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miércoles, 12 de marzo de 2025

Amigos Simplemente - Adeuce

 Antes de empezar advierto que esto lo escribí a las 3 de la madrugada así que si muchas cosas no hacen sentido o están mal escritas es por eso adiós.

♥️♠️♥️♠️

    Ace Trappola sólo se había enamorado tres veces en la vida.

    La primera fue de una chica en su salón que usaba trenzas y se pasaba las clases haciendo burbujas de chicle. Ella era genial para el Ace de doce años. Le gustaban las mismas bandas que él, andaba en patineta y le hacía reír. Todo se fue a la mierda cuando ella tuvo que cambiar de ciudad.

    La segunda fue con un chico en su salón que le ayudaba con sus tareas. Este chico era muy inteligente, social y muy bueno con la magia. Tenía cuadernos llenos de dibujos y Ace sintió una revolución interna al enterarse de que también lo dibujaba a él. Con él tuvo un noviazgo, no duró mucho porque la llama se empezó a apagar poco a poco.

    A ese punto, Ace pensaba que tal vez el amor no era para él. Que tal vez era arromántico o algo así. Que sus relaciones duraban por ratitos y que eso estaba bien. Al menos no se debería preocupar como los demás.

    O eso creía, hasta que cierto chico de ojos azules como el cielo y pelo negro como la noche le lanzó un caldero encima. Ay, qué romántico; se ponía rojo de sólo recordarlo.

    La verdad no sabía cuándo fue que esos sentimientos pasaron de ser platónicos a ser románticos. Tal vez cuando Deuce le contó la razón del porqué asistía al NRC. O cuando empezaron a buscarse inconscientemente. O cuando empezaron a dormir juntos, abrazados, despertando con las piernas y los brazos enredados entre las almohadas, el edredón y el cuerpo contrario... Pero ese era sólo un detalle.

     Ah, el buen Ace Trappola; todo un personaje. El único con la suficiente capacidad para enfrentarse al tirano de Riddle Rosehearts, el líder de Heartslabyul, y también provocarle un overblot que casi lo mata, todo en un sólo día. Pudo hacer todo eso y más...

    Pero aún así no podía declararse a su crush...

    —¿una cartulina suena bien? —Preguntó.

    Ace no era conocido por ser un romántico, en realidad, las cosas relacionadas con amar le iban fatal. Era muy torpe y no se tomaba nada en serio. Por eso fue que, para declararse, le pidió consejos a Cater y a Trey.

    Eran sus adultos de confianza. No sabía cómo funcionaba el amor en el mundo en el que vivía Yuu, y la verdad no se ve como que el muchacho sepa mucho de amores. Hablar con Leona sería como hablar con la pared. Azul daba miedo, y los gemelos Leech lo daban aún más. Jamil era Jamil. Vil era novio de Leona y eso le decía todo acerca de sus experiencias con el amor. Idia era arromántico. Y el doloroso enamoramiento que tenía Malleus Draconia por El Prefecto de Ramshackle era razón suficiente para abstenerse de hacerle preguntas; de paso le tenía miedo, mucho miedo.

    Por eso Cater y Trey eran su lugar seguro. Cater había leído muchas historias de amor, así que debía de saber sobre el tema. Y Trey era lo suficientemente inteligente y cuerdo como para pararle el tren a Cater si se necesitaba.

    —¿una cartulina? ¿en serio? —Cuestionó Cater, con una sonrisilla confusa—. Hacer eso es muy tedioso, da vergüenza, y de paso cabe la posibilidad de que su respuesta no sea sincera ¡Es un no-no!

    —Esta vez tiene razón. Una cartulina es algo... —Concordó Trey.

    Ace suspiró. —¡Y qué demonios se supone que haga, maldita sea!

    —No tienes que ponerte tan agresivo. De seguro se nos ocurre otra cosa.

    Se quedan ahí, pensando, mientras que Ace ya se estaba arrepintiendo de sus decisiones. Era seguro que ninguno de los dos sabía nada.

    A este punto no llegaría a ningún lado.

    Ninguno de los tres se percató del sonido de la suela de un zapato de charol hasta que escucharon la característica (y chillona) voz del líder Rosehearts.

