miércoles, 12 de marzo de 2025

Sotto L'Ombrello (Español)

 1 de Junio de 1963.

Cuatro años. Habían pasado cuatro años desde que entró a la escuela. Cuatro años del verano más loco de su vida. Cuatro años desde que conoció a Giulia y fue adoptado por su maravillosa y dividida familia. Cuatro años desde que se enamoró del mundo y todo lo que tenía para ofrecer. Cuatro años desde que conoció a...

El tren se mueve abruptamente lo cuál hace que se sacuda con violencia y sus pensamientos se disipen, devolviéndolo inmediatamente a la realidad. Giulia estaba despertándose de su siesta mientras él tenía entre sus manos su copia de El Guardián Entre El Centeno. Un libro, presumiblemente, bastante polémico que le regaló la madre de Giulia para su cumpleaños diecisiete. La verdad, de los libros contemporáneos que había leído, éste en particular se le hacía de lo más interesante. Podía identificarse con Holden y compartía sus filosofías, pero no podía entender el porqué era tan polémico.

—¿Por qué los estadounidenses están tan escandalizados por este libro? —Preguntó Luca al aire.

—Porque Holden dice la palabra culo en cada página. —Balbuceó una adormecida Giulia.

Cierto, tal vez era por eso. La cantidad de lenguaje soez en la novela podía ser suficiente para alterar al público norteamericano. Claro que, desde su punto de vista Italiano—o europeo en general—el lenguaje soez era el pan de cada día. A los doce años ya sabías cómo maldecir a la gente de cinco formas diferentes.

Pero qué extraño, juraría que debía de haber algo más escandaloso acerca de ese libro. Sólo era un chico deprimido pasando por muchas tragedias. Tal vez la depresión era escandalosa en Estados Unidos. La depresión y que un muchacho de dieciséis años contrate a una prostituta.

—¿Le vas a decir? —La voz de Giulia lo sacó de sus pensamientos. Sabía exactamente a qué se refería con esa pregunta.

Luca se encogió de hombros. —Sí, supongo. Sólo que no sé cuándo.

No quería pensar tanto en el asunto, por eso se distrajo divagando acerca del impacto cultural que dejaron las palabras de Salinger en la sociedad estadounidense. Ya que cada que pensaba en ello su cuerpo entero empezaba a cosquillear con nerviosismo y emoción. Pero estaba determinado a hacerlo. Estaba determinado a confesar sus emociones por Alberto después de cuatro largos años. Después de tanta confusión, tantos conflictos internos, tanta inseguridad y tanta agonía, decidió que era el momento. Que no podía soportar el pasar un día más sin estar entre sus brazos.

Tuvo sus dudas, empezando por el hecho de que creía imposible que le pudieran gustar los chicos. Es decir, desde muy pequeño se le enseñó que debían de gustarle únicamente las chicas, y los chicos estaban fuera de esa discusión. Ni siquiera consideró la idea, mucho menos pensó que fuese posible. Fue por eso que, por mucho tiempo, estuvo bastante convencido de que sus sentimientos hacia Alberto no podían ser más que una amistad de lo más pura. Ya que nunca se le enseñó que podía sentir nada más que amistad hacia otro chico. Ahora que lo piensa mejor, la verdad es que da mucha risa, viendo en retrospectiva. Claro, sentimientos completamente platónicos hacia alguien con el cuál insistes dormir más seguido. Y que cuando estén juntos, sólos, en la noche, y tú no puedas dormir, pienses en lo lindo que se ve dormido. Y en lo suave que ha de ser la textura de su cabello. Y en cómo se sentirá besarlo en los labios. Y en cómo ha ganado músculo trabajando de salvavidas y pescador.

Sentimientos completamente platónicos. Claro. Como no.

