidad.

La voz de Kyle se quebraba. Él también estaba al borde de las lágrimas. Ceño fruncido y la nariz arrugada.

Stan entrecerró los ojos y erigió su pose.

—¿Y tú? ¿De verdad crees que sabes lo que quieres? ¿De verdad crees que sabes dónde estás parado? —Vociferó con mordacidad.

Kyle abrió los ojos con demasía y se echó para atrás en lo que Stan le acorralaba.

—Siempre quisiste llevar la contraria. Ignorando tus responsabilidades en casa. ¿Y a dónde te llevó eso? ¿Eh? ¿Dime Kyle, dónde estás?

—Vete al carajo, Stan. —Escupió con una voz temblorosa y llena de desdén. Ya no podía retener las lágrimas.

La parte trasera de las rodillas de Kyle dieron con el sofá, y Stan le empujó, acorralándolo y apricionándolo de las muñecas.

La furia y la adrenalina se apoderaba de él. Si Kyle quería lastimarle, entonces él lo haría también. Si Kyle quería gritar, Stan gritaría más fuerte. Y ambos se destruirían juntos. Ambos terminarían hechos cenizas en esa isla abandonada por Dios.

—Estás solo, atrapado en esta isla en medio de la nada, perseguido por una bestia que tú mismo creaste. Prisionero de un monstruo al que tú mismo le diste rostro. —Escupió a centímetros de su rostro con voz agitada mientras lo tomaba de las manos.

—Cállate, Stan... —Tartamudeó.

—No sabes qué hacer con tu vida. Estás tan perdido tanto como yo y no lo aceptas. No lo aceptas.

La respiración de ambos se hacía más densa. Entremezcladas la una con la otra como resultado de su cercanía. Kyle gimoteaba y jadeaba debajo de él, sus ojos enfocados fijamente en Stan sobre él. Por primera vez, vio algo parecido a la vulnerabilidad en su rostro, y Stan sentía su pulso salir disparado y su corazón hundirse al mismo tiempo.

¿Hasta dónde habían llegado? ¿Acaso todo fue escrito para llevarlos a ese momento? ¿A esa cercanía, a esa adrenalina y ese calor y todas esas emociones vehementes dentro de ellos que no sabían cómo expresar?

—Stan. —Pronunció Kyle en un jadeó. Y Stan atrapó su boca con la suya.

____

Múltiples veces se imaginó aquella situación.

En la oscuridad de su cuarto, a la orilla de la pubertad, donde sólo estaban él y sus pensamientos y una mano degenerada dentro de su ropa interior. Las fantasías eran las mismas. En su cama. En el bosque, escondidos contra un árbol. En la sala de estudio. En un rincón de su casa. En el teatro, tal vez. En cualquier lugar. Kyle siempre se veía igual. La piel enrojecida, los ojos cerrados, el ceño fruncido y la boca entreabierta, rogando más y más entre gemidos y jadeos. Cada vez que Stan terminaba ese obsceno ritual, volvía a sí mismo y se sentía como la persona más terrible del mundo.

Pero había gentileza, a pesar de todo, en sus fantasías. Habían toqueteos traviesos y un satisfactorio deseo mutuo. Mordiscos sugerentes en los labios y en el cuello. Sonrisas juguetonas. Risitas cómplices.

Nunca se imaginó la desesperación que realmente habría.

Kyle se aferra a sus hombros como si intentara meterse dentro de su piel. Clavaba sus uñas en su espalda y arañaba. Pedía más, más y más. Más profundo. Más rápido. Más caliente. Más agitado. Más doloroso. Más, más, más.

El cuerpo de Stan tenía mordiscos por todos lados. Su cuello, su clavícula, su pecho. Kyle no podía mantener su boca alejada de él. Estaba desesperado. Balbuceante. Implorando que Stan lo tocara. Que sus pieles se derritieran la una con la otra. Que mordiera su cuello y le arrancara la garganta. Que metiera su mano en su pecho y apretujara su corazón. Sentir la sangre escurrir de sus entrallas y mancharlos los dos. Quería morir en sus brazos.

Y Stan, nublado por el éxtasis, compartía su desesperación. Arremetía contra Kyle como un sabueso en celo. Con la fuerza y urgencia animalística de una bestia necesitada. Kyle lloriqueaba debajo de él, y Stan sentía que se volvería loco.

—Por favor no te cases con Wendy... —Gimoteó Kyle en un tono lastimero. El aire de sus pulmones empujado por las fuertes embestidas de Stan—. Por favor, por favor, por favor, por favor, por favor... no te cases con Wendy... por favor, por favor, por favor.

Stan soltó un gemido y besó a Kyle de nuevo. Kyle tembló y aceptó el beso con un lloriqueo, profundizándolo con más urgencia.

—Por favor, Stan... Stan... Stan... por favor. Sé mío. Seamos del uno y el otro. Por favor... por favor...

Stan sabía que no se encontraba en el estado correcto para tomar esa decisión. Y Kyle tampoco, para hacer esas peticiones.