    —Cántale una canción. —Dijo mientras entraba al salón—. Pero que sea en privado, y que sea una especial.

    —¿habla por experiencias, señor Rosehearts? —Bromeó Cater. Como respuesta, las mejillas del mencionado se encienden rojas como un árbol de navidad.

    En Heartslabyul se rumoreaba que Floyd Leech y el líder de los dormitorios eran pareja. Esto era un rumor solamente, pero le daría explicación a muchas cosas. Como el estado de humor de Riddle ultimamente.

    Ace no se podía imaginar a Floyd cantando. Sí, el chico tenía una voz tranquila, y hasta se atrevía a decir que el perezoso tono juguetón con el que decía algunas cosas le parecía atractivo. Pero es que se le hacía tan irritante como persona que su simple voz fácilmente podría ser la banda sonora de su tortura.

    Ignorando eso, la idea era buena. Era íntima, romántica y memorable. Ah, todo en sus sentidos se descomponía al imaginarse a ellos dos, solos, en una habitación, cantándole.

    —Sólo lo sugiero porque, hasta donde yo sé, Ace sabe cantar y tocar la guitarra ¿O no?

    Eso era verdad. Cuando era más joven, su abuela le regaló una guitarra acústica para un cumpleaños, y él no desperdició el regalo. Además, tenía buena voz de cantante. Podía servir.

    —¿te gusta la música? —Cater preguntó, a lo que Ace asintió— ¡Deberías unirte al Light Music Club!

    Ah, la petición que estaba evitando.

    ♥️♠️♥️♠️

    Eran las siete de la noche y Ace le pidió a Deuce hacer una pijamada en su cuarto. Jugarían videojuegos, conversarían, y después él sacaría la guitarra y empezaría a cantar Lamento Boliviano... Bueno, no exactamente Lamento Boliviano, pero sí una canción buena.

    Ya sabía cuál canción iba a usar.

    Después de una partida de Mortal Kombat, una discusión estúpida, y un juego muy intenso de Stop, decidió que era el momento.

    —Te quiero mostrar algo. —Dijo de repente. Las manos le temblaban al ver la sonrisa que tenía Deuce en ese instante. Consecuencia de haberse reído tanto.

    Su semblante se relajó y eso a Ace le trajo tanto una oleada tranquilidad como un huracán de emociones creciendo en su vientre.

    Torpemente se dirigió hacia donde estaba el estuche de la guitarra y la llevó hacia la cama. La sacó y se sentó frente a Deuce mientras la afinaba.

    Cuando estuvo listo, se quedó en silencio por un momento, intentando decir algo. Pero realmente no tenía nada.

    —No sé qué decir en este momento... —Se rió, intentando calmar el ambiente—. Sólo... Sólo voy a empezar.

    Tomó una bocanada de aire y empezó a tocar.

    Empezó con una melodía leve antes de empezar a cantar. La verdad, agradecía que la canción tuviese una introducción más o menos larga. Eso le ayudó a calmarse un poco. Sigue así por un rato, y la cara de Deuce tenía una expresión confusa y un brillo de curiosidad en los ojos.

     Tragó saliva.

    —Oye, dame una señal, la posibilidad de hacerlo a mi modo. —Empezó a cantar e inconscientemente cerró los ojos—. Dale, no seas cohibido, quiero algo contigo, más que ser amigos.

    La canción fue directo y eso hizo que Deuce se sobresltara en su lugar, reacción que pasó desapercibida por Ace gracias a que llevaba los ojos cerrados. Pero pudo sentir la sacudida que recibió la cama y eso le hizo cosquillear con nerviosismo.

    —Dime si alguna vez por la timidez ocultaste algo. —Siguió—. Vamos, puedes ser honesto. Deja yo hago el resto, me encargo de todo.

    Después venía el coro y Ace todavía no quería abrir los ojos. Simplemente era muy cobarde como para enfrentarse a su reacción. Aunque, siendo honestos, una pequeña parte de él quería verle, quería ver sus mejillas sonrosadas, su expresión de sorpresa y sus ojos brillar. Pero otra parte de él, no tan pequeña, tenía miedo de que al abrirlos se iba a encontrar con una expresión asqueada en Deuce.

    Y no quería eso.