A los dieciséis tuvo que confrontar sus dudas y admitirse que estaba perdida, desesperada y empedernidamente enamorado de Alberto. Esa parte fue sencilla, porque Alberto era una persona increíble. Era atento, gracioso, seguro de sí mismo, determinado, buen oyente y afectuoso. No sería difícil, para nadie, desarrollar sentimientos por él . Fue por eso que lo que le puso mal no fue enamorarse de Alberto, sino enamorarse de un chico. Por lo tanto, caer en cuenta de eso, hizo que llorara. Que llorara, que llorara y que llorara. Sabiendo cómo el mundo ya lo trataba por ser un monstruo marino, ser queer sería mucho peor. Ya se enfrentaba a la marginalización de un lado ¿Por qué tenía que ser de ambos lados? Pero lo aceptó, al final del día. Aceptó ese aspecto de su identidad y lo abrazó. Así que ese día de junio del '63 con diecisiete años, Luca decidió finalmente confesar su amor y esperar ser reciprocado.

—Sabes que será recíproco. —Dijo Giulia de repente, como leyendo su mente. Todavía seguía con aires somnolientos, ambos ojos cerrados mientras su cabeza se reposaba en su hombro.

Luca la miró por unos segundos antes de volver a ver su libro.

—Sí. —Contestó—. Lo sé.

Giulia soltó un bufido. —Suenas muy seguro de ti mismo.

—¿Por qué no lo estaría? —Se encogió de hombros y cerró el libro—. Tú misma lo dijiste antes. Es doloroso ver lo mucho que le gusto.

Pues sí que era doloroso ver cómo Alberto hacía lo que fuera para impresionar a Luca. O como insistía para que hicieran pijamadas todos los días.  O como siempre había algo en la isla que tiene que ver, aún si ambos sabían que no habría nada y que sólo anhelaban la compañía del otro.

—Bueno, pero tampoco te eches tantas flores. —dijo Giulia acomodando su postura en el asiento—. Qué incómodo es estar aquí ¿Falta mucho para llegar a casa?

Luca miró por la ventana; el cielo estaba gris y parecía avecinarse una tormenta.

—Tal vez nos lleve un tiempo.

(...)

¿Qué les está tomando tanto? Alberto se preguntó mientras se hallaba sentado en una banca bajo el techo de la estación de trenes con un paraguas en la mano. Los años anteriores habían llegado justo a las una en punto. No más, no menos. Ese año, sin embargo, eran las una y media y todavía no había rastros de ningún tren en las vías, lo cuál lo estaba desesperando; ¿Sucedió algo? ¿Están bien?

Del cielo parecían llover perros y gatos. Sacó su mano hacia la lluvia y vio como la piel morena y carnosa se tornaba azúlea y blanda bajo las gotas de lluvia. Miró al cielo, se acomodó su sombrero y se cruzó de brazos bajo el techo de la banca.

—¿Todavía no han llegado? —Preguntó Massimo mientras se acercaba, provocando que Alberto desviara toda su atención a él.

—Es raro ¿No? ¿Crees que sea la lluvia? Varias veces ha llovido antes y aún así llegan a tiempo ¿A qué crees que se deba la tardanza ahora?

—Lo de hoy no es una simple llovizna, es una tormenta. Tiene sentido que el conductor quiera ir con más cuidado. —Massimo parecía estudiar el cielo y no le gustó en absoluto cómo se veía— ¿Estás seguro que no quieres ir a casa, hijo? Puede que el clima se ponga peor.

Alberto soltó una risa. —No es como si me pudiese enfermar de todas formas ¿No?

Ante ese comentario, Massimo frunció el ceño y vaciló por unos segundos. A veces se le olvidaba que el muchacho era un ser marino.

—Bueno… me quedaré a esperar contigo, entonces.entonces.

—No es necesario…

Ignorándolo, Massimo se sentó a su lado con la mirada fija en las vías del tren.

—Es mi hija, Beto. Quiero estar ahí cuando llegue. Siempre lo he estado.

Alberto le quitó los ojos de encima al hombre para volver su mirada a las vías del tren. Se recargó contra la pared y se cruzó de brazos a esperar. En ese momento, ambos con expresión seria, parecían la misma persona. Ambos con los mismos manierismos y expresiones.

Los pasos apresurados de la señora y el señor Paguro se hacían más escandalosos a medida que iban acercándose a la estación de trenes. La mujer, Daniela, tenía una expresión de preocupación que Alberto había visto varias veces antes, pero no en otra persona que no fuese ella.

