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miércoles, 12 de marzo de 2025

Control - Krisnix/Kirinaru +18

 ¿Por cuánto tiempo podemos seguir jugando así?

Estoy cansado, cansado de no amarte.
Mi corazón quiere sostenerte
Pero conozco las reglas
-Eric, Mitski

______________________________________

Había algo en Kristoph que le hacía sentir extrañamente joven.

Phoenix quería dar una justificación vaga a ese hecho que descubrió hace poco, en uno de esos encuentros suyos, mientras se sumergía en sus propios pensamientos accidentalmente. Aunque no quería estimular tanto la idea, pues de por sí era algo rara; ¿Cómo podía un hombre, apenas un año menor que él, hacerlo sentir más joven de lo que realmente era? Por lo tanto, la primera explicación vaga la sacó de la naturaleza clandestina de sus encuentros en la guarida del Borscht Bowl. Esa guarida pequeña, claustrofóbica, que se dio a conocer por las reuniones de inmigrantes mafiosos de Europa del Este discutiendo negocios ocultos de los ojos siempre atentos de la ley, ahora reducida únicamente a un espacio para jugar póquer y beber vino barato o vodka artesanal. Cuando Phoenix y Kristoph terminaban de comer—En la misma mesa de siempre, esa que está junto al piano—se escabullían, joviales, como dos adolescentes rebeldes dispuestos a hacer travesuras detrás de las espaldas de sus escandalizados padres. Pero ni Kristoph ni él eran adolescentes, y nadie tenía la necesidad de escandalizarse por dos hombres adultos entrando a un cuarto oscuro a hacer lo qué sea que quisieran hacer. De todas formas, Phoenix nunca fue uno de esos adolescentes rebeldes; él y su madre iban codo a codo, nunca le ocultó nada, ni siquiera su sexualidad, y sabía que Kristoph tampoco había sido un adolescente especialmente rebelde… por más que lo hubiese querido.

La otra conclusión a la que llegó fue que tenía que ver con la apariencia de Kristoph en comparación a la suya. Kristoph siempre se veía más limpio, más ordenado, mientras que él era incapaz de dejar ir esa sudadera gris y ese gorrito celeste tejido a mano por su dulce hijita. Era vergonzoso, realmente, decir que su amante era aquel Adonis de piel tersa y largo cabello áureo mientras que él se encogía de hombros luciendo ropa andrajosa y una barba de tres días. Entonces, cuando tenían sexo, la piel aterciopelada de aquel hombre se sentía incorrecta contra sus manos callosas y sus labios agrietados contra aquellos suaves y carnosos lo hacían sentir diez años más joven. Phoenix tiene el vago recuerdo de haberse acostado con una muchacha parecida a Kristoph alguna vez mientras estaba en la universidad, y tal vez era ese parecido ambiguo lo que provocaba una reacción pavloviana en él. Esa justificación debía de ser suficiente, y su conflicto mental debió de haber cesado en ese momento. Pero no, había algo más, otra justificación…

Y se dio cuenta. Esa noche, en ese momento. Con el cuerpo de Gavin sobre el suyo y su propia ropa esparcida por el suelo.

Kristoph estaba completamente vestido, obviamente; con su distintivo traje violáceo y su camisa blanca abotonada; los lentes ovalados aún colgando de sus orejas y ni un sólo cabello fuera de lugar. Phoenix, por otro lado, estaba abierto de piernas en su propia cama contra la cabecera. Su musculosa blanca y su sudadera gris en algún lugar del suelo. Kristoph tenía sus piernas a ambos lados de su cuerpo y se inclinaba sobre su rostro para besarlo apasionadamente. Por otro lado, Phoenix buscaba con ansías la curvatura de su cintura por encima de su pulcro saco color lavanda, anhelando tocarlo.

Pero Kristoph no le permitió ese lujo, como suponía que no lo haría. Se separó del beso y presionó su pecho con una mano para mantenerlo en su lugar. Mientras Phoenix jadeaba irregularmente—sintiendo el calor del ambiente sofocarlo—Kristoph parecía reprimir los jadeos que querían salir de sus labios. Siempre era así en la hora del sexo: controlado y reservado incluso en la intimidad. Lo que en otras parejas habían sido gemidos, jadeos y suspiros audibles, del rubio sólo recibía algún que otro jadeo—cuando tenía el afán de no reprimirlos—y algún que otro suspiro. No había conocido a una pareja tan moderada desde…

Kristoph había metido una mano en sus pantalones deportivos, sacando su dolorosa erección de sus bóxers e interrumpiendo todo su tren de pensamiento. Phoenix sentía como si se derritiera debajo de su tacto; sus manos eran tan suaves, y sabían justo donde tocarle y cómo hacerlo para hacerle perder la cabeza.

—Estás pensando demasiado. —Rompió el silencio aquella voz gruesa y sedosa con un ligero acento alemán que también intentaba controlar.

Phoenix cortó un jadeo cuando Kristoph empezó a hacer círculos en la punta de su miembro con su bronceado pulgar.

—Deja de hacerlo.

—Mira quién habla…

Kristoph no contestó; en su lugar, continúo sus movimientos. La manera en la que la mano del rubio se deslizaba por su extensión era similar al deslizar de sus palabras. Similar a la manera en la que hablaba en el tribunal, con esos manerismos sobrios y su idiolecto mesurado. Lo masturbaba con la misma rigidez con la que hacía cualquier otra cosa. Una rigidez que no parecía querer abandonarlo nunca, ni siquiera en un momento así.

Pero Phoenix ansiaba su tacto como un drogadicto ansiaba un narcótico. Sacudía hacia arriba la pelvis con movimientos presurosos, buscando más de esa sensación.

—Puedes… puedes usar la boca… —Balbuceó en un atisbo de poca lucidez.

—¿Eso hubiese hecho él?

Como un balde de agua fría, Phoenix volvió en sí mismo, y abrió los ojos con una sobriedad que no sabía que quedaba en él. Los ojos azules de Kristoph encontraron los suyos, y tanto el azul como el café intentaban descifrar lo que había detrás del otro. Phoenix no lograba compenetrar por completo la mente de Kristoph, mientras qué él siempre parecía saber lo que pasaba en la mente de Phoenix.

La tercera justificación que le dio a lo rejuvenecido que le hacía sentir acostarse con Kristoph era que acostarse con él siempre le recordaba a la primera vez que se acostó con Miles Edgeworth, hace cinco años aproximadamente.

Phoenix tenía veinticinco en ese momento, y Miles había regresado de Europa. Fue después del caso de Matt Engarde, un día que había visitado directamente al fiscal en su propia oficina para echarle en cara lo adolorido, furioso, confundido y, a la vez, aliviado que estaba por su regreso. Phoenix pasó un año entero creyendo que Edgeworth estaba muerto, e incluso llegó a cuestionarse su carrera como abogado. No estaba recibiendo clientes con la misma constancia de antes—Maggey Byrde había sido la primera en todo el año y porque Gumshoe lo amenazó con darle un puñetazo si no lo tomaba. El detective no parecía del tipo de irse a los golpes en serio, pero Phoenix no quería jugar con su suerte—y apenas y salía de su departamento al bufete, más por compromiso que por otra cosa. Entonces, cuando llegó al último piso de la fiscalía, fue transparente, e hizo lo que mejor hacía: hablar y hablar sin parar. Pero también era lo que Edgeworth mejor hacía, por lo que lo que pudo haber sido una conversación prudente entre dos adultos fue agarrando gravedad y terminó en una discusión. En medio del calor de la situación, Miles le confesó lo que sentía sin pensarlo dos veces. Después de una pausa incómoda en la que parecían querer procesar lo que había sucedido a sus propias maneras—ya sea con vergüenza o sorpresa—, se besaron con vehemencia, con la urgencia que llevaba años cosquilleando debajo de sus pieles sin ellos saberlo. Luego, una cosa llevó a la otra y Phoenix terminó embistiéndole contra el escritorio.