    —Déjame amarte o por lo menos que lo intente. —Empezó con el coro—. No es casualidad quererte, no es un accidente. —Sintió al contrario removerse y al sentirlo su corazón se saltó un latido—. Besarnos en Obregón con insurgentes, o podemos ser amigos simplemente.

    Después de unos cuántos toques más a la guitarra, paró con la canción y abrió los ojos. La reacción de Deuce era de sorpresa pura y de curiosidad. Le brillaban las mejillas en un tono colorado y tenía un brillo singular en la mirada, un brillo que conocía y que había ignorado por tanto tiempo.

    Ace apretó el instrumento entre sus manos. Dios ¿no puedes dejar de ser lindo, hijo de puta?

    —Bueno, creo que ya se dió a entender pero... Me gustas. —Confesó en voz alta—. Me gustas mucho, maldita sea, de verdad me gustas. —No se dió cuenta de inmediato, pero está hablando rápido y tartamudeando mucho—. Pero está bien si yo no te gusto ¿sí? O sea, no te tienes que sentir obligado sólo porque te canté uns estúpida canción de amor. Podemos seguir siendo amigos y...

    Las palabras murieron en su boca cuando sintió las manos de Deuce en sus mejillas.

    Se quedó ahí y no hizo más nada. Ni un beso, ni una respuesta; nada. Podía sentirlo temblar bajo su tacto y eso le tranquilizó. Estaba casi o igual de nervioso que él.

    Ace cerró los ojos y suspiró, inclinando la cabeza levemente para acercarse a su rostro. Deuce se removió y bajó sus manos.

    —Te estás poniendo cohibido. —Susurró Ace sobre su boca con aires divertidos. El contrario cerró los ojos, dejando que sus pestañas largas descansaran sobre sus pómulos.

    —No estoy cohibido. —Respondió, pero su cuerpo decía otra cosa.

    —Está bien. Yo también estoy nervioso.

    Ace llevó una mano a su brazo y empezó a depositar besitos a lo largo de sus mejillas y alrededor de sus labios. Deuce soltó un suspiro entrecortado.

    Ni siquiera sabía por qué eso le ponía tan nervioso.

    Plantó un piquito en los labios del contrario y él no se removió, no hizo nada. Sólo se quedó ahí, estático. Ace empezó a sentir vergüenza ¿Qué estaba haciendo?

    Cuando se separó, la distancia no duró mucho. Deuce lo jaló de las mejillas y lo atrajo a él. Estampó un beso en su boca, un beso que envió corrientes eléctricas por todo su cuerpo. Era su boca arrimándose contra la suya propia y eran sus manos enredándose en el cabello ajeno y agarrándose de la ropa del otro porque creían que se iban a deshacer en ese preciso instante. Sin darse cuenta estaba recostado sobre las almohadas con Deuce encima de él.

    Fue Ace quien rompió el beso para tomar aire y Deuce se incorporó y quedó sentado sobre su pelvis. El pelirrojo dejó salir una carcajada, sin creer lo que estaba pasando.

    Al principio, por un momento, lo de la canción le había parecido algo estúpido y hasta vergonzoso. Pero después de tenerlo a él encima suyo comiéndole la boca, se dió cuenta de que eran ellos. Que era él y sus hechizos estúpidos de viento y que era Deuce con sus calderos voladores. Que su mera existencia daba vergüenza y que, aún así, se querían.

    Se querían mucho.

Fecha: 2022

La Noche Más Linda - Jamikali

     Ya era tarde en la noche y estaba a punto de irse a dormir cuando escuchó la puerta. Najma ya estaba en su cuarto dormida.

    Vivía en un departamento solo con su hermana después de que se le liberó de su trabajo como sirviente en la familia Asim. Ahora tenía veintidós años, su hermana veinte, y él trabajaba de cocinero en un restaurante en el centro de la ciudad mientras ella estudiaba.

    Jamil no vió el reloj pero dedujo que eran las once o las doce en la medianoche. La luna alta en el cielo, plateada y etérea, iluminando los techos. Frunció el ceño confundido ¿Quién podría ser a estas altas horas de la noche?

    Entonces, se acercó a la puerta, y al abrirla se tuvo que sostener del pestillo porque temió caer ante lo que estaba viendo.