—¿Ya llegaron? —Preguntó, entonces, con una desesperación palpable y la respiración agitada. Tanto Massimo como Alberto negaron con la cabeza—. Mio Dio ¿¡Qué les habrá pasado en el camino!? El conductor, ese buen hombre… Ni un sólo año se ha tardado tanto… ¿A qué se deberá el retraso este año?

—Ha de ser la tormenta… —Opinó Lorenzo, tratando de calmar a su esposa.

—Es la tormenta. —Afirmó Massimo—. Me ha pasado antes con Giulia. Claro que nunca con tanto retraso pero… Bueno. Estoy seguro de que Luca está bien.

Y lo está, pensó Alberto, tiene que estarlo.

(...)

Genial, ahora el maldito tren se paró y si el tren se para y me quedo en silencio el tiempo suficiente voy a sobrepensar mi confesión y si sobrepienso mi confesión posiblemente no la termine haciendo y si no la termino haciendo voy a estar otro año anhelando algo que posiblemente nunca suceda por mi estúpida inseguridad.

—¡¿Pero qué pasa?! ¡¿Por qué se ha parado el tren!? ¡Estamos como a quince minutos de Porto Rosso caminando! ¡Puedo ver mi casa desde la ventana!

—Está lloviendo demasiado. —Racionalizó Luca, intentando calmar a su mejor amiga—. Puede ocurrir un accidente con las vías tan humedecidas y la ceguera del conductor ante la lluvia.

—¡Va! Un accidente… —Giulia se levantó de su asiento colérica y se alisó la falda apresuradamente— ¡Vamos, Luca, tráete las cosas! ¡Nos vamos a bajar del tren!

—¿Qué…?

—¡Como oíste! ¡Nos vamos a bajar ya!

Giulia ya estaba caminando hacia la entrada del tren y Luca fue tras ella dando zancos y pasos apresurados con sus maletas en ambas ambas manos. No sabía a dónde los llevaría aquello. Posiblemente a ser sancionados del tren por el siguiente año pero ¡Qué importaba! ¡Quería ver a su familia lo antes posible! ¡Quería ver a Alberto lo antes posible, maldita sea!

Cuando Giulia planeaba bajarse del tren de inmediato, el conductor salió de su cabina y los miró de arriba a abajo. Luca se encogió de hombros, aterrado.

—¿Adónde van ustedes? —Preguntó el hombre, exigiendo una respuesta inmediata.

—¡Nos vamos a bajar del tren! ¡No podemos perder el tiempo y necesitamos llegar a casa lo antes posible!

—¿Ah sí? ¿Y se puede saber que es eso tan importante que me haga priorizarlos a ustedes por sobre los otros pasajeros?

—Pues no tiene que priorizarnos. Ya le dijimos que queremos bajar del tren. Nuestra parada está cerca, puede dejarnos aquí y nos iremos caminando. Nadie se vería afectado.

—¿Pero por qué debería?

—¡Porque estoy embarazada!

Varias personas alrededor de ellos así como Luca soltaron un jadeo de asombro. Sólo que el de Luca se debía a lo mucho que le sorprendían los extremos a los que podía llegar su amiga para conseguir lo que quería.

—¿Embarazada…? —Dijo el hombre, perplejo; ¿Embarazada? ¡La muchachita frente a él no parecía sobrepasar los dieciséis años!

—Sí… Fue un embarazo bastardo. Le conté a mi papá por teléfono y está furioso. Dijo que mi novio y yo debíamos llegar a Porto Rosso y casarnos de inmediato. —Miró a Luca por unos segundos y desvió la mirada al suelo, intentando aguantarse la risa—. Por favor, señor. No sabe la situación en la que estamos. Si no llego lo más pronto posible, mi padre nos matará. Tenga piedad.

El conductor frunció el ceño, bastante desconcertado ¿Qué se suponía que debía de hacer en ese momento?

Una pasajera se levantó de su asiento y gritó: —¡Deje bajar a los pobres muchachos! ¡Que se casen!