De esa vez nacieron muchas otras por más de un año; pero Phoenix nunca olvidaría la rigidez en los músculos de Miles la primera vez que se acostaron, ni su dificultad para perder el control. Así como Kristoph en todas las ocasiones que se habían acostado.

—A mí no me hace falta usar la boca.

Y cuánta razón tenía, Dios bendito…

Phoenix echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido sonoro desde lo más profundo de su garganta al ser estimulado por tan precioso tacto. Pensó en las palabras de Kristoph y casi soltaba una carcajada.

Era hilarante, verdaderamente, la manera en la que Miles Edgeworth, aún estando en la hacienda de Von Karma en Berlín, se encontraba latente en sus sábanas; presente en la mente de ambos hombres como un fantasma.

Hacía poco había aterrizado en Los Ángeles para un caso por el cuál la fiscalía le exigía ayuda, y él no pudo hacer más que aceptarlo. De paso, se dio la libertad de conocer a Trucy, sorprendido por la noticia de que su viejo amigo, Phoenix Wright, era un padre. Después de haber terminado el caso, se quedó unos días más, haciéndoles compañía, y sólo entonces Phoenix se había dado cuenta de la falta que le hacía el otro hombre. Cuando paseaba por su departamento en la mañana, preparándose una taza de té mientras Trucy conversaba con él animosamente, momentos antes de percatarse de la presencia de Phoenix y que la niña le abrazara de la cintura mientras Miles los miraba con cariño. Se dio cuenta de que esa rutina era la que quería todos los días, sólo con algo más. Despertar junto a él todos los días, que su boca sea el primer sabor que prueba en la mañana, ir en su auto a dejar a Trucy en la escuela, salir a comer luego de su jornada de trabajo y volver a casa a ver televisión en familia una hora antes de dormir. No quería nada más que aquello; ¿Acaso era demasiado ambicioso añorar la comodidad doméstica que le brindaba compartir su vida junto a Miles Edgeworth? Su corazón sollozaba adolorido por el otro. No sabía cuánto lo amaba realmente. Cuánto seguía amándolo.

Y Miles también parecía amarlo; si es que esas miradas anhelantes que compartían en silencio de vez en cuando significaban algo… pero tal vez ya era muy tarde. Phoenix ya no era el hombre que fue la última vez que se vieron, y no estaba seguro de que Miles llegaría a amar al hombre que era ahora. Tal vez llegó a amar al hombre que fue, y ambos fueron demasiado tontos para notarlo.

Así de decepcionante era la verdad. Y tenía que asumirla.

En el tiempo que compartieron, presentó a Edgeworth con Gavin una única vez. Estaban en el Borscht Bowl, Phoenix y Miles comían en la mesa junto al piano, y Kristoph llegó sin previo aviso. Parecían haber escuchado del otro antes pero nunca se habían visto en persona. Se saludaron gustosos, cordiales y sonrientes, aunque Phoenix podía notar la mordacidad momentánea en el tono de voz del otro. No había entendido el porqué, hasta ese momento.

La noche antes de partir a Alemania de nuevo, Edgeworth cenó con él y con Trucy en su departamento, olvidándose un saco de cachemira vinotinto de esos que parecía coleccionar colgado en el perchero. Por lo que, aquella tarde, cuando Trucy estaba en la aldea Kur'ain para acompañar hacer tarea de la escuela con Pearl, Kristoph le visitó. Se percató de la prenda y perdió los estribos, lanzándosele encima como una bestia. Y por esa misma razón estaba en su cama justo ahora, retorciéndose bajo su tacto.

Se removía como loco, meciendo sus caderas contra la mano del abogado ansioso por más de esa sensación. Quería que lo tocara. Quería tocarlo. Dios, como deseaba arruinarlo. Quería, más que nada en el mundo, hacer que Kristoph perdiera el control debajo de él; escucharlo soltarse como nunca se había soltado en los años que llevan de esa relación tan clandestina. Quería ver su rostro enrojecido y sentir su piel caliente en lo que apretaba su mano contra su espalda para mantenerlo en su lugar mientras lo embestía por detrás. Ver su cabello blondo y largo esparcido por las sábanas y sus lentes ovalados torcidos en su rostro. Dios, quería ver esos ojos azules anubarrados por la lujuria mirarlo de soslayo con el ceño fruncido. Escuchar su voz ronca lloriquear cuánto le gustaba, suplicar por más.

Sin embargo, no podía darse ese lujo. Kristoph parecía dispuesto únicamente a masturbarlo con sus manos humectadas con anterioridad. Tal vez eso era lo que le causaba placer; ver como Phoenix se retorcía debajo de su tacto. Pero no era suficiente. Nunca lo sería.

Seguía bombeando su miembro con rigidez a medida que Phoenix sentía su mente enturbiar con lujuria. De la punta sacó una gota de presemen que usó para humedecer su cabeza, provocando que Phoenix se retorciera. Sentía que su orgasmo se acercaba. Lo anticipaba.

Era gracioso ver a Kristoph así. La mayoría del tiempo era Phoenix quien daba el primer paso, y en los años que llevan conociéndose nunca se le pasó por la cabeza el concepto de Kristoph Gavin como un hombre celoso. Sin embargo, ahí estaba: con su mano alrededor de su verga, moviéndose con rígida rapidez, mirándolo fijamente con ojos azules nublados por el deseo, la adrenalina, y la necesidad de poseer. De poseerlo a él.

¿Poseer a Phoenix? ¿Al hombre de treinta años con una hija que estaba desempleado?

Una vez más, fue sacado de sus pensamientos. El rostro de Kristoph estaba peligrosamente cerca del suyo y su mano había acelerado con sus movimientos. Phoenix soltó un gemido ronco.

—Deja de pensar. —El susurro cayó de los labios del rubio a su oído como un pecado. Como una amenaza—. Concéntrate en mí, sólo en mí. No necesitas pensar en nadie más ¿Verdad que no, liebling? ¿Te gusta como te toco? ¿Se siente bien? ¿Quieres que te dé más? ¿Que te monte? ¿Que te deje cogerme tan duro que la cabecera de la cama se rompa contra la pared? ¿Eso quieres? ¿Quieres ser mío? ¿Quieres que sea tuyo?

Sí, sí, sí, sí…

Aquellos no eran más que balbuceos que a veces se hacían incomprensibles por lo quedito y por su marcado acento alemán. Pero Dios… Era suficiente para que Phoenix se derritiera en el colchón y se corriera en la mano de Kristoph. El susodicho se irguió sobre él y examinó la escena ante sus ojos: Phoenix con la cinturilla de su pantalón de pijama enrollada hasta la mitad del muslo y su torso desnudo manchado con su propio semen. Sonrosado, con la mirada perdida, con la respiración agitada y el cabello deshecho, mientras que Kristoph aún seguía impecable, apenas y un poco sonrojado por el calor; no había ni un sólo cabello rubio fuera de lugar.

—Adecuado. —Dijo sin más, y se limpió los restos de semen de la mano en las sábanas blancas.

Normalmente, la acción acabaría ahí; era demasiado común que Kristoph lo dejara deseando más después de un orgasmo, y ésta no parecía ser la excepción. Excepto que, cuando estuvo dispuesto a levantarse de la cama e irse, Phoenix se incorporó y lo tomó de la muñeca.

Los helados ojos azules del alemán penetraron aquellos embotados ojos marrones con asombro, desconcierto, y algo más.

—Bésame. —Pidió Phoenix sin aliento.

Kristoph sonreiría con su semblante presumido de siempre. Se libraría del agarre del otro hombre en su muñeca, se levantaría y se iría sin más, luciendo justo como había llegado: impecable. Pero no hizo eso. Se quedó ahí, considerando la petición de Wright.

Phoenix inhaló profundamente por la nariz, sus labios apretados, su mano libre aferrada a las sábanas, pero sus ojos nunca se apartaron de Gavin. Ni por un instante.