    Uno setenta, cabello blanquecino cubierto por una caperuza, ojos rojizos y la piel tostada.

    Entonces, dicha persona le miró a los ojos, su corazón latiendo a mil por hora.

    —Jamil...

    (Años antes)

    El balcón de la casa Asim era el lugar perfecto en la noche. Con la luna blanca y lechosa iluminando el marfil de las balastruadas, y los detalles pintados con pan de oro. Las estrellas se posaban en el firmamento y Jamil casi se sintió como en un sueño, como si la vida que estaba viviendo fuese efímera y que en cualquier momento podría despertar para darse cuenta de que había sido un largo y abrumador sueño.

    Pero no lo era y nunca despertaría.

    Él había hecho todo bien toda su vida. Había seguido órdenes, había callado cuando debía y había oído aunque no quería. Dieciocho años caminando de puntitas. Y aún así...

    Aún así hizo lo que nunca debió de haber hecho.

    Enamorarse del heredero Asim.

    Fue casi imposible para él. Con ese trato suyo, con esas palabras tan dulces, con sus ojos soñadores. Dormir a su lado, tenerlo tan cerca. Como hablaba de él, como se expresaba. Como siempre estuvo a su lado manteniendo una promesa a la que se aferraba desde el momento en el que entraron a la pre adolescencia.

    La libertad.

    Desde hace años Kalim le prometió que dejaría libre a su familia y a otras familias que le han servido por generaciones de esa labor involuntaria.

    Y ahora, estando tan cerca de recibir la herencia, sabe que va a cumplir su promesa.

    Pero aún así, hay un vacío en su pecho...

    —¡Jamil! —Escuchó su nombre ser gritado por la voz en la que estaba pensando y se dió la vuelta.

    Ahí estaba. Su cabello albino, su piel canela, sus ojos carmín que brillaban como dos lenguas de fuego ardiendo, peleándose con la luz gélida de la luna.

    —Kalim, ya terminaste tu reunión. —Destacó, como si no fuese obvio— ¿Por qué vienes corriendo?

    —¡Es que te tengo una noticia! Mira... —Se mordió los labios con emoción para darle una pausa dramática a lo que iba a anunciar—. Estoy comprometido.

    Oh.

    Oh.

    Jamil apretó la balastrauada hasta pelar un poco de pintura con las uñas.

    —¿En serio?

    —¡Sí! Jamil, estoy tan cerca de llegar a ser la cabeza de la familia. Y tú tan cerca de ser libre y poder hacer lo que quieras ¿Te imaginas? Podrías viajar, crear música, comprarte un loro...

    Jamil quería todo eso, sí; lo deseaba más que nada. Pero mierda, Kalim se tendría que casar. Tendría que engendrar a otro heredero, era obvio, y Jamil siempre lo supo, simplemente no... No quería.

    Estaba siendo egoísta.

    Pero se quiso dar el permiso de ser egoísta.

    —¿Qué te parece Jamil?

    El chico no contestó. Le tomó las mejillas con ambas manos y jaló su rostro al suyo para besarle. Los labios de Kalim quemaban con la misma intensidad del sol, mientras que las manos rústicas de Jamil se sentían como puñales clavados en sus mejillas, sin el deseo de dejarlo ir.

    Sabía que se estaban arriesgando. Sabía que cualquiera se podría asomar por el balcón y los podría encontrar. Un heredero y un sirviente, qué escándalo.

    Jamil rompió lentamente el beso y escondió su rostro en el cuello de Kalim, temblando incontrolablemente.

    —Te amo, Kalim. —Susurró, aferrándose a la tela de su ropa—. No sabes cuánto lo hago y cuando me gustaría no hacerlo.

    Kalim no contestó de inmediato. La sensación de calor y conformidad todavía en sus labios. Se limitó a abrazarle y posar sus manos en su espalda.

    —Oh, Jamil. —Susurró, acariciando su espalda—. Cómo me duele que me digas eso ahora.

    Entonces, eso le hizo sentir más indefenso. Se aferró mas a sus ropas y sintió como le picaban los ojos con la sal de las lágrimas.

    —Yo también te amo Jamil. —Susurró Kalim. Y Jamil levantó su rostro lentamente para verlo.