Pero, ¿qué existía más que eso? ¿qué mundo había más allá de sus pieles? Todo era tan simple y tan claro. Siempre debieron terminar así.

Las miradas anhelantes... las conversaciones... las noches durmiendo junto al otro... arrullados por su mutua respiración...

Sí. Sí. Sus destinos yacían en los brazos del otro.

—Sí Ky... —Jadeó a duras penas, acunando el rostro de su amado—... Tuyo... tuyo... tuyo...

Kyle lo jaló de nuevo hacia él y lo volvió a besar. Stan aceleró el ritmo de sus embestidas. La cama debajo de ellos amenazaba con romperse pero no importaba. Ya nada más importaba que el calor del otro.

El hombre debajo de Stan lo miraba con ojos de amor. Con un brillo intoxicado de devoción y adoración.

—Desearía... —Balbuceó—... poder hacer un agujero en tu abdomen... y penetrarlo... así yo podría estar dentro de ti... como tú estás dentro de mí... y así estaríamos conectados al mismo tiempo... Cómo dos piezas de un rompecabezas...

_____

Las endorfinas los habían convertido en personas nuevas. Después del orgasmo, se acostaron desnudos en la cama, y se dejaron ser. Kyle se acurrucaba en el cuello de Stan y dejaba que éste lo acariciara y lo besara. Rozaban sus rostros con el otro en una nube de paz y un par de mentes más limpias.

El silencio entre los dos cesó de ser incómodo, volviéndose ameno en compañía. Tenían la mente en blanco y sólo sentían. Sentían la piel contra piel. Sus brazos apretujados. Sus narices rozándose. Besos flojos en sus cuellos. En sus clavículas. En sus hombros. En sus abdómenes.

—Se parece a ti, ¿sabes?

Stan estaba al borde del sueño. La mente nublada y el cuerpo agotado.

—¿Mhm?

—El... la cosa. Lo que hice. El hombre o... lo que sea. El monstruo. Creatura. —Explicó—. Quise esto por tanto tiempo que te buscaba en todos lados. Y como no te encontré, te construí.

Stan estaba demasiado cansado como para verse escandalizado por aquella confesión. A ese punto, ¿podría cualquier cosa espantarle? Ya sabía lo que Kyle había hecho, y aún así lo aceptó. Le abrió los brazos y dejó que se ocultara en su pecho.

Por eso mismo plantó un beso en la coronilla de su cabeza y acarició su espalda.

Kyle continuó. —A veces... tocar todas esas partes... eran como tocarte a ti...

Se miraron a los ojos. Un mar azul y un prado verde en una tarde nublada. La mente de Stan estaba casi vacía. Sin molestar. Pero, ¿qué abrumaba tanto a Kyle como para empezar a hablar de todo aquello?

Kyle llevó sus dedos a los labios de su amado y los acarició con cuidadoso tacto. Sus pómulos. Sus mejillas. La punta de su nariz...

—Tú no eres real ¿Verdad? —Preguntó en un susurro.

Stan se sorprendió de verdad ante aquella acusación y frunció el ceño.

—¿Por qué dices eso?

Kyle se lamió los labios y lo miró.

—No eres real. No estás aquí. Eres un producto de mi imaginación. Por eso me besas y me tocas como siempre he querido. Porque voy a morir pronto. Esa cosa va a venir y me va a matar y va a tener tus ojos porque los busqué. Estuve semanas buscándolos para que se pareciera a ti. Para que fueras tú. —Explicó—. Busqué brazos como los tuyos. Cabello como el tuyo. Labios como los tuyos. Hombros, muslos, cuello, piernas, abdomen... Todo igual a ti. Todo tan tuyo. Y tus ojos. Azules como un cielo de primavera que me verán fijamente mientras me matan lenta y dolorosamente. Y estos momentos contigo habrán sido mi último atisbo de felicidad. Ni siquiera eso me merezco.

Stan abrazó a Kyle. Enterró su rostro en su pecho y acarició su cabello. Arreboles rizados que se escabullían entre sus dedos. Kyle dejó salir un jadeo entrecortado, como si estuviera llorando.

—Tengo miedo. Tengo tanto miedo Stan. Tanto, tanto, tanto miedo. No quiero perderte. No quiero perderme. No quiero perder a nadie.

—No vas a perderme. No vas a perder a nadie. Volveremos a casa, y se sentirá como un hogar porque estaremos juntos. Te lo prometo.

Kyle levantó la mirada con ojos llorosos y cerró los ojos para dejarse llevar por el tacto de Stan en su mejilla.

—Él está aquí. —Espetó.

—¿Qué?

—Él está aquí. En el faro. Iluminará la casa cuando... cuando venga por mí.

Stan se sentía sobrio por primera vez en toda la noche, y la preocupación se apoderó de él repentinamente.

—Ky...

Extendió su brazo para atraparlo en un abrazo de nuevo. Y Kyle se dejó llevar.

_____

Una luz refulgente ilumina la habitación con la intensidad de mil soles.

Kyle Broflovski se despierta sin aliento con un jadeo sorprendido y el corazón acelerado.

Está solo.

La luz del faro lo ilumina directamente.

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