—Bésame. —Repitió en un tono mucho más urgente. Su corazón latía desbocado contra su pecho.

No sería la primera vez que se besaban, sin embargo, por alguna razón, aquel posible beso parecía mucho más importante que los anteriores. Phoenix solía pedir cosas así durantes sus encuentros: Besos, toqueteos y muestras de atención de cualquier otro tipo, mas Kristoph nunca consentía sus deseos; de hacerlo, sería darle demasiado poder, y eso era lo que él no quería. Esa vez era diferente. Porque esa vez Kristoph no se levantó de la cama y dejó su departamento sin decir palabra. Esa vez Kristoph bajó su oscurecida mirada hacia la comisura de los labios del hombre frente a él. Y Phoenix sentía que se quedaría sin oxígeno muy pronto.

Con su característica rigidez, Kristoph se acercó lentamente a su rostro. Phoenix cerró los ojos y anticipó la siguiente acción

El beso fue pequeño, diminuto, minúsculo. Un leve roce entre sus labios. Kristoph no se movía como solía hacerlo con sus otros besos, si no que se quedaba estático y yerto contra la boca ajena. Phoenix fue quien los llevó al siguiente paso; empujando su boca hacia la contraria con hambre y enterrando sus manos en el cabello del otro hombre.

Kristoph se sentó sobre su regazo y Phoenix entrecortó un gemido al sentir la tela de su entrepierna  rozar su propio miembro desnudo y aún erecto.

Se llevó una mano a la cintura ajena y sintió como se tensaba debajo de su tacto, y no sólo era su cintura. Estaba tenso, yerto como un vegetal, y Phoenix no sabía porqué y, al mismo tiempo, no podía dejar de evocar una piel pálida debajo de la suya bronceada teniendo esas mismas reacciones. Queriendo lo mismo de él. No paraba de acordarse de Edgeworth.

Acercó su rostro al hueco entre el hombro y cuello del abogado, inhalando la colonia impregnada en su traje. Éste era Kristoph Gavin. No es malo, simplemente necesita de alguien. Necesita que alguien lo saque de la oscuridad en la que está metido. Y Phoenix está más que dispuesto a ser ese alguien. Así como lo fue una vez para Edgeworth hace ya muchos años.

—Deja de pensar. —Susurró contra su oreja en un tono suave y acogedor. Sintió como se sobresaltó en su regazo.

Procedió a desabrochar su saco para luego empezar con la camisa blanca. Kristoph temblaba debajo de su tacto, como si su cerebro estuviera buscando la manera en la que debía de reaccionar, usando todas al mismo tiempo. Phoenix se removió para besar su abdomen desnudo, mirando aquellos ojos azules fijamente desde abajo.

Fue subiendo hasta llegar a su cuello, perfilando con sus labios su nuez de Adán y descansando su rostro en sus hombros.

—Concéntrate en mí. —Pidió nuevamente en un susurro.

—Eso intento, Wright. —Tartamudeó Kristoph sin respiración—. No soy… bueno… perdiendo el control.

Phoenix soltó un bufido contra su piel desnuda.

—No me digas…

Escuchó como el rubio chasqueó la lengua sobre él.

—Estoy hablando en serio, Phoenix.

—Yo también.

—No parece. Te estás riendo de mí.

—Yo nunca me reiría de ti.

—Sí lo harías. Lo acabas de hacer

—No es eso, Kris. —Empezó de nuevo el camino de besos por la curvatura de su hombro. Y ahora acompañaba tal acción con la de sus manos en el pecho ajeno; sus dedos jugueteando con sus pezones o perfilando las cicatrices de sus pectorales—. Estoy maravillado. Eres maravilloso, Kristoph, de verdad. Estoy loco por aprender más de ti, por hacerte perder el control, por ver cómo te deshaces en mis manos; ¿Me lo permites? ¿Me permites compartir este placer contigo?

Kristoph apretó los labios y se tragó un gemido al sentir como esas manos callosas y grandes perfilaban el borde de su pantalón mientras que unos labios agrietados dejaban besos húmedos en su piel. Phoenix podía sentir como la tensión empezaba a disiparse de a poquito, dejando una sombra de rigidez en sus músculos, pero era un avance después de todo. Estaba maravillado. Quería ver el rostro de Kristoph al rendirse poco a poco ante el placer que sólo Phoenix le podía dar.

Desabrochó la bragueta de sus pantalones de vestir, exponiendo la tela de su ropa interior. Kristoph se tensó de nuevo.

—Tienes que relajarte. —Afirmó Wright, acariciando su entrepierna aún cubierta con la palma de la mano.

—Es… E-Es fácil para ti decirlo…

—Kristoph. —Detuvo el movimiento de su mano y forzó al mencionado a mirarlo a los ojos—. No haré nada que no quieras.

El rubio desvió la mirada con vergüenza. Phoenix podía notar que la ausencia de control sobre la situación lo hacía sentir así de vulnerable y diminuto.

—¿Quieres que te ruegue?

La pregunta tan repentina, pronunciada en un susurro penoso, desconcertó a Phoenix, quien frunció el ceño inmediatamente.

—¿Qué…?

—Porque no… —Kristoph se relamió los labios—. No tengo intenciones de hacerlo ¿Sí? Si estás siendo tan cuidadoso para que te ruegue eso no va a pasar.

Phoenix interrumpió el conflicto de Kristoph con la boca, y sintió cómo su cuerpo se relajaba debajo de su tacto. Empezó a mover de nuevo la mano en su entrepierna, sacando un jadeo entrecortado del rubio que rompió el beso. Wright empezó a besar sus hombros nuevamente, esta vez perfilando de vez en cuando la línea de su clavícula con los labios.

—Déjame consentirte. —Susurró contra la piel ajena— ¿Es tan difícil para ti creer que pienso en tu placer tanto como en el mío?

—Yo no… ngh…

Fue interrumpido por la intromisión de una mano en su ropa interior. Cerró los ojos con fuerza y se mordió el labio interior con la intención de prevenir cualquier sonido que quisiera salir de ellos. Los dedos de Wright acariciaban el camino húmedo de sus labios con cautela, dando caricias cortas a su clítoris que le hacían temblar.

—Así me gusta más. —Dijo Phoenix con una sonrisa pícara a la par que empezaba a bajar su ropa interior.

El aire golpeó su entrepierna repentinamente, y aquello sacó un gemido inconsciente de sus labios.

Kristoph no podía verlo pues tenía los ojos cerrados y se resignaba a abrirlos por la vergüenza, pero ya podía imaginar la sonrisa descarada de Wright ensanchándose en su rostro. Por más molesto que le pareciera, no le prestó mucha atención a aquello, pues aquellos dedos largos y rústicos empezaron a tantear su humedecida entrada. Y Kristoph lo anticipaba más que nada en el mundo.

Entonces, cuando sintió el primer dedo entrar, no aguantó más y dejó que un gemido—que parecía más un lloriqueo, en realidad—saliera de lo más profundo de su garganta. Y cuando dicho dedo empezó a salir y a entrar de su vulva, no pudo hacer más que removerse y temblar ante tan deliciosa sensación.

—Estás muy húmedo. —Balbuceó Wright con voz ronca mientras seguía embistiendo su entrada con los dedos—. Apuesto a que llevas un buen rato anticipándolo. Quién diría que ibas a dejarme estando así de necesitado…

—C-Cállate...

Kristoph aferró sus manos a la espalda del otro y ocultó su rostro en su cuello, inhalando el olor a colonia masculina impregnado en su piel. Se sentía bien, endemoniadamente bien. Su dedos muy experimentados, su cuerpo muy caliente, su voz muy aterciopelada y toda la estimulación le estaba haciendo perder la cabeza. Sintió como el orgasmo se construía en su estómago y tembló de nuevo, una carga eléctrica recorriendo su cuerpo de pies a cabeza.