    En el rostro del heredero había una sonrisa serena cargada con una sinceridad indispensable. Fue contagiosa y Jamil encontró el sosiego suficiente en ella como para sonreír también.

    —Me gustaría poder escapar contigo de aquí. —Confesó entonces, acercándose a su rostro lentamente—. En la alfombra, tal vez. Volar lejos.

    —¿Adónde me llevarías? —Le siguió Kalim, entrecerrando los ojos con lentitud, a medida que sentía sus labios más cercanos a los suyos.

    —Lejos, muy lejos. A donde no nos conozcan.

    Qué diálogos tan poco tradicionales para un heredero comprometido y un simple sirviente.

    (Presente)

    —Kalim... —Jamil jadeó de la impresión. Pero, en un impulso casi automático, tomó su brazo y lo jaló dentro de la casa— ¿Qué mierda haces aquí?

    —Jamil, oh Jamil. —Llevó sus manos al rostro contrario, acariciando sus pómulos con sus pulgares—. Estás tan precioso.

    El corazón de Jamil se saltó un latido, apoderándose así un cosquilleo de su pecho. Negó múltiple veces con la cabeza. No, el hombre que estaba frente a él estaba casado. No debía de verse tan afectado por sus cumplidos.

    —¿Qué haces aquí? —Cuestionó otra vez—. A estas horas... Y así vestido ¿Es que en tu casa no saben que estás aquí?

    —¿Te desperté? —Ignoró la pregunta.

    Jamil frunció el ceño. —Estaba a punto de irme a dormir y Najma está dormida... Pero eso no importa. Kalim, tienes que contestarme.

    —¿Najma? Oh, hace años que no la veo. —Siguió ignorándolo y Jamil se estaba enojando—. Pensar que ahora tiene veinte años... ¿Cómo está? ¿Está estudiando?

    —Kalim... —Jamil le dió un tono amenazador.

    Kalim apretó los labios y desvió la mirada. Estaba buscando las palabras en su cabeza.

    —Me escapé, Jamil. Sólo tenía muchas ansias de verte. Después de tantos años me he dado cuenta de algo y es que nunca podré reemplazarte. Se me ha permitido estar con quien desee fuera de mi matrimonio, he besado, he tocado, he pronunciado tantos nombres de tanta gente y ninguno nunca va a opacar el tuyo. Perdóname, Jamil, sé que me lo pediste pero no hay nadie que logre tomar tu lugar en mi corazón.

    Esa confesión provocó que el corazón de Jamil diera un vuelco. Sentía ganas de llorar.

    Había hecho todo bien.

    Había seguido órdenes.

    Y aún así... Aún así nada salió bien.

    Aún así volvieron a lo mismo.

    Él estaría atado a Kalim sin importar qué suceda. Incluso sin un contrato de por medio, seguía siendo devoto a él.

    ¿Qué mierda tenía ese chico? ¿Qué mierda tenían esos ojos que le hechizaban tanto? ¿Qué tenían sus palabras que le cautivaban tanto? ¿Qué pasaba con él? Si no era más que un chico. Un chico que tenía su mundo patas arriba

    Jamil le tomó de las mejillas y lo jaló hacia su rostro para empezar a besar sus labios. Kalim se puso de puntillas y enredó sus dedos en su largo cabello. Fue un beso intenso, lleno de pasión, pero no dejaban de transmitirse los sentimientos que sentían el uno por el otro.

    Fue entonces cuando las cosas empezaron a subir de tono. Se daban arrimones una boca con la otra y toqueteos que se sentían como azúcar hirviente sobre su piel. Entonces, en esa movida fueron dando tropiezos a la habitación de Jamil. Y lo que haya pasado ahí queda entre ellos, el reloj de pared, y su puerta de espejos.

    (...)

    Jamil se incorporó perezosamente en su cama y da un respingo divisar la figura a su lado, pero sólo por un momento. Llegan a su cabeza las imágenes confusas de ambos cuerpos moviéndose bajo la luz de la luna asomándose por la ventana, la confesión de Kalim y su propio dolor. Se dejó caer de nuevo sobre la cama y se restregó el rostro.