Y le siguió una multitud exigiendo que los dejen bajar. Luca estaba fascinado; ¿Cómo mierda funcionó eso?

El conductor suspiró. —Está bien, los dejaré bajar, pero cuídense. La lluvia ya ha bajado, pero todavía corren el riesgo de enfermarse.

—Eso no va a ser un problema. —Aseguró Luca.

El hombre abrió la puerta del tren, dejándolos salir a ambos.

—¡Qué tengan una feliz boda! Dio vi benedica! Ciao!

—¡Ciao! —Se despidieron Luca y Giulia al unísono antes de bajar con las maletas sobre sus cabezas.

Ya habiendo cerrado el tren, Luca suspiró y negó con la cabeza mientras miraba a su mejor amiga, quien reía incontrolablemente.

—¡¿Un embarazo?! ¡¿No se te pudo ocurrir algo mejor?!
—¡Bueno, a ti no se te ocurría nada! ¡Tuve que improvisar!

Luca miró al cielo, a la lluvia, y se dejó empapar por completo, revelando su escamosa naturaleza. El conductor tenía razón: la lluvia había disminuido un poco, pero no habían señales de que fuese a parar pronto tampoco.

—Bueno, tenemos que apurarnos. No queremos llegar más tarde.

(...)

Sólo es una hora. Sólo es una hora. Está bien, sólo es una hora. Sólo una hora de retraso. Sólo es una hora.

—¡Dios mío! ¡Cuando el tren llegue, juro que mataré al conductor! —Exclamó Daniela indignada.

—Por favor no hagas eso, amor. —Pidió Lorenzo.

Alberto se cubrió la cara con ambas manos, frustrado; ¿Cuánto tiempo les tomaría? Estaba empezando a volverse loco.

Tenía tantas ganas de ver a Luca otra vez… De poder abrazarlo… De poder escucharlo hablar sobre cómo le fue en la escuela ese año… De mostrarle cómo está la torre ese año. Esa vez la remodeló nuevamente, y había empezado una colección de discos de vinilo que quería escuchar junto a él.

Eso era lo único que se podía permitir hacer junto a él. Porque era su amigo. Y los amigos no podían hacer nada más.

Con un suspiro, empezó a tambalear una pierna en un gesto nervioso ¿Cuánto más tiempo tendrían que estar lejos?

Mas lo que vieron sus ojos inquietos cuando levantó la vista provocó que se le saltara un latido. Unas inconfundibles escamas que variaban del verde al azul, y una mata de cabello rojo y largo corrían hacia su dirección desde lejos. Alberto se levantó repentinamente, alertando a los Paguro y a Massimo.

—¡Ahí vienen! —Gritó— ¡Son ellos!

Luca y Giulia les hicieron señales desde lejos. Daniela y Lorenzo se levantaron de la banca con tal apresuro que el pobre hombre casi se cae, pero no importaba. Fueron corriendo hacia su muchacho y lo abrazaron bajo la turbada lluvia. Besándole las mejillas y agradeciéndole a Dios que estaba bien.

—¡¿Qué les tomó tanto?! ¡¿Por qué se vinieron caminando?! ¡¿Cómo se les ocurre venir caminando?! ¡¿Son conscientes de los peligros a los que pudieron enfrentarse caminando solos hasta acá?!

—Mammina, responderé a esas preguntas más tarde. Ahora estoy bastante cansado y estar mojado en la superficie es bastante desagradable. —Se agachó para tomar su maleta del suelo, la cuál había soltado en un gesto de alivio

Su madre parecía lista para protestar, más su esposo la detuvo. —Vienen corriendo. —Explicó—. Deben estar bastante cansados.

Sus ojos se encontraron con los del muchacho que había estado anhelando ver desde que supo que regresaría a Porto Rosso. Luca sonrió y Alberto exhaló aire que no sabía que estaba reteniendo. Se sentó en la banca sin apartarle la mirada ni borrar la sonrisa en su rostro, lo cuál confundía a Alberto, pero no dejaría de sonreír. Nadie se podía imaginar lo angustioso que fue tenerlo tan lejos. Guardaría cada momento de su cercanía, incluso si son sólo miradas cómplices.