—Wri… ngh… Phoenix. —Jadeó en su hombro—. Phoenix, Dios… Phoenix…

—¿Estás cerca, princesa? —Sacó los dedos de su entrada, lo cuál hizo al rubio lloriquear— ¿Quieres que siga a este ritmo o que acelere?

—Mételos… mételos otra vez, por favor… —Balbuceó—. Quiero sentirte, no importa cómo sea.

Phoenix rió. —Como gustes.

Y dicho y hecho, Kristoph volvió a sentir dos dedos abriéndose paso en su interior. Wright aceleró el ritmo, y empezó a embestir su vulva con mucha más rapidez, saliendo y entrando sin cuidados. El rubio sintió sus piernas flaquear ante la anticipación de un orgasmo. Se aferró más a la espalda ajena y empezó a gemir con el rostro enterrado en el hueco de su hombro y su cuello, su voz amortiguada por la piel ajena. Phoenix, por su parte, empezó a besar todo aquello que pudiera alcanzar y, con su pulgar, empezó a acariciar el clítoris del otro hombre, sacando un respingo de él.

—Wright… —Lloriqueó—. Wright, Wright…

Para aquél punto, su cabello estaba deshecho. Su camisa semiabierta, sus pantalones y su saco de vestir en el suelo, su lazo deshecho y su pecho expuesto y sonrosado. Sus ojos llorosos, sus lentes torcidos, su rostro sonrojado y sus labios entreabiertos dejando salir obscenos sonidos mientras era embestido por los dedos de un hombre al que resentía. Phoenix estaba maravillado ante dicha vista. Podía acostumbrarse a ella, Dios, no entendía cómo pudo haber vivido antes sin ella.

—Vente por mí, amor, vente en mi mano. —Balbuceó en su oreja—. Hazme saber qué tan bien te hago sentir con sólo mis dedos.

Y fue con esas palabras que Kristoph llegó al clímax con unos espasmos electrizantes, aferrándose más a la espalda del hombre sobre él y jadeando vergonzosamente. Luego, se dejó caer en la cama. Con su cabello revuelto y la respiración agitada.

Phoenix se inclinó sobre él y dejó un beso casto en sus labios.

—Estuviste increíble, Kris. —Felicitó mientras acariciaba su vientre— ¿Ves lo bien qué se siente cuando dejas que el otro tome el control?

—Yo… sí… —Balbuceó el otro hombre, intentando asimilar todavía lo que había sucedido hace poco.

—¿Quieres que te traiga algo? ¿Quieres ducharte? El baño de mi cuarto finalmente tiene agua caliente. Puedes darte una ducha y te puedo prestar ropa. No tienes que volver al bufete pronto ¿Verdad?

—... No.

—Está bien. Entonces, si quieres, puedes quedarte conmigo un rato en lo que se lava tu traje. Puede que lleve un rato sin usar el mío, pero aún sé cómo dejar uno de esos como nuevo.

El rostro de Phoenix lucía una sonrisa, y con los mismos labios que la dibujaban besó a Kristoph de nuevo.

—Está bien si no quieres responder. Te traeré agua fría ¿Sí? —El rubio asintió—. Bien, no me tardo.

Kristoph no entendía la repentina atención, ni tampoco entendía lo que acababa de suceder. Al ver la espalda del otro hombre alejarse más y más de él, no pudo evitar pensar. Pensar en su relación y en lo que se convertiría después de aquello. Pensar en si podía seguir con aquel plan después de todo lo que Wright le había hecho sentir, y la manera en la que insistía en construir un ambiente en el que Kristoph se sintiera seguro. Sería más fácil si lo ignoraba. Sería más fácil si sólo se levantara y fingiera que Kristoph no existía después del orgasmo. Pero nada de aquello había pasado. Phoenix Wright insistía en ofrecerle cariño aún cuando Kristoph insistía en rechazarlo. Y eso hacía todo más complicado.

Tal vez debería pensar en eso más tarde. Cuando no sintiera el sudor frío en su cuerpo pegándose en las sábanas blancas.


Fecha: 12 de Mayo del año 2024

Say It With Your Chest - Godonaru/Godonix +18

 Phoenix had faced the so-called "demon of prosecutors", a deranged man who had not lost a trial in forty years, and an eighteen-year-old girl who began winning cases at the age of thirteen and carries a whip to court as if it was nothing—how was that even legal?—But nothing compared to the disdain that distilled from the mysterious and famous Godot's pores. The legendary Godot. Nobody knows where the hell he came from, or how he became a prosecutor; He simply appeared in court one day with his glowing visage over his eyes and a cup of bitter coffee in his right hand, ready to ruin Phoenix's life. Honestly, Phoenix still didn't understand the hatred and resentment that man felt towards him; Why did he treat him as if he had murdered someone? As if all the misfortunes in his life were Phoenix's fault? It was a mystery; an enigma that he had to solved...

Although, really, that didn't matter much when he was pinned against Godot's desk with the prosecutor's tongue down his throat.

It was an unusual situation, and from its unusualness came its rushiness. Honestly, if he had to testify in a trial about this (something like an alibi, hypothetically), he would be accused of committing perjury for the simple fact that it would be full of so many plot holes that he could be put in jail just for that. There was no way Phoenix could explain, in a thoughtful and reasonable way, what led him from entering Godot's office to confront his resentment to clinging to the man's back because the vehemence with which he kissed him was so much that It made his legs weak and his mind go numb in a dense cloud of arousal and intoxication.

The man buried his fingers in his waist and pressed their bodies even closer, causing Phoenix to break the kiss for a moment due to the wave of emotions in which he felt drowned while a surprised and shaky gasp coming from his throat came out of his lips shamefully. God, he had no idea how bad he wanted that. It was like a dish that he had never had the luxury of trying (and that didn't attract his attention at all) but the moment he got to try it he couldn't eat anything else again; What could be compared to that intoxicating taste of bitter coffee? To that rustic yet gentle texture of his hands on Phoenix's waist? That lovely smell of men's cologne mixed with coffee seeds? Nothing could.

Godot was the one who broke the kiss finally, smiling at the work of art he had made, and Phoenix could already imagine what he looked like. His brown eyes shining with lust, his lips swollen, his hair as undone as the collar of his shirt and his face red as a ripe peach. Godot didn't take his eyes off him for a single moment. He took a few steps away from Phoenix, leaving him clinging to the desk with a shrug of his shoulders; His lungs swelling and deflating in his chest faster than the usual and his gasps becoming heavier and heavier, while the man in front of him looked as good as new. If it weren't for his swollen lips and his momentary gasps, no one would believe that he was responsible for Phoenix's state at that moment, which irritated the lawyer; Why didn't he seem affected in the slightest? Doesn't he have a nervous system? Or a respiratory one?

Behind him was an armchair that he sat down on, his gaze never leaving Phoenix. He put a hand to his chin, that same sly smile still painted on his lips, and began to stroke his beard with torturous slowness. Phoenix trembled with anticipation of what would happen next.

There was something; a small gesture, a small action. Godot lightly tapped his thigh twice with his fingertips. And Phoenix didn't even have time to think about his dignity before he dropped to his knees.

It was embarrassing, really. He had created a reputation, he had built a name. When people heard "Phoenix Wright" they thought of the intelligent, yet clumsy, lawyer who had an almost perfect record and did not hesitate to object. No one assumed that he was a pathetic man with which you only needed a small gesture to have him kneeling between your legs, looking down at you with his pleading brown eyes, clouded with desire. With trembling fingers he unzipped the prosecutor's pants, and eagerly pulled down his underwear, revealing his growing erection, which he soon began licking and kissing from base to tip. Godot let out a sly laugh under his breath, burying his hand in the opponent's black hair.

"I bet you love it, don't you, baby?" He teased while caressing Phoenix's hair from his forehead to the center of his head, seeing those huge brown eyes that looked up at him pleadingly from below. "Don't you love feeling me in your mouth, mh? Feeling how I get hard on your tongue? Don't you just love it, mi amor?"