    Kalim no se podía quedar ahí, no podía. Por más ilusión que les hiciera a ambos, tendría que volver a su casa.

    Sacudió su hombro. —Kalim... —Susurró. Y no tardó mucho en despertar.

    Eea una de las tantas cosas que cambiaron de él, su sueño. No recordaba que lo tuviera tan ligero.

    El mencionado se incorporó de igual manera y Jamil se avergonzó al encontrar su piel llena de arañazos y chupetones; la propia no debía de estar mejor. Kalim le dedicó una sonrisa al verlo y volvió a hundir la cara en la almohada.

    —No puedes quedarte aquí mucho tiempo. —Avisó Jamil mientras se levantaba. No se pondría la misma ropa interior, iría a bañarse y cambiarse para empezar una nueva jornada de trabajo.

    Kalim suspiró. —Sí, ya sé que no

    Jamil lo escuchó levantarse y remover algunas cosas desde el baño de su habitación. Encendió la ducha y se dió el permiso de dejar que el agua caliente ahogara sus pensamientos y, si era posible, sus sentimientos.

    Quería llorar. Toda la situación le daba ganas de llorar. Estaba tan enamorado que le dolía, y no debería ser posible ni justo. Kalim estaba casado, posiblemente incluso tenía un hijo aunque no le ha dado el tiempo de contarle nada.

    Después de la ducha consiguió el cuarto vacío y, extrañamente, ordenado. Asumió que lo había hecho Kalim por lo que salió para pedirle las gracias y lo encontró en el comedor conversando con Najma.

    —¡Jamil! No me dijiste que este chico estaba aquí. —Habló Najma.

    —Ah sí. Vino anoche y se quedó a dormir.

    Najma entrecerró los ojos y los miró a ambos, Kalim bebiendo de una taza de café y Jamil recogiéndose el cabello.

    —¿Se acostaron, verdad?

    Kalim casi se atraganta con el café y Jamil, inconscientemente, soltó la muñera. Ambos miraron a Najma con los ojos muy abiertos y las mejillas abochornadas.

    —¡Lo sabía! —Exclamó Najma—. Desde que Jamil salió del closet no tardé en darme cuenta sobre quién fue su despertar gay.

    —¡Najma!

    —¿Puedes culparme? Por Dios, Jamil, pocas veces en tu vida le has demostrado cariño a alguien y te aseguro que al menos el setenta y cinco porciento de esas veces ese cariño fue dirigido hacia Kalim. Él te decía cosas cariñosas de la manera en la que un amigo lo hace, mientras tanto tú lo hacías... Con más pasión ¿Sabes?

    Kalim dejó salir una sonora carcajada desde el fondo de su garganta y junto a Najma empezó a reírse.

    Jamil negó con la cabeza y soltó un suspiro. Seguían siendo lo mismo.

    —Pero no es lo mismo de antes, de todas formas. —Dijo Jamil mientras se dirigía a la cocina para prepararse algo—. Kalim está casado. Y su familia no permite amores como el nuestro.

    —Boo. —Se quejó Najma.

    Jamil dirijo su mirada hacia Kalim. Su corazón se retorcía en su pecho. Sus manos cosquilleaban. Deseaba tocarlo, sentirlo, sentirlo una última vez. Quería ser egoísta. Quería olvidarse de todo. Quería tenerlo a él, su atención una vez más.

    —Ya deberías irte, Kalim. Van a sospechar si no te encuentran.

    Kalim suspiró. Se levantó de su asiento y se despidió de Najma.

    Cuando se acercó a la puerta, Jamil fue detrás de él y se apoyó en el marco de esta. Vió cómo su blanco cabello era cubierto por el velo que había usado para ocultarlo, acompañado por el ligero tintineo de la joyería en sus muñecas.

    Kalim le dedicó una mirada melancólica y lo envolvió entre sus brazos. Jamil no rechistó y lo abrazó. Lo abrazó tanto que le dolió. Se aferró a su ropa, a su cuerpo, como queriendo retenerlo justo ahí y, luego, lo soltó. Su tacto cálido cosquilleando en la palma de sus manos. Sus ojos rojos quemando sobre su piel morena.

    —Hasta luego, amigo.

Fecha: No sé con certeza, sólo sé que el año era 2022