Luca sacó, de su maleta, una toalla para secarse el rostro, los brazos y la cabeza.

—¿Estás esperando a que te salude? —Preguntó mientras se secaba el cabello.

—Algo así.

—Espérame.

—No creo que pueda.

—Sobrevivirás.

—Lo dudo.

—¿Sabes que tienes una hermana, verdad? —Preguntó, haciéndose el desinteresado, como si su corazón no estuviera latiendo desbocado—. Puedes ir a saludarla.

Alberto miró a Giulia hablando con su papá mientras se secaba con su propia toalla.

—Está ocupada.

—Ya veo. Entonces no me queda de otra.

—No parece.

Con un suspiro, se levantó de su banca, y miró al muchacho convertido en hombre que estaba frente a él. El muchacho que dejó en aquel pueblito pesquero para irse a la ciudad. Su diferencia de estatura seguía siendo bastante notoria. Mientras que Luca medía un metro setenta, podía jurar que Alberto llegaba al metro ochenta. Estaba bien vestido. Con una camisa abotonada color beige y un pantalón marrón de tirantes. Sostenía un paraguas abierto en la mano izquierda y su mano derecha, manteniéndose lo más seco posible.

Y Alberto lo vio a él. Seco. Su pelo castaño. Sus ojos oscuros. Su piel lechosa y llena de pecas. Con facciones maduras sin embargo suavizadas. Había crecido tanto. Habían crecido tanto.

—Te extrañ…

Luca se puso de puntillas, tomó a Alberto de los tirantes, y plantó un beso en sus labios. Fue un beso, un simple roce, nada fuera de este mundo, pero fue suficiente para que a Alberto se le olvidaste todo lo que sabía sobre… cualquier cosa. Incluso hablar. Tal vez en ese roce de labios Luca se llevó las palabras que sabía. Tal vez eso fue suficiente para que su mundo se pusiera patas arriba.  Tal vez sus labios eran demasiado suaves, su piel demasiado sedosa y sus ojos demasiado bonitos, y ahora sus pensamientos no tenían ningún sentido.

No sabía qué hacer con las manos. Se tambaleó un poco hacia atrás porque no conseguía estabilidad. El cosquilleo que corría por su cuerpo sólo se podía definir como magia, tal vez restos de nebulosa almacenados bajo su dermis. Optó por cerrar los ojos y dejarse llevar. Arrimándose hacia él, continuando con el beso…

Oh, ahora podría disfrutarlo.  Y cuánto lo estaba disfrutando.  Incluso si no fuera más que un toque entre sus labios—sin lengua, sin manos en la cintura, nada—, ¿cuánto no quería él precisamente eso?  Ese roce, ese dulce roce. Soltó el paraguas para colocar sus dos manos a ambos lados del rostro de Luca. Los pelitos que crecían en sus dos sienes hacían cosquillas en los dedos de Alberto.

Habiéndose separado después de un rato, no había ningún pensamiento en su mente. Nada qué pudiera decir era merecedor de ese momento.

Luca soltó una risita nerviosa. —Yo también te extrañé mucho.

Alberto lo miró, sabiendo que estaba rojo hasta en las orejas, y Luca no se veía mucho mejor; ¿Cómo definía ese momento? ¿Qué podía decir para no arruinarlo?

—Nos dimos cuenta. —Dijo Giulia, siendo el recordatorio de que no estaban solos— ¿No me vas a saludar, Beto? ¡Yo también te extrañé! Pero no me vayas a besar a mi también, ew.

—C-Cáll… —Ni siquiera podía empezar a hablar porque su voz salió temblorosa. Así que se aclaró la garganta e intentó de nuevo—. C-Cállate… —Otro carraspeo—. Apestulia…

Giulia dirigió su mirada hacia Luca.

—Será mejor que lo arregles. Le quemaste el cerebro más de lo que ya lo tenía.

—Me voy a encargar, no te preocupes.

Fecha: 6 de Enero del 2024

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