Phoenix whined excitedly at that nickname as he felt a heat prick his solar plexus. Mi amor. Said with that sweet velvety voice, in that hoarse tone... How could he not succumb to such an addictive voice? To such an addictive touch?

He opened his lips wide and engulfed the entire shaft in his cavity, feeling the weight of it on the floor of his mouth. With one hand he began to pump everything that he couldn't cover while he sufficiently used to his cock. Godot threw his head back and let out a hoarse moan above him that went straight to his crotch in a spike of arousal. The prosecutor tilted his head so that he was looking down on him. Even though he couldn't see the man's eyes, Phoenix could feel his withering hunger penetrating him lasciviously.

"Look at that a sigh." The man sighed, his hand still combing those blackish strands. "If you look at me with those eyes in court I'd even let you win, Light."

Phoenix was too horny to be bothered by that arrogant comment, or the intentional mistake of his name. He kept bobbing his head up and down, wetting Godot's dick all over and getting more accustomed to his size as he relaxed his throat. When he left a chocking sound, he stopped dead and took it out of his mouth.

Phoenix's breathing was labored; his eyes were shining with tears and excitement; A thread of saliva hung from his swollen lips, linking him to the prosecutor's shaft. He began to lick and rub his lips along the length of his cock before reintroducing it into his mouth.

"It's okay, baby, you can take it." Godot motivated without removing his hand from Phoenix's hair.

And of course he could! Who did Godot think he was?

Without warning, he engulfed the man's shaft in his mouth again, enveloping the head with his lips. And from there he went down and down until he had covered more than half of it with his very mouth, relaxing his throat little by little to give space to the thick cock in his cavity. After a while, Godot's length was resting completely on his throat, his mouth pressed against the other's pelvis so that Phoenix's nose was brushing against his pubic hair. He looked up at him with eyes shining with small tears and desire.

The prosecutor let out a loud, hoarse moan as he felt himself enveloped by such a narrow, wet cavity.

"Ah... Look at that..." Godot stammered with a mocking tone in his voice. "Look how good you look on your knees with my entire cock down your throat. It would even be a shame to take it out, don't you think, love?"

Phoenix could barely moan with the man's cock still in his mouth before the prosecutor pulled him by his to get the whole thing out of him, giving him a better chance to breathe and cough a little after feeling his throat released. When he had calmed down he kissed Godot's length again from top to bottom. Licking the wet surface with precum and saliva along with the rustic texture of the base of his balls.

"But, if I didn't take it out, I wouldn't be able to fuck you nice and good. And surely you are already anticipating it, aren't you? Tell me well what you want. Do you want to feel me inside you, corazón?"

All those sweet nicknames made Phoenix's stomach tickle cheerfully. He nodded quickly. He couldn't wait to feel Godot's thick fingers wedged into his hips as he thrust hard into him.

"Uh-uh." The prosecutor exclaimed as he shook his head. "Use your words, Light. Tell me clearly, what do you want?"

Despite his weak legs, Wright got up from the ground, in the same way Godot got up from the couch. Phoenix retreated towards the desk, pursued by the prosecutor, until he had his back against it again. The man caressed his waist with both hands and repeated the question:

"What do you want, Phoenix?" He whispered against his ear, and Phoenix gasped as he heard his name come out of that intoxicating mouth. "What do you want me to do with you?"

"I-I want..." he stammered in the most vulgar croak and pressed his lips together.

Godot moved to his neck. The ghostly touch of his lips wandering along the protuberant line of his sterno muscle and down to his collarbones. Phoenix anticipated a kiss that hadn't come yet. The wait was making him desperate.

"Mmmh?" The prosecutor's voice was calm. In fact, he was pretty calm overall for someone with a hard cock. And that made Phoenix even more desperate. "What do you want?"

"I want y-you..." He started again. "To take me and... U-Undress me, ah..."

The lawyer moaned as he felt the other man's fingers play with the edge of his pants. Sometimes, he would stick the tips of his fingers in a little, so that he could just touch the beginning of his pubic hair, but no more than that. Sometimes he made a gesture as if he were to undo the belt, which made it even more exasperating.

Either way, Phoenix couldn't be wetter. The make out session earlier and the fellatio after it had affected him more than he would like to admit.

"And...?"

"And..." Wright licked his lips. "P-put... God... P-put me against the desk and..."

The prosecutor began to take off his pants with painful slowness; slowly undoing the grip on his belt and lowering his zipper with the same rhythm. Everything that was left of lucidity seemed to want to leave Phoenix's mind sooner rather than later.

"Finish talking, Light, otherwise I won't know what you want."

"Damn it, Godot, you know very well what I want!"

The prosecutor let out a malicious laugh. Having discarded his boxers, he grabbed Wright's thighs, lifted him up and pushed him so that he was lying on top of the desk. The action was so fast that Wright didn't have time to process it all until he felt the hard surface hit his back. That would possibly make his back pain worse, but God, as if he cared. Then, Godot positioned him between his legs and began to rub his dick against his wet lips.

"What a shame, Light, I truly wanted to hear you." He lamented mockingly.

Then, he took his finger to Phoenix's crotch, shamelessly rubbing it until it was completely wet. Wright moaned with anticipation. He really couldn't wait to feel him inside.

"I guess I'll have to get the truth out of you another way."

In the midst of his dullness, Phoenix was able to formulate a sober thought when he heard the other's words; What did he mean by "another way"?

"W-What are you trying to... Ah!"

He felt a finger enter him. But not into his cunt, no; Godot had begun to open his anal cavity. Putting it in and taking it out carefully and feeling around the ring with his other finger to insert it after the first. Phoenix moaned from pain to pleasure. It wasn't what he expected but, God, anything to have that man inside him.

Having fully prepared him, Godot took him by the hips and lined himself up in front of his hole. Phoenix almost let out a squeal of relief.

"This is what you'll get until you put on your man pants and vocalize what you really want."

Phoenix nodded weakly, not wanting to wait even a little longer. Damn it, Godot, just put it in. I don't care where you do.

The hoarse moan that left the prosecutor's lips as he felt the way Phoenix enveloped his cock inside was enough to make him let out an inelegant whimper. God, he felt so good. He felt so full, and so dull, and so hot, and so stimulated, and the office smelled of coffee, and cologne, and Godot, and sex, and he was going crazy. The man began to thrust into him slowly, trying to get him used to the sudden intrusion, not taking into account that Phoenix couldn't be more ready for anything else in his life.

Okay, it did hurt. Of course it hurt. But Godot had prepared him well, and he was so wet that he didn't care, damnit. His inseds felt so good, God, why had he been missing out on that for many years? The stimulation of anal sex, so close and so far. And now he knew what he was missing, and he didn't want to miss it again for the world.

At one point, Godot decided to speed up the pace of his thrusts, and Phoenix couldn't be more grateful to him for that. He grabbed him hard by the hips, so hard that he knew it would leave some bruises afterwards, and he eagerly anticipated the image of his thighs and hips marked by Godot's fingers, who began to thrust into him so hard that the desk beneath him sagged and squirmed and Phoenix thought, for a fleeting moment, that he would break it, but he just as easily decided that he doesn't give a fuck. Each thrust was a puncture coming from his crotch and distributed throughout his entire body like an electric shock. From his mouth came the protection of a mashed brain; Releasing loud moans and ragged gasps as if he couldn't be heard by anyone beyond the walls of that office. Godot was not far behind; he could hear heavy sighs, desperate gasps and hoarse moans coming from the depths of his throat, and Phoenix was going crazy.

Crazy and drunk. Crazy and drugged. He was so full of ecstasy that he never wanted it to end. In a shock of adrenaline, Godot suddenly gave him a resounding spank, and the sting of that blow drew a surprised moan out of him and sent another spike of electric pleasure right to his pussy.

Ah, his pussy. His untouched pussy, his neglected cunt. The breeze that brushed against his wet lips made it squirm for attention. In a desperate glimpse, he brought a hand to the flower between his legs, brushing his fingers against his swollen clitoris, giving it the attention it so craved.

But that didn't last long. Godot imprisoned his wrist and paralyzed both of his hands on either side of his face. The way he was leaning caused their faces to be inches apart. Phoenix couldn't be more bewildered as well as desperate.

"Nuh, uh. Don't think you can do whatever you want now." Godot stammered with a broken voice. "I told you, I won't give you anything until you vocalize what it is you really want."

And that's when Phoenix realized what Godot meant. What the prosecutor wanted was for the lawyer to express, in an inelegant and humiliating manner, how much he wanted to feel his thick cock throb inside his pussy. Of course he wanted Phoenix to say that, the fucking bastard. Only he could think of such a vulgar way to humiliate him.

And Phoenix couldn't be more turned on, because of course he was.

A frustrated moan came out of the lawyer's lips.

“Please…” he whimpered.

"Yeah? Ask well, use your words." Godot insisted while he slowed down the pace of his thrusts, which made the situation even more desperate.

"Please... Fuck me."

"I'm trying to, corazón. Just tell me where and I will give you everything you ask for."

"Mm... In my... God, Godot..."

Phoenix licked his lips. It couldn't be that difficult.

"In my pussy, Godot. Please... I want to feel you buried deep inside my cunt."

The desperate tone of his supplication was not something he was proud of, and he prayed to Saints he didn't even believe in that Godot didn't noticed it, or at least wouldn't tell anyone ever. But he had been attentive to his plea. And he was so that he soon pulled it out of his ass and slammed into his desperate, eager, and very, very wet pussy.

The sudden action made him falter so hard that he had to hold on to the prosecutor's back to keep from falling off the other side of the desk, but it wasn't bad at all. The opposite, actually; it was paradise. Godot soon buried his hands in his hips again and began to fuck him even more vehemently than before on his desk and Phoenix felt like he was going to explode in his arms.

Godot seemed to have anticipated this for quite some time too, because he didn't take his face away from his, and he didn't stop leaning over his body until he kissed him hungrily and strongly. Phoenix didn't release the grip that wrapped around the other man's beefy body; In any case, he settled him shamelessly and received his warm, wet mouth eagerly. Their tongues dancing the dance of sin and their bodies so close together that they were confused with each other.

The sounds didn't stop even with both lips intertwined. They exchanged hoarse moans, heaving sighs, desperate gasps and anxious whimpers from mouth to mouth while the movement of their bodies became hungrier, more urgent, more thirsty. Godot began to masturbate him with his middle finger; undelicately squeezing his clit, and Phoenix was at his limit.

In that disorderly swing, in vulgar symphony, Phoenix came on a prosecutor's desk, in a prosecutor's office, wrapped in the arms of a prosecutor and it couldn't be more amazing. More exciting, more rousing. He felt the electricity of his orgasm destroy what was left of his lucidity and he collapsed onto the desk. His breathing seeking stability. His eyes closed and his muscles relaxed against the cold mahogany.

Godot followed him, pulling out of his pussy and coming over his belly, moaning raggedly and letting out unsteady gasps. Just like Wright, he needed to find stability, so he took a few steps away from the other's body and let himself breathe for a while.

Phoenix had already completely forgotten the reason why he went to Godot's office that afternoon. He even forgot everything he had learned about Godot until now. The only thing he knew was that he didn't care if the prosecutor hated him, or loved him, or just loved feeling control over him; he had to, at all costs, relive that orgasm. And God forbid Phoenix Wright gets an idea into his head, because he wouldn't let it go until he made it a reality.


Date: April 1st, 2024

Con el pecho - Godonaru/Godonix +18

 Phoenix se había enfrentado al susodicho "demonio de los fiscales", a un hombre desquiciado que no había perdido un juicio en cuarenta años, y a una muchacha de dieciocho años que empezó a ganar casos desde los trece y lleva un látigo al tribunal como si nada (¡¿Cómo es que eso era legal?!) Pero nada se comparaba al desdén que salía de los poros del famoso y misterioso Godot. El legendario Godot. Nadie sabe de dónde mierda salió, ni como se convirtió en fiscal; simplemente apareció un día en el tribunal con su resplandeciente visaje sobre los ojos y una taza de café amargo en la mano derecha, listo para arruinarle la vida. Phoenix seguía sin entender el odio y resentimiento que ese hombre sentía hacia él; ¿Por qué lo trataba como si hubiese matado a alguien? ¿Como si todas las desgracias de su vida fuesen culpa de Phoenix? Era un misterio; un enigma que le tocaba resolver...

Aunque, realmente, eso no importaba mucho cuando estaba acorralado contra su escritorio con la lengua del fiscal metida en su garganta.

Era una situación inusual, y de su inusualidad nacía su rapidez. Honestamente, de tener que atestiguar en un juicio sobre aquello (algo así como una cuartada, hipotéticamente), sería acusado de cometer perjurio por el simple hecho de que estaría lleno de tantos agujeros argumentales que lo podrían meter a la cárcel sólo por eso. No había una manera en la que Phoenix pudiera explicar, de forma cuerente y razonable, lo que lo llevó de entrar a la oficina de Godot para confrontar su resentimiento a aferrarse a la espalda del hombre pues la vehemencia con la que lo besaba era tanto que hacía que sus piernas flaquearan y que su mente se adormeciera en una densa nube de excitación y embriaguez.

El hombre enterró sus dedos en su cintura y pegó sus cuerpos aún más, lo que provocó que Phoenix rompiese el beso por un momento dada a la ola de emociones en la que se sentía ahogado a la vez que un jadeo sorprendido y entrecortado salía de sus labios vergonzosamente. Dios, no tenía idea de qué tanto quería aquello. Era como una clase de platillo que nunca se había dado el lujo de probar (y que tampoco le llamaba la atención en absoluto) pero el momento en el que lo llegara a probar no podría volver a comer otra cosa; ¿Qué se le podría comparar a ese sabor tan embriagador a café amargo? ¿A esa textura rústica y, sin embargo, gentil de sus manos en su cintura? ¿A ese olor encantador a colonia masculina mezclado con café? Nada podía.

Godot fue quien cortó el beso finalmente, sonriendo ante la obra de arte que había hecho; y Phoenix ya podía imaginar cómo se veía. Sus ojos marrones brillando con lujuria, sus labios hinchados, su cabello deshecho así como el cuello de su camisa y su rostro rojo como un durazno maduro. No le quitó la mirada de encima ni un momento. Godot se alejó unos pasos de él, dejándolo aferrado al escritorio encogido de hombros; sus pulmones hinchándose y deshinchándose en su pecho con más rapidez de lo inusual y sus jadeos haciéndose cada vez más densos, mientras que el hombre frente a él se veía como nuevo. Si no fueran por sus labios hinchados y sus jadeos momentáneos, nadie creería que era él el responsable del estado de Phoenix en ese instante, lo cuál le irritaba al mencionado; ¿Por qué no parecía afectado en lo más mínimo? ¿Es que acaso no tenía sistema nervioso? ¿O respiratorio?

Detrás de él había un sillón en el que se dejó caer sentado, su mirada nunca se apartó de Phoenix. Se llevó una mano a la barbilla, esa misma sonrisa socarrona todavía pintada en sus labios, y empezó a acariciar su barba con tortuosa parsimonia. Phoenix temblaba con anticipación de lo que pasaría después.

Hubo algo; un pequeño gesto, una pequeña acción. Godot se dio dos golpecitos flojos en el muslo con la punta de los dedos. Y Phoenix ni siquiera tuvo tiempo para pensar en su dignidad antes de ponerse de rodillas.

Era vergonzoso, realmente. Él había creado una reputación, había construido un nombre. Cuando la gente escuchaba «Phoenix Wright» pensaban en el inteligente, a pesar de torpe, abogado; quien tenía un historial casi perfecto y no titubeaba al objetar. Nadie asumía que era un hombre patético con el que sólo se necesitaba un pequeño gesto para tenerlo de rodillas entre tus piernas, mirándote desde abajo con sus suplicantes ojos marrones, nublados por el deseo. Con dedos temblorosos bajó el cierre del pantalón del fiscal, y ansiosamente bajó su ropa interior, revelando su erección creciente, la cuál no tardó en empezar a lamer y besar desde la base hasta la punta. Godot soltó una risa socarrona por lo bajo, enterando su mano en el cabello negro del contrario.

—Apuesto a que te encanta ¿No es así, bebé? —Jugueteó mientras acariciaba su cabello desde la frente al centro de su cabeza, observando mejor esos enormes ojos marrones que lo miraban suplicantes desde abajo— ¿No te encanta sentirme en tu boca, mh? ¿Sentir como me pongo duro en tu lengua? ¿No te encanta, mi amor?

Phoenix lloriqueó con entusiasmo ante aquel apodo a medida que sentía un calor punzar en su plexo solar. Mi amor. Dicho con aquella voz aterciopelada de lo más dulce, en ese todo tan ronco... ¿Cómo podía él no sucumbir ante tan adictiva voz? ¿Ante tan adictivo tacto?

Abrió la boca de par en par y engulló el falo entero en su cavidad, sintiendo su peso en el piso de su boca. Con una mano empezó a bombear todo aquello que no podía cubrir hasta acostumbrarse lo suficiente. Godot echó la cabeza hacia atrás y soltó un ronco gemido sobre él que le llegó directamente a la entrepierna en un pinchazo de excitación. El fiscal inclinó la cabeza de tal manera que quedaba mirándole desde arriba. A pesar de que no podía ver sus ojos, Phoenix podía sentir su fulminante hambre penetrándole con lascivia.

—Mira qué vista. —Suspiró el hombre, su mano aún peinando aquellas hebras negruzcas—. Si me miras con esos ojos en el tribunal hasta te dejaría ganar, Light.

Phoenix estaba demasiado excitado como para molestarse por aquel comentario prepotente, o la equivocación intencionada de su nombre. Seguía moviendo su cabeza en un vaivén de arriba a abajo, humedeciéndolo en totalidad y acostumbrándose más a su tamaño a medida que relajaba su garganta. Cuando se escuchó un sonido de ahogamiento, paró en seco y lo sacó de su boca.

Su respiración se encontraba agitada; sus ojos brillaban con lágrimas y excitación; de sus labios hinchados pendía un hilo de saliva que lo unía con el miembro del fiscal. Empezó a lamer y frotar con sus labios la extensión del pene antes de volverlo a introducir en su boca.

—Está bien, bebé, puedes soportarlo. —Motivó Godot sin apartar la mano de su cabello.

¡Y por supuesto que podía! ¿Quién se creía Godot?

Sin previo aviso, volvió a engullir el falo del hombre en su boca, envolviendo la cabeza con sus labios. Y partiendo de ahí fue bajando y bajando hasta haber cubierto más de la mitad con su boca, relajando la garganta de a poco para darle espacio al grueso miembro en su boca. Después de un rato, la extensión de Godot descansaba completamente en su garganta, su boca pegada a la pelvis del otro de manera que su nariz rozaba sus vello púbico. Lo miró desde abajo con ojos brillantes de pequeñas lágrimas y deseo.

El fiscal soltó un gemido sonoro y ronco al sentirse envuelto por tan estrecha y húmeda cavidad.

—Ah... Mira eso... —Balbuceó Godot con un tono de burla en su voz—. Mira lo bien que te ves de rodillas con mi verga entera en tu garganta. Hasta daría pena sacarla ¿No crees, amor?

Phoenix gimió a duras penas con el miembro aún en su boca antes de que el fiscal lo jalara del cabello para sacarlo entero, dándole una mejor oportunidad para respirar y toser un poco sintiendo su garganta liberada. Cuando ya se hubo calmado volvió a besar el miembro de arriba a abajo. Lamiendo la superficie húmeda con presemen y saliva junto con la textura rústica de la base de sus testículos.

—Pero, de no sacarla, no podría cogerte como Dios manda. Y seguramente ya lo estás anticipando ¿No es así? Dime bien qué es lo que quieres ¿Quieres sentirme dentro de ti, corazón?

Todos esos apodos melosos hacían que el estómago de Phoenix cosquilleara animosamente. Asintió con rapidez. No podía esperar a sentir los dedos gruesos de Godot encajados en sus caderas mientras embestía con fuerza en su interior.

—Uh, uh. —Exclamó el fiscal mientras negaba con la cabeza—. Usa tus palabras, Light. Dime claro ¿Qué es lo que quieres?

A pesar de sus piernas flaqueantes, Wright se levantó del suelo, y de esa misma manera Godot se levantó del sofá. Phoenix retrocedió sus pasos hacia el escritorio, perseguido por el fiscal, hasta quedar de espaldas contra él de nuevo. El hombre acarició su cintura con ambas manos y repitió la pregunta:

—¿Qué es lo que quieres, Phoenix? —Susurró contra su oreja, y Phoenix soltó un jadeo al escuchar su nombre salir de esa boca tan embriagante— ¿Qué quieres que haga contigo?

—Q-Quiero... —Tartamudeó en un graznido de lo más vulgar y apretó los labios.

Godot se pasó a su cuello. El roce fantasmagórico de sus labios paseándose por la línea protuberante del esternocleidomastóideo y bajando a sus clavículas. Phoenix anticipó un beso que no llegaba todavía. La espera le estaba desesperando.

—¿Mmmh? —La voz del fiscal era calmada. De hecho, estaba bastante calmado, para ser alguien con la verga tan dura. Y eso hacía que Phoenix se desesperara aún más— ¿Qué quieres?

—Quiero q-que... —Empezó de nuevo—. Me tomes y... M-Me desnudes, ah...

El abogado gimió al sentir los dedos del otro hombre jugar con el borde de su pantalón. A veces, metía la punta de los dedos un poco, de manera que podía sólo tocar el comienzo de su pelo púbico, pero no más que eso. Otras hacía un ademán como si fuese a deshacer el cinturón, lo cuál lo hacía más desesperante.

De cualquier forma, Phoenix no podía estar más húmedo. La sesión de besos de hace un rato y la felación de hace un momento le habían afectado más de lo que le gustaría admitir.

—¿Y...?

—Y... —Wright se relamió los labios—. M-Me... Dios... Me p-pongas contra el escritorio y...

El fiscal empezó a bajar sus pantalones con dolorosa morosidad; deshaciendo el agarre de su cinturón con lentitud y bajando su cierre con el mismo ritmo. Todo lo que quedaba de lucidez parecía querer abandonar la mente de Phoenix más pronto que tarde.

—Termina de hablar, Light, sino no sabré lo que quieres.

—¡Maldita sea, Godot, sabes muy bien qué es lo que quiero!

El fiscal soltó una carcajada maliciosa. Habiéndose deshecho de sus bóxers, tomó a Wright de los muslos, lo alzó y lo empujó de tal manera que quedaba acostado encima de su escritorio. La acción fue tan rápida que a Wright no le dio tiempo de procesarlo todo hasta que sintió la dura superficie golpear su espalda. Eso posiblemente empeoraría sus dolores de espalda, pero Dios, cómo si le importara. Entonces, Godot se posicionó entre sus piernas y empezó a rozar su pene contra sus húmedos labios.

—Qué lástima, Light, tenía tantas ganas de escucharte. —Lamentó fingidamente 

Entonces, se llevó un dedo a la entrepierna contraria, rozándola descaradamente hasta que quedara completamente humedecido. Wright gemía con anticipación. Realmente no podía aguantar sentirlo dentro de él.

—Supongo que tendré que sacarte la verdad de otra manera.

En medio de su embotamiento, Phoenix pudo formular un pensamiento sobrio ante las palabras del contrario; ¿A qué se refería con "otra manera"?

—¿Q-Qué quieres...? ¡Ah!

Sintió un dedo introducirse dentro de él. Más no dentro de su sexo, no; Godot había empezado a abrir su cavidad anal. Metiéndolo y sacándolo con cuidado y tanteando los alrededores con su otro dedo para introducirlo después. Phoenix gimió de dolor a placer. No era lo que esperaba pero, Dios, cualquier cosa con tal de tener a ese hombre dentro de él.

Habiéndolo preparado por completo, Godot lo tomó de las caderas y se alineó frente a agujero. Phoenix casi suelta un chillido de alivio.

—Esto obtendrás hasta que te pongas tus pantalones de hombre y vocalices lo que en verdad quieres.

Phoenix asintió flojamente sin querer esperar ni un poco más. Maldita sea, Godot, sólo métela. No me importa dónde sea.

El gemido ronco que salió de los labios del fiscal al sentir la manera en la que Phoenix lo envolvía en su interior fue suficiente para hacerlo soltar un lloriqueo nada elegante. Dios, se sentía tan bien. Se sentía tan lleno, y tan embotado, y tan caliente, y tan estimulado, y la oficina olía a café, y a colonia, y a Godot, y a sexo, y se estaba volviendo loco. El hombre empezó a embestirlo con lentitud, procurando que se acostumbrara a la repentina intromisión, sin tener en cuenta que Phoenix no podría estar más listo para cualquier otra cosa en su vida.

Okay, sí que le dolía. Por supuesto que dolía. Pero Godot lo había preparado bien, y estaba tan mojado que no le importaba, con un demonio. Su interior se sentía tan bien, Dios ¿Por qué se estuvo perdiendo de eso por tantos años? La estimulación del sexo anal, tan cercana y tan lejos. Y ahora sabía de lo que se estaba perdiendo, y no quería perderselo de nuevo por nada en el mundo.

En un momento, Godot decidió acelerar el ritmo de las embestidas, y Phoenix no podía estar más agradecido con él por eso. Lo tomó con fuerza de las caderas, con tanta fuerza que sabía que dejaría unos moretones después y anticipó la imagen de sus muslos y sus caderas marcadas con los dedos de Godot ansiosamente, y empezó a embestirlo con tanta fuerza que el escritorio debajo de él se retorcía y Phoenix pensó, por un momento fugaz, que lo rompería, pero de la misma forma decidió que no le importa. Cada embestida era un pinchazo que nacía de su entrepierna y se distribuía por su cuerpo entero como una electrocución. De su boca salían los reflejos de un cerebro machacado por el placer. Soltando gemidos ruidosos y jadeos entrecortados como si no pudiera ser escuchado por nadie más allá de las paredes de aquella oficina. Godot no se quedaba atrás podía escuchar suspiros pesados, jadeos desesperados y gemidos roncos salir de lo más profundo de su garganta, y Phoenix se estaba volviendo loco.

Loco y borracho. Loco y drogado. Estaba tan lleno de éxtasis que no quería que terminara nunca. En un shock de adrenalina, Godot le propinó una nalgada sonora repentinamente, y el ardor del golpe le sacó un gemido de sorpresa y provocó otro pinchazo de placer eléctrico en su entrepierna.

Ah, su entrepierna. Su descuidada entrepierna, su negligida vulva. La brisa que le rozaba en su vulgar humedad la hacía retorcerse por atención. En un atisbo desesperado, se llevó una mano a la flor entre sus piernas, rozando con sus dedos su hinchado clítoris, dándole la atención que tanto anhelaba.

Pero no duró mucho. Godot aprisionó su muñeca y paralizó sus dos manos a dos costados de su rostro. La manera en la que estaba inclinado provocó que sus rostros quedaran a centímetros de distancia. Phoenix no podía estar más desconcertado así como desesperado.

—Nuh, uh. No creas que puedes hacer lo que te dé la gana. —Balbuceó Godot con la voz entrecortada—. Te dije, no te daré nada hasta que vocalices qué es lo que realmente quieres.

Y es ahí cuando Phoenix se dio cuenta a qué se refería Godot. Lo que el fiscal quería es que el abogado expresara, de manera poco elegante y humillante, lo mucho que quería sentir su grueso pene palpitar dentro de su coño. Claro que quería que dijera eso, maldito bastardo. Sólo a él se le podía ocurrir una manera tan vulgar de humillarlo.

Y a Phoenix no le podía encender más, porque por supuesto que sí. Por supuesto que ser humillado le encendía.

De los labios del abogado salió un gemidito frustrado.

—Por favor...  —Lloriqueó

—¿Sí? Pídelo bien, usa tus palabras. —Insistió Godot mientras que desaceleraba el ritmo de sus embestidas, lo cuál hizo que la situación fuera más desesperante

—Por favor... Fóllame.

—Eso intento, corazón. Sólo dime dónde y te daré todo lo que tú me pides.

—Mm... En mi... Dios, Godot...

Phoenix se relamió los labios. No podía ser tan difícil.

—En mi coño, Godot. Por favor, quiero sentirte enterrado profundo dentro de mí.

El tono desesperado de su súplica no era algo de lo que estaba orgulloso, y rezaba a Santos en los que nisquiera creía por que Godot no lo hubiera notado, o que mínimo no se lo fuera a contar a nadie. Pero sí que había estado atento a su súplica. Y lo estaba tanto que no tardó en salir de su culo y entrar de golpe en su desesperado, ansioso y muy pero que muy húmedo coño.

La repentina acción lo hizo flaquear con tanta fuerza que tuvo que agarrarse a la espalda del fiscal para no caer del otro lado del escritorio, pero no estaba nada mal. Al contrario, era el paraíso. Godot no tardó en enterrar de nuevo sus manos en sus caderas y empezar a cogérselo con incluso más vehemencia que antes sobre su escritorio. Phoenix sentía que iba a explotar en sus brazos.

Godot parecía haber anticipado aquello por bastante rato también, pues no apartaba su cara de la suya, y no dejaba de inclinarse sobre su cuerpo hasta besarlo con hambre y con fuerza. Phoenix no deshizo el agarre que envolvía el fornido cuerpo; en todo caso, lo afincó sin pudor y recibió su cálida y húmeda boca con ansías. Sus lenguas bailando la danza del pecado y sus cuerpos tan juntos que se confundían el uno con el otro.

Los sonidos no cesaban incluso con ambos labios entrelazados. Si se pasaban de boca a boca gemidos roncos, suspiros agitados, jadeos desesperados y lloriqueos ansiosos mientras que el movimiento de sus cuerpos se volvía más hambriento, más urgente, más sediento. Godot empezó a masturbarlo con su dedo medio; apretando sin delicadeza su clítoris, y Phoenix estaba en su límite.

En ese vaivén desordenado, en esa sinfonía de lo vulgar, Phoenix se vino en el escritorio de un fiscal, en la oficina de un fiscal, envuelto por los brazos de un fiscal y no podía ser más increíble. Más excitante más emocionante. Sintió como la electricidad de su orgasmo arrasaba con lo que quedaba de su lucidez y se dejó caer desplomado en el escritorio. Su respiración buscando estabilidad. Sus ojos cerrados y sus músculos relajados contra la fría caoba.

Godot le siguió, saliendo de su interior y viniéndose en su vientre, gimiendo entrecortadamente y soltando jadeos inestables. Así como Wright, necesitaba encontrar estabilidad, por lo que se alejó unos pasos de su cuerpo y se dejó respirar un rato.

Phoenix ya había olvidado por completo la razón del porqué había ido esa tarde a su oficina. Incluso se le olvidó todo lo que había aprendido de Godot hasta ahora. Lo único que sabía es que no le importaba si éste le odiaba, o lo amaba, o sólo amaba sentir control sobre él; tenía que, a toda costa, revivir ese orgasmo. Y que Dios no quiera que a Phoenix Wright se le meta una idea a la cabeza, pues no la dejaría ir hasta hacerla realidad.


Fecha: 1 de Abril del año